ZOOFILIA: UNA PASIÓN COMÚN / Rubén Monasterios

De los Ensayos Execrables

Rubén Monasterios

ZOOFILIA: UNA PASIÓN COMÚN

Uno pensaría que la zoofilia, o bestialismo, es una práctica propia de aisladas zonas rurales o  de países al margen de la corriente dominante de la civilización moderna. ¡No lo crea! La información sobre el tópico puesta en la red revela lo contrario; aparte de ser  una costumbre del todo universal que se inicia con la domesticación de los primeros animales ─probablemente la cabra y el lobo─, hará cosa de unos 15 mil años, figura en la entramada cultural de naciones tan avanzadas como Alemania, Suiza, Dinamarca, España,  Canadá y Estados Unidos de NA y otras; en países suramericanos, africanos y asiáticos es una práctica  generalizada. En todas partes la extensión es mucho mayor en ambiente rural que en el urbano.

La remota antigüedad del bestialismo la documentan grabados rupestres hallados en cavernas desde Liberia hasta la Península Ibérica; en numerosas iglesias cristianas dispersas por todo el continente europeo existen relieves y gárgolas que lo representan; asimismo, se alude en leyendas propias de muchos pueblos. Tratando de no ser en exceso prolijo, focalicemos sólo el ámbito helénico, fuente primordial de la cultura occidental. Una de las imágenes que  viene a la mente es el  Minotauro, monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro  nacido de la unión de la reina cretense Pasifae y el fabuloso toro blanco que Poseidón regaló a su marido, el rey Minos. De hecho, Pasifae se enamoró de la bestia y se disfrazó de vaca para seducirlo. Los centauros, criaturas mitad humana, mitad equino, son los descendientes de un personaje mítico de ese nombre y de yeguas de Tesalia. Ni Leda ni Europa rechazaron a Zeus transformado  en cisne y toro blanco, respectivamente, con el propósito de acostarse con ellas.

En los países desarrollados la vigencia del bestialismo ─en el sentido de costumbre viva en  la cultura popular─ se  hace notable en la indiferencia histórica de las autoridades respecto a la actividad; sólo en fechas recientes han dictado leyes concernientes al asunto, gracias a la presión persistente de ONGs comprometidas con el bienestar de los animales, de colectivos moralistas y de la denuncia de casos extremadamente escandalosos. Algunos disponen de legislaciones en exceso laxas, tanto, que de hecho la admiten.

En resumen, el bestialismo es una práctica universal en el tiempo y en el espacio; ocurre  en ambientes rural y urbano, en contextos primitivos y civilizados.

La perspectiva  científica

Es del dominio público que zoofilia  (del griego zoon, animal; philia, amor), zoosexualidad, zooerotismo o  bestialismo consiste en la estimulación sexual o erotización de personas por animales. El término  fue acuñado en el lenguaje científico por Richard von Krafft-Ebin en 1894.

Hilando fino, los especialistas diferencian entre el último de esos vocablos y los tres primeros, que, salvo matices,  son equivalentes. Bestialismo es contacto sexual de cualquier índole con un animal;  zoofilia designa la atracción sexual por un animal, la  estimulación erótica a  partir del mismo; lo que involucra vínculos sentimentales: amor, si se quiere, y no necesariamente implica coito o contactos físicos sexuales; la excitación experimentada por una persona como efecto de inspeccionar animales coitando es zoofilia.

El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, editado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría,  una guía a tal efecto en casi todo el mundo, cataloga a la zoosexualidad como una parafilia, vale decir,  una de las numerosas variantes de la sexualidad alternativa.

Por otra parte, existe el bestialismo inverso, es decir, la atracción por humanos en animales; algunos observadores hacen notar que los perros pueden estar dispuestos a participar en actividad sexual con seres humanos; también los delfines; al  menos una especie de simios muestra interés sexual por los humanos.

Tanto  como tratándose de cualquier otra posibilidad de sexualidad alternativa, existen zoofílicos cuya orientación sexual básica es hétero u homosexual, sean mujeres u  hombres; lo que no  debe entenderse en el sentido de que los primeros prefieren animales hembras y los segundos, machos; este asunto de las preferencias según la orientación sexual básica no está  suficientemente estudiado. Tampoco hay evidencia conclusiva sobre la posible relación entre bestialismo y pedofilia; las escasas investigaciones sobre el tema son objetadas debido a su falta de extensión y parcialidad, por cuanto han sido realizadas  con pequeñas muestras de individuos atípicos, tales como presos.

En los ambientes rurales es habitual tener relaciones sexuales con la hembra del animal propio de la fauna doméstica local: vaca, cabra, oveja, burra…, y una razón de peso que explica tal inclinación es que las hembras son más dóciles y fáciles de manipular que sus machos. En algunos lugares los pastores deben pasar largos meses invernales aislados con sus rebaños, y no les queda otro remedio que solucionarse con ellos; en tales hábitats es común que la iniciación sexual de los muchachos ocurra de esa forma.  En contextos urbanos, personas tímidas y solitarias entrenan perros en quehaceres eróticos; menos frecuentemente a gatos.

