Microrelatos / Rubén Monasterios

UNA MUJER PERFUMADA

─No soy ninguna muchacha… Con tanta demonia preciosa suelta por ahí buscando su sweet dady…

─Amor mío, eres una señora adorable. No eres ninguna muchacha, en efecto; ya tu tez no tiene la tersura aterciopelada de la propia de una quinceañera, pero muchas de esa edad darían…

─¿Un ojo de la cara?

─¡No, porque quedarían feas! Darían… digamos un par de años de su vida por tener a tu edad esos ojos de pestañas sedosas, esa boca frutal y esa nariz respingada…  Ese color dorado de tu piel, tu cabellera silvestre, endrina…

─El tinte, mi amor. De otro modo tendría trazos blancos… ─dijo ella, exhalando un suspiro y  hundiendo su mano en la vistosa mata de pelo─.

─Entonces sería plata fundida derramada en tu cabeza. ¿No te parecen hermosos esos rasgos caucásicos tuyos combinados con una piel dorado oscura? ¡Mestiza! ¡Eres una mestiza! Los seres más bellos del mundo son mestizos.

─¡Pero estoy gorda!

─¡Jamás! Estas hermosota, ampulosa, voluptuosa. Gorda es la que ha perdido las formas propias de la hembra humana. Tus pantorrilla son perfectas. Nunca te he dicho que fueron el primer detalle que me fascinó de ti, las pantorrillas, que se dejaban ver a partir del borde de aquella falda vaporosa, ondulante, como efecto de las volteretas del baile; recuerdo la gracia con la que sostenías esa falda; era un gesto modesto, delicado…

─Estaba turbada, ¿sabes? Me sabía atisbada. Me sentía confundida, debatiéndome entre un sentimiento como de vergüenza, y otro de placer, de orgullo, al ser objeto de la atención persistente de un hombre. Porque tú miras a la mujer con fuego.

─Sí, soy indiscreto en eso. No puedo evitarlo cuando la mujer me atrapa en su encanto. Y tú tienes ese “no sé qué” que te hace atractiva; es lo que los gringos llama  it. Es algo inherente a la naturaleza. Tú eres un ser eurítmico dotado de la gracia del movimiento espontáneamente  armonioso, bello, con el que expresas estados de ánimo: pensamientos, sentimiento, voluntad.  Esa gracia es más importante que la belleza; se llama femineidad y la tienes tú como pocas mujeres. Ahora bien, nada mejor en ti que tu aroma.

─  ¿Tanto te gusta mi perfume?

─ No es el perfume, sino tu aliento. Lo  probé de tu boca la primera vez que nos besamos… ¿Recuerdas?

─Nos escondimos… ¡Ay, parecíamos un par de adolescentes! ¡Qué pena! Hacían una degustación del brandy de jerez..

─¡Exacto! Desde entonces no puedo apartar de mi mente el deseo de saborearlo  una y otra vez en la misma fuente… ─dijo él, haciéndola tomar un sorbo del elixir entibiado en la copa que sostenía en su mano─. ¡Bebe, amada! Lo quiero así, de tus labios, servido en tu boca…

  

Porque tú eres, Melba…

una mujer perfumada

Tu aliento huele al jerez:

con el impregnas mi almohada…

                                                      Ω

LIBÉLULA

 

Ella es Ninoska, mi libélula. Un buen día apareció en mi estudio; huyó despavorida pensando que iba a matarla, ¡nada más lejos de mi intención! Me aproximé al tembloroso insecto y le hablé con ternura, asegurándole que nada debía temer y que, muy en sentido contrario, contaba con mi cariño. De modo que la adopté y la bauticé Ninoska. Le traje flores de mi jardín por si quería alimentarse. La verdad es que muy poco sé sobre libélulas, pero creo que comen polen de flores. Pasamos tres días felices, yo le hablaba y le recitaba poemas de José Pulido y ella batía sus alitas. Un día la noté decaída, no respondió a mis palabras; me pareció ver que hizo un esfuerzo y voló, dio dos o tres vueltas en torno a mi cabeza y murió. Volví a quedar solo. ¿Por qué el deleite siempre es tan efímero y el dolor tan largo?

                                                          Ω

LA SED

“Fascinante, ese peinado… Recuerda a una bailarina  famosa en París, hacia 1900… La Goulue”. “¡Usted no pudo haber conocido a esa