Aclaremos que alguna experiencia de tal naturaleza no hace de la persona bestialista o zoofílica; es el anclaje o fijación en ella, al punto de preferirla sobre el coito entre humanos o de no encontrar satisfacción sexual de otra manera, lo que configura una parafilia; y sólo es “problema” ─vale decir, una alteración del aparato psíquico de la persona que requiere la atención del sexólogo─ en la medida en que la persona se sienta conflictuada por dicha fijación. En el amplísimo universo de varones que declara haber tenido alguna vez relaciones sexuales con animales, aproximadamente el 40 % confiesa que lo hace “a menudo”, al menos una vez a la semana; lo que conduce a pensar  que son zoófilos definidos.

La zoofilia a la luz del derecho

Enrique Gimbernat, eminente jurista  y catedrático de Derecho Penal de la Universidad Complutense de Madrid, considera que legislar sobre la materia (la zoofilia) constituiría “un auténtico disparate”. “El derecho penal se pronuncia claramente sobre lo que constituyen crímenes sexuales”… “pero un animal no es un bien jurídico, no tiene derechos legales. Y lo que están haciendo esta gente con los animales nos puede gustar más o menos, pero no constituye tortura. Si no hay daño al animal, ¿qué se pretende denunciar precisamente?”. Comenta que la zoofilia es un “acto sin víctima”. “Es un tema moral, y el derecho no está para proteger la moralidad”… “Mientras no haya víctima jurídica el ciudadano puede hacer lo que quiera con su vida sexual. Esto es como el adulterio, o como el tema de homosexualidad para los sectores más conservadores. ¿Quiénes somos nosotros para prohibirlo?”.

Los antiguos griegos y  romanos no le dieron mayor significación al bestialismo; Juvenal (Roma, 60-128) hace referencia en Sátiras a mujeres que, en ausencia de hombres, copulaban con asnos; claro, habiendo pasado a la Historia como paradigma del hiperbolismo literario, quizá sea una de sus exageraciones destinadas a exponer la depravación de sus contemporáneos;  pero, al parecer, no era motivo de escándalo entre ellos; numerosos  hallazgos arqueológicos  ponen en evidencia que las escenas de zoofilia practicada por dioses y humanos con diferentes animales eran una decoración común en objetos cotidianos  y muros; la representación de los mitos y leyendas antes citados, aparece por todas partes.

Bajo la  influencia del pensamiento cristiano el bestialismo en Europa medieval  empezó a tener dificultades, a partir de prohibiciones  bíblicas explícitas: “Si alguno se ayunta con un animal, ciertamente se le dará muerte; también mataréis al animal” (Levítico 20:15, 16) y “A cualquiera que se eche con un animal, ciertamente se le dará muerte” (Éxodo 22:19). También se le asoció a la brujería, a lo diabólico; el bestialismo es uno de los tantos recursos de que se vale el demonio en su propósito de empañar la perfección de la creación, escribe un teólogo. Acuñó la  repulsión la conseja de que la relación sexual con animales podía dar lugar al nacimiento de monstruos; ergo, numerosos aficionados atrapados en el acto, tanto como los animales comprometidos, fueron formalmente juzgados por tribunales laicos y eclesiásticos y terminaron en la horca o en la hoguera.

De la persistencia del bestialismo en la cultura popular medieval hay evidencias no sólo en la documentación de esos procesos, también se descubre en las leyendas y en los cuentos populares que una vez escritos fueron llamados “de hadas”. Entre las leyendas es significativa la del unicornio. Se suponía a este animal mítico invencible; no obstante, perdía todo su poder y se volvía manso al captar el aroma de  una doncella; entonces acudía a ella y descansa en su regazo la cabeza armada del único cuerno de oro entorchado, y así el cazador podía matarlo sin riesgo. Tratándose de cuentos, recordemos el aroma zoófilo de La Bella  y la Bestia o de Caperucita Roja.

En su lectura transtextual el último de los cuentos citados revela ser una metáfora de la experiencia de las chicas díscolas y desobedientes con los “lobos” de salón.

Con el correr del tiempo, poco a poco, se fueron disolviendo esas fantasías; las autoridades dejaron de considerar al bestialismo como una de las prioridades entre sus preocupaciones. En el discurrir de la Revolución Francesa, a finales del s. XVIII, se despenalizó la práctica en ese país. No obstante, aunque si bien los poderes político y religioso han sido un tanto indiferentes, lo cierto es que siempre persistió  reprobación del bestialismo en sectores de la colectividad. La repugnancia por el bestialismo se dispersó por todo el mundo civilizado en forma de un tabú.

En lo que ha corrido del s. XXI  se aprecia un endurecimiento de las legislaciones sobre la zoofilia, debido, como lo destacamos antes, a presiones de agrupaciones y escándalos que desbordan las denuncias de actos de tal naturaleza  corrientemente difundidas por los medios; las noticias al respecto por lo general se presentan como “curiosidades” y se tratan en un tono  un tanto humorístico-picaresco; o, en sentido opuesto cuando involucran actos nítidamente criminales o brutalidad, con un acento repulsivo. En cualquier caso, son frecuentes; por ejemplo, para la fecha de esta escritura (noviembre, 2017) corren por la red varios casos. Uno de un hombre arrestado por tener sexo con una vaca,  denunciado por el irritado dueño del animal; otro de un sujeto que se complacía mostrando en Internet sus coitos con perrospodría seguir el recuento ad nauseam.

. A fines de 2017, en nueve o diez estados de Norteamérica no era delito tener relaciones sexuales con animales. Las heridas que los animales pudieran sufrir como consecuencia de las violaciones se catalogaban como “simples” actos de maltrato. Hasta hace poco Dinamarca compartió con Tailandia el calificativo de paraíso zoófilo; en el país asiático la práctica sigue campante, forma de prostitución que se lleva a cabo con orangutanes hembras en los así llamados Burdeles de  Bestialidad. En Canadá las autoridades judiciales se ocuparon del tema en 2015, a raíz de un escándalo de amplia repercusión mediática, el caso de  un hombre que grababa videos de perros lamiéndoles los genitales a sus hijastras adolescentes, previamente untados de mantequilla. Fue condenado por agresión sexual, no por zoofilia. El Tribunal Supremo argumentó que no existe en la legislación canadiense una definición exacta de zoofilia, de modo que no es delito tener sexo con animales, siempre que no haya penetración. “De esta forma ha legalizado los encuentros sexuales entre animales y personas” dicen los comentaristas. El del Líbano es uno de los tantos casos insólitos propios de las culturas del Medio Oriente: se permite a los hombres tener relaciones sexuales con animales de forma legal, siempre y cuando sean hembras. De lo contrario, el acto está castigado con la muerte porque es visto como una práctica homosexual. Aunque Alemania había sido tolerante en el pasado con la práctica de la zoofilia, el Bundesrat (la Cámara que representa a los estados federados alemanes) decidió aceptar en 2012 una antigua reclamación de las asociaciones protectoras de los animales, que exigían la prohibición de su uso sexual por seres humanos. Actualmente es un delito penado con multa de hasta 25 mil euros. En España la zoofilia no está prohibida expresamente. El Código Penal hispano no prevé delito ni falta alguna para esta práctica; sólo el artículo 337 establece penas de tres meses a un año de prisión “para quienes maltraten con ensañamiento a animales domésticos causándoles la muerte o provocándoles lesiones” y eso en una revisión  del año 2016, a partir de reconocer que “En España existe un mercado negro de bestialismo” y como efecto de la presión del Partido Animalista.

A favor y en contra de la zoofilia

En algunos países los legisladores y ONGs que promueven el control del bestialismo tienen que enfrentarse a influyentes colectividades organizadas que  la apoyan, considerándola un derecho y una tradición, tanto como a personalidades notables que la favorecen e  incluso a veces la practican..

El tabú al bestialismo responde a diferentes razones; una de ellas es el asco: una reacción anímico-fisiológica en parte instintiva  y en parte cultural, de tener un contacto íntimo con un animal. El asco es instintivo;  de acuerdo a la observación científica los animales repudian naturalmente comer los productos que pueden hacerles daño; pero también se nos enseña que la relación sexual con un animal es sucia, contraria a la moral y pecaminosa; probablemente la socialización antizoofílica sea lo de mayor peso; de hecho,  es la razón alegada con más frecuencia en los alegatos contrarios a la práctica.

Es un razonamiento de carácter socioideológico o moral. Quienes parten de esta plataforma consideran su uso sexual un acto de crueldad, un atentado contra los atribuidos derechos de los animales; sostienen que se trata de un abuso digno de castigo el que una persona se valga para su placer sexual de un ser indefenso e irracional, incapaz de manifestar su voluntad de participar o no en el acto. El punto de vista religioso contrario a la zoofilia alega las mismas razones y añade al acto  la idea de pecado, o sea, una ofensa  a Dios.

Pasando por alto el  asunto del pecado, que no es discutible desde la perspectiva dogmática religiosa, lo cierto es que de acuerdo a la muy confiable revista de divulgación científica Scientific American ─con más de 150 años de existencia─ la mayoría de los zoófilos no son crueles con los animales; de hecho, muchos de ellos son activistas de organizaciones defensoras de los derechos que los humanos les hemos atribuido.

El argumento del abuso  resulta un  tanto débil; la pregunta obvia que se hace cualquier persona sin dogmatismos es: ¿Acaso el buey del arado o el asno de la noria han manifestado su voluntad de hacer esos trabajos? Tampoco se pide su aprobación tratándose de sacrificarlos con fines alimenticios o religiosos, de someterlos a procedimientos quirúrgicos (la castración o los realizados con fines estéticos), de usarlos en experimentos, cazarlos,  etcétera.

La posición antizoófila en gran medida es una ideología, tanto como el supremacismo racial blanco, pongamos por caso. Sus fundamentos son motivo de controversia en el campo científico.

Probablemente sea Peter Singer (Australia, 1946) la más relevante de las personalidades en el marco de la reflexión moderna sobre la relación entre la especie Homo sapiens y las demás  especies animales; para este filósofo y demás personas que coinciden con su planteamiento, todos somos idénticamente animales, incluso los humanos: no somos  otra cosa que  primates más evolucionados; y todos los seres sensibles al sufrimiento ─argumenta─ tienen idénticos derechos y deben ser respetados en esa cualidad. Desde su perspectiva, las actividades de mutua satisfacción sexual pueden darse eventualmente entre humanos y otros animales, tanto como ocurren en el contexto de la naturaleza, donde la sexualidad interespecial da lugar a los híbridos; en consecuencia, no encuentra ninguna transgresión moral en el bestialismo; la zoofilia debe ser repudiada y castigada por la ley en cuanto viole ese Principio de la No crueldad,  vale decir, sólo en cuanto involucre abuso o daño físico al animal.

El profesor de bioética Brian Cutteridge (Canadá, 37 años), zoófilo, en su defensa a la acusación de tener relaciones sexuales con un perro rottweller, expuso ese argumento: “Las leyes que tipifiquen como delito la zoofilia basándose en repugnancia social de tales actos, pero no en los daños reales causados por tales actos, son una infracción injusta e inconstitucional en la libertad individual.”

La zoofilia se fundamenta en la idea identificada como excepcionalismo especial humano (Singer), según la cual los humanos somos superiores a los demás animales;  considerar inferior a un ser por el hecho de tener alas o pelaje y  una inteligencia más limitada, es tan irracional como discriminar a alguien por el color de su piel ─acota el escritor─. Una de las consecuencias de esa creencia es el tabú a la relación sexual con animales, que se nos hace sentir como un acto denigrante para el humano.

Es notoria su coincidencia con el tabú propio de los supremacistas blancos impuesto a las relaciones con negros; transgredido innumerables veces en la época de su mayor vigencia, y todavía hoy, por desgracia (¡y pérdida de inefables placeres para los necios que lo siguen!), no del todo esfumado en cierto pensamiento racista.

El libro de Singer  Liberación animal (1975) ejerció una influencia decisiva en las organizaciones que luchan por los derechos de los animales y condenan el abuso de ellos, considerando al bestialismo una forma de tal conducta, que hicieron suyo el “Principio de No crueldad”. ¡Pero al mismo tiempo le dio fundamentos éticos  a los zoófilos! Su pensamiento se refleja en los lemas de pancartas exhibidas en protestas públicas: “Amamos a los animales”… “Rechazamos todo tipo de violencia y abusos que pueda causar sufrimientos y nos duele en el alma ver sufrir a los animales”… “No podemos hacer nada contra nuestras inclinaciones, por eso ejercemos nuestras inclinaciones con responsabilidad”… Una paradoja que se explica al tomar en cuenta que muchos de los últimos también son defensores de los animales y no encuentran un ápice de crueldad en su intercambio sexual.

Otros colectivos y  personalidades opuestos al bestialismo,  los más conservadores, aprecian la obra de Singer como un empujón hacia el desenfreno sexual dado al ecúmene; desde su perspectiva, comenzó con la “normalización” de la homosexualidad, detrás de la cual ven venir la pedofilia, el incesto y el bestialismo, la aceptación del aborto, la eutanasia y la  justificación del infanticidio. Desprecian a Peter Singer y con amargura se refieren a su celebridad  y reconocimiento de méritos académicos: “Australia ha otorgado su más alta condecoración civil a un filósofo que proporciona una defensa moral de las relaciones sexuales con animales.”

Viene a lugar reseñar que Singer no la propicia, se limita a razonar sobre el fenómeno a la luz de su filosofía utilitaria. Hace lo que tiene que hacer un científico. ¿Que altera paradigmas estratificados por la cultura? Sí, suele ocurrir con el pensamiento libertario.

Argumentos más sólidos de  carácter higiénico y sanitario, apelan a los potenciales efectos en la salud que el bestialismo pueda ocasionar a los involucrados animales y humanos.

Tratándose de mamíferos grandes,  no hay indicios de que pueda ocasional daños de alguna naturaleza, aunque el  uso sexual de  un animal reiteradamente produce un efecto de condicionamiento. Se reportan casos de perros entrenados para la felación o el cunilinguo convertidos en verdaderos problemas para sus propietarios, por cuanto intentan hacérselo a cuanta persona se cruza con ellos.

En cuanto a los humanos practicantes, algunos indicios  de la investigación médica (The Journal of Sexual Medicine, octubre de 2011) sugieren una relación entre la zoofilia  y el cáncer en el pene, como efecto de la flora y fauna localizada en la boca y los aparatos sexual y excretor de las bestias, diferentes a las propias de los humanos; el contacto íntimo con animales ─incluyendo besos bucales─ expone al riesgo de zoonosis, o infecciones de diversa índole transmitidas por ellos; la costumbre tendencialmente zoofílica de hacerse lamer la cara por perros, o de besarlos en la boca, es realmente una asquerocidad, tomando en cuenta que ese animal un momento antes pudo estar olfateando el culo de otro perro o bebiendo agua en un charco callejero.

La penetración asimismo posibilita el contagio de la ETS linfogranuloma venéreo; las consecuencias de tener contacto sexual con animales pueden ser graves. Se conocen casos de daños en el aparato sexual femenino ocasionados por penetraciones bestiales.

En su libro  divulgativo Crónicas de ciencia improbable (2014) el periodista francés Pierre Barthélémy  nos hace ver que Los amores bestiales se revelan, pues, como amistades peligrosas”… Y hace esta amedrentadora advertencia: “En la mayoría de los casos, el tratamiento de la enfermedad implica una amputación parcial o total de la verga.”

La acción política pro bestialista

Al menos dos acontecimientos han ocupado espacios mediáticos en los últimos tiempos. 

La decisión del organismo legislativo germano, antes reseñada,  contó con la oposición de colectivo Compromiso Zoófilo para la Tolerancia y la Claridad (ZETA en sus siglas en alemán) que dirige Michael Kiok, un bibliotecario de Münster. El grupo ZETA inició una campaña nacional para impedir la prohibición de la zoofilia con el argumento  “Las leyes morales, tales como la prohibición de la zoofilia, no tienen nada que hacer en un Estado de derecho”.

Kiok es un zoófilo declarado; ha mantenido por años una  relación amorosa con su perra de raza pastor alemán, Cissy. Tendrá que  separarse de su amante canina para evitar  pagar la elevada multa de 25 mil euros. Estuvo casado y quedó decepcionado. “Es más fácil comprender a los animales que a las mujeres”,  ha declarado. Confesó que había reprimido durante años su inclinación por los animales, después de haber tenido su primera experiencia a los 15 años. Según informa, el movimiento involucra a unos 100 mil alemanes; otras organizaciones civiles elevan el número hasta dos millones de personas.

El asunto es  más complicado en los Países  Bajos. El Estado fue indiferente a la zoofilia hasta 2010, cuando  la Cámara Alta del Parlamento holandés prohibió el sexo de humanos con animales, tanto en público como en privado, independientemente de que el animal resulte herido o no. Además, veta la distribución de pornografía animal, una disposición de efectos económicos importantes, considerando que casi el 80% de la pornografía zoófila se realizaba en Holanda.

En Holanda, el principal opositor de la disposición legal fue el partido que adoptó el cándido nombre de Caridad, Libertad y Diversidad, cuyo fundador y líder fue Ad vander Berg (70 años). Esta organización abogó por la legalización no sólo de la zoofilia, sino también de la pedofilia, de la pornografía infantil y de las drogas blandas y duras; pretendía que se rebajara de 16 a 12 años la edad legal para que los menores puedan tener relaciones con adultos, así como el derecho a andar desnudo en público y la inclusión en la televisión de programas pornográficos en horario diurno. Se disolvió como organización política al no lograr el número de firmas indispensable para legalizarlo según la ley de los Países Bajos. Al  respecto, declaró que “Holanda no está lo suficientemente madura aún para admitir esta proposición”.

El bestialismo como show

Un caso histórico notable, debidamente registrado, se refiere al uso de osos  y aves. Teodora, emperatriz de Bizancio, antes de alcanzar tan elevado estatus fue una artista de la performance pornográfica en las calles de Constantinopla; uno de sus números, según reporta Procopio de Cesarea en su Historia Secreta (s. VI), consistía en fornicar con un oso; otro estaba inspirado en la leyenda de Leda y el Cisne; desnuda, tendida en una alfombra,  regaban semillas en su entorno y una oca las seguía hasta llegar a picotear las puestas en su sexo. Con toda probabilidad, otras perfomancistas de la antigüedad tenían rutinas más o menos semejantes.

El bestialismo dramatizado, o exhibicionismo con animales, aparece en circos y otros espectáculos públicos al menos desde los tiempos romanos; el gran revival, por así decirlo, ocurre en la segunda mitad del siglo pasado con un personaje singular que saltó del show porno al Congreso de Italia, la  italiana de origen  húngaro Ilona Staller, más conocida por su nombre de guerra, Ciccolina. Su número cumbre consistía en simular una relación sexual con  una serpiente pitón de su propiedad, cuya cola se introducía en sus genitales. A continuación hacía felices a sus fanáticos regando su orina al público.

Los objetos del deseo zoófilo

Los mamíferos predilectos para fornicar, más o menos por orden de preferencia, son las hembras equinas: burras, yeguas y mulas; las cabras, las terneras, las llamas, las vacas, los perros y perras (cinofilia), los gatos (ailurofilia), las hembras de corderos y ovejas, las cerdas y los lechones. Simios como los orangutanes y los chimpancé, machos y hembras, figuran entre los favorecidos por los zoófilos. Se conocen casos de relaciones sexuales humanas con osos amaestrados. También figuran en la enumeración de los animales usados por los humanos con fines eróticos una nutrida diversidad de otras especies: aves (ornitofilia) como ocas, patos y gallinas, serpientes (ofidiofilia), mamíferos acuáticos, peces, insectos y arácnidos. Uno de los primates predilectos por los zoofílicos es el bonobo  (pan paniscus), una variación de la  especie  chimpancé (pan troglodytes) menos familiar que otros antropomorfos al hombre común, al punto de haber sido llamado por un estudioso “el simio olvidado”.

Estos primates, parecidos al chimpancé, aunque más gráciles y pacíficos, se localizan en el centro de África, en el Congo, y con ellos compartimos el 98,7 % del genoma, de modo que están más emparentados con Homo sapiens, que con los gorilas; además, presentan una importante similitud anatómico-sexual con los humanos: las hembras tiene el clítoris fuera de la vagina, como la mujer. (Frans van der Waals, Bonobo: The Forgotten Ape, 2008.)

Pero la preferencia hacia ellos de los inclinados al sexo animal no responde sólo a esas similitudes genéticas y a su carácter gentil; entre los primatólogos, también dice de los bonobos ─a medias en broma, a medias en serio─ que son “adictos al sexo”. En su ambiente natural estos primates practican besos labilinguales, penetración por delante y por detrás, felación, cunilinguo, anilinguo, frotamientos, masturbación recíproca y tocamientos diversos, y todo esto indistintamente del sexo del otro bonobo, sea en pareja o en grupos más extensos; no lo hacen con el propósito de reafirmar dominancia, por cuanto animales de estatus superior y más viejos admiten ser poseídos analmente por individuos inferiores; tampoco para satisfacer la necesidad sexual en condiciones de escasez de hembras, ni obedeciendo al drive reproductivo, por cuanto el 75% de sus interacciones sexuales son hedónicas;  el individuo que hace un momento fue pasivo poco después será activo en otro macho o en una hembra; acarician y copulan sin discernir en cuanto a edad, estatus ni género;  incluso, sin distinguir especie; de tener la oportunidad ¡también lo hacen con seres humanos! Una científica lo verificó al entrar a la jaula de los bonobos; los animales la acariciaron y besaron y fue necesario rescatarla estando a punto de ser violada por un macho.

El tráfico ilegal de bonobos con fines sexuales es una preocupación seria de las autoridades locales; la especie se ha vuelto vulnerable, figura entre las que corren peligro de extinción. Los adictos al bestialismo pagan fortunas por los ejemplares. No menos problematizada está la supervivencia del orangután (Pongo); a la pérdida de su espacio vital a causa de la ocupación humana, la cacería para usar su carne como alimento y su piel con fines artesanales, se suma su captura a propósito de usarlos como objetos sexuales en burdeles de bestialismo existentes en Asia y Europa.

Mamíferos acuáticos también están presentes en este cuadro. En algunas regiones lacustres  y fluviales del trópico existe un tipo de delfín conocido como tonina (Inia geoffensis); las hembras tienen una contextura semejante a la de una mujer obesa y su vulva ubicada en la parte inferior del vientre. Es costumbre de los lugareños capturarlas, tenderlas en postura decúbito supino y llevar a cabo relaciones sexuales con ellas. En Venezuela, en las regiones marcadas por el lago de Maracaibo y el río Orinoco, era corriente que  la iniciación sexual de los mozos ocurriera con tales animales.

Tal como ha sido señalado, los insectos y arácnidos también son objetos del deseo de los humanos; algunos, la mayoría,  como afrodisíacos, vale decir, como estimulantes del poder sexual mediante su toxina que al ser introducida por la  picadura actúa como afrodisíaco de acción interna; otros como estimulantes de acción externa.

Se identifican artrópodos, de la clase insectos, cuya picadura es afrodisíaca; en la fauna venezolana figuran al menos dos: la machaca y el lambeojitos; respecto al último, escribe Salazar Léidenz:

“Si pica en el lugar adecuado, inmediatamente se registra una reacción que dura hasta que el atacado consiga pareja, o logre una simulación por métodos artificiales… Muchos cojedeños cargan su propia lambeojitos, en una caja de fósforos, por lo que  pueda suceder. Con ella se practican una especie de acupuntura en lugares reservados”… (Geografía Erótica de Venezuela.)

Cojedeños son los nacidos en el estado Cojedes, demarcación política venezolana que toma su curioso nombre de los aborígenes establecidos en su territorio en tiempos precolombinos, superlativamente activos en su sexualidad gracias a la avispa lambeojitos, endémica en la región. Ese pueblo se hacía llamar coaheir, nombre formado por el vocablo de la lengua caribe coa, con el significado de palo,  y por el proveniente del araucano heir, el verbo dar; de modo que coaheir se entiende correctamente en el sentido de “los que dan con el palo”, del todo coherente con sus costumbres. Otra interpretación traduce el vocablo heir como cerámica, lo cual da lugar al nombre −asimismo cónsono con sus prácticas sexuales− de “los palocerámica”, o “los que tienen el palo como la cerámica”, vale decir, duro; pero la moralina nacional ha ocultado estas etimologías, haciéndonos creer que coa significa hombre o gente; de aquí que el nombre de esos  indígenas sería el insulso “hombres de la cerámica”; cuando no existe ninguna evidencia arqueológica de cerámica importante en la región.

El uso de insectos con fines eróticos corresponde a una categoría especial de las variantes del comportamiento sexual denominada  entomofilia, en  la que la particularidad reside en obtener placer sexual mediante el contacto directo con animales pequeños, en zonas erógenas del cuerpo como el pene, el clítoris, el pecho o el ano. Las personas con esta inclinación sienten una gran excitación cuando estos pequeños animales caminan, muerden o pican por las zonas en las que son ubicados,  o con cualquier desplazamiento por el cuerpo. Las hormigas son los insectos más comunes en esta práctica (formicofilia), aunque también puede darse con abejas, moscas  y otras especies, o con animales que no son insectos como gusanos, caracoles, ranas y otros.

Las moscas participan en  una práctica masturbatoria singular y ejemplifican el uso de insectos como “objetos del deseo”. Consiste en meter cierta cantidad de ellas en un frasco de boca ancha en el cual se introduce el pene; el revoloteo enloquecido de los animales produce excitación y conduce al  orgasmo. Otra, es el fleshing, que consiste en introducirse insectos o peces pequeños en el ano o en la vagina, lográndose el placer a partir de los movimientos desesperados del animal. Se ha reportado otra forma de erotización mediante los insectos, conocida como  crush bug, o excitación sexual lograda a partir de ver mujeres pisoteando esos animales y de escuchar el crujido que producen al ser aplastados.

Algunos aficionados se valen de animales venenosos de mayor peligrosidad, como arañas y alacranes, con lo que combinan la excitación sensorial debida al roce de las patas del organismo, con la propia del temor al exponerse a una picadura tóxica. Esta conducta sugiere cierto componente masoquista en la persona y, a nuestro entender, es una  variación de lo que  podríamos llamar pericufilia (del latín periculum, riesgo,  tentativa, ensayo), o  excitación erótica a partir de exponerse al peligro.

La entomofilia  tiene amplia historia; probablemente el siguiente relato no sea más que una conseja, pero el hecho es que la tradición dice que al mediar el siglo XII ocurrió que en el discurrir de la festiva vendimia, labor realizada por los campesinos centroeuropeos del pasado completamente desnudos, una chica traviesa le arrojó a su enamorado unas abejas en los genitales; superada la sorpresa, descubrió el gañán que la picadura apenas si dolía, y para la mayor gratificación de ambos también se hizo evidente que le originaba una poderosa erección y aumentaba el grosor de su pene; no tardarían en advertir que, además, dilataba la eyeculación y hacía más intenso su orgasmo.

A partir de esa experiencia el mozo tomó el hábito de hacerse picar por abejas; atrapaba un par de ellas, las cogía por las alas, las colocaba en su pene y las apretaba, incitándolas a picar; así obtenía a su albedrío el efecto deseado. Experimentos modernos realizados por sexólogos, comprueban que su  toxina tiene el efecto de aumentar el grosor del pene de 16 a 22 centímetros, en promedio.

Princesa de la elección zoófila

Si bien es cierto que diversas especies animales son objetos del deseo, se hace evidente que a todo lo largo de la Historia una de ellas es la privilegiada por la elección  de los zoófilos, el Equus africanus asinus,  el asno. Y para los inclinados  a este placer tendencialmente heterosexuales, nada puede ser mejor que la hembra del jumento en su etapa juvenil, o sea, la pollina.

Ningún otro animal está tan  fuertemente vinculado al erotismo, tanto al rural o primitivo como al más sofisticado. En los anales sexológicos figuran casos de mujeres zoofílicas inclinadas a los equinos,  o que sin serlo han querido alardear de su capacidad para soportar pingas enormes, que han hecho uso del asno con fines sexuales. Musset, en su novela pornoerótica Dos noches de placer describe el coito colectivo de una comunidad de hermanitas de la caridad con un soberbio macho padrote que mantenían en su convento.

El jumento figura en diversas obras literarias; en las letras venezolanas Salvador Garmendia le dedica una apasionada apología en sus Crónicas Sádicas. Entre tantas, quizá la más popular sea la J.R. Jiménez, Platero y yo, pero se trata de un burrrito medio pendejo, de  lo más poético y sin inquietudes erótica; en cambio, es bien ácido el protagonista de La Metamorfosis o El asno de oro de Apuleyo (Roma s. II), obra fundacional de la picaresca y de la literatura pornohumorística en occidente, una lectura imprescindible. El personaje Lucio se ve transformado en burro por obra de la magia; como tal va a dar a un establo y a ese lugar su amo acude a tirarse a una amante. Asombrado, el hombre observa que el animal tiene una erección al presenciar el acto, y decide matarlo, lo que no logra al fin.

La burra erótica en la tradición oral venezolana

La hembra joven de la especie,  la pollina,  ha dado lugar a las anécdotas más interesantes. Al respecto,  en la literatura oral del folclore venezolano corre lo que no sé si es anécdota o cuento inventado, de un acontecer supuestamente ocurrido en un pueblito de Barcelona (Edo. Anzoáteguí, Venezuela), narrado por William Rodríguez. Lo  consignamos a continuación tanto por ser ilustrativo de la zoofilia asnal en nuestro país, como por cumplir con el encomiable propósito de darle forma escrita a la tradición oral.

Refiere de un joven cuyo  padre lo envió a Caracas a estudiar medicina; el muy  sinvergüenza nada estudió, se la pasó rumbeando; no obstante, en sus andanzas aprendió a ser ventrílocuo.

Al regresar al terruño al cabo de  seis años el padre le hace una fiesta e invita a todo el pueblo, en especial a los enfermos, asegurando que su hijo los curaría. El joven, desde luego, no tiene la más puta idea de qué hacer, y se ve obligado a confesar que no estudió medicina. El progenitor monta en cólera; el hijo le dice: “Tranquilo, viejo: estudié algo mejor. ¡Soy ventrílocuo!”… “¿¡Ventri qué!?” pregunta el padre. “Ventrílocuo, o sea que hago hablar a cualquier cosa”… Y a propósito de demostrar su destreza le dice al señor que le pregunte algo a una silla; este, con temor, interroga a la silla: “¿Silla como estás?” y para su mayor asombro el mueble le responde: “Chirriando mucho, porque te meces cuando te me sientas”… El asombrado y orgulloso padre exhibe a su hijo a los invitados; estos, maravillados, le piden que hable con todas las cosas que se les ocurren; hasta  que un pequeño le jala el pantalón y le pregunta: “¿Señor, usted puede hablar con la burra?”…  Y cuando el sujeto se disponía a hacerlo lo interrumpe su padre con el siguiente comentario: “Mijo, mejor llamamos a tocar al conjunto, ¡porque esa bicha es muy cuentera!”

Un caso auténtico de bestialismo trágico

La siguiente anécdota es verdadera. Ocurrió en Barquisimeto, en el curso de la década de los 50. Los muchachos de entonces solían vagabundear por las riberas del río Turbio, cazando iguanas, pescando bagres, a cuyo efecto iban provistos de chinas y de una suerte de lanza construida con un palo y un hierro bien afilado amarrado en una punta; también andaban en búsqueda de oportunidades sexuales con inocentes rameras rurales que por un (1) bolívar solucionaban entre las breñas; o en su defecto, con burras.

Uno de los asiduos aventureros era cierto sujeto conocido como el Maracucho;  un lince con la china, fino pescando con la lanza y apasionado de las burras. Formó una relación estable con una pollina preciosa, a la que sedujo mediante su técnica de acariciarla con una botella, que pasaba por su lomo, siguiendo la columna vertebral; le llevaba dulces y le hablaba con ternura. La burrita acudía a él apenas los veía venir. Pero apareció un jumento que interrumpió el idilio. La pollina mostró preferencia por este animal y empezó a evitar al Maracucho. El  joven intenta atraerla con carantoñas  y regalos; el asno lo enfrenta rebuznando con  ira  y pelando los dientes; otras veces lo mira con sorna y rezonga con acento sarcástico, evidentemente burlándose de él.

La amargura del Maracucho es indescriptible; llora y se mesa los cabellos. Sus amigos intentan consolarlo; uno de ellos le ofrece una gallina de su propiedad. “¡Una gallina! ¡Jamás podrá compararse a mi pollina!”

El Maracucho va una y otra vez al río; cierta vez encuentra a la burrita sola e intenta atraerla con palabras cariñosas, pero ella lo esquiva;  su comportamiento lo lleva al frenesí; exclamando “¡Mía, o de nadie!”  arroja la lanza con su mayor fuerza y la clava en el vientre del animal, que exhala un rebuzno agónico y  huye río abajo. Días después se descubre su cadáver siendo festín de los zamuros.

Se ha consumado el primer crimen interespecial de la historia, así como el primer equinocidio conocido.

La furia del Maracucho no se calma con ese crimen; su dolor se transforma en odio  ciego hacia el jumento, al que culpabiliza de los aconteceres; jura vengarse del burro, aunque a tal efecto trama un plan más perverso que el sólo darle muerte, porque su resultado lo hará sufrir en vida a todo lo largo de su existencia.

Animado por ese propósito maligno, el Maracucho vaga por las riberas del Turbio en búsqueda del burro. Finalmente lo localiza precisamente en el momento en que se disponía a acabar con la virtud de una pollinita. Apunta con la china, dispara una piedra; el proyectil pega exactamente en el falo engrifado del jumento. El animal cae, se revuelca de dolor, rebuznando desesperadamente.

El Maracucho ha consumado su venganza: A partir de entonces el burro quedó impotente. Siendo un burro maduro, en la plenitud de sus facultades eróticas, jamás volvió a lograr una erección porque al sentirse excitado sexualmente al cruzarse con una burra en celo, un mecanismo mental la impedía al recordar el inmenso dolor de la pedrada en su órgano viril, como resultado del efecto de reflejo condicionado. ¡El Maracucho lo aplicó sin saber una gota de Psicología ni mucho menos de su descubridor, Pavlov!

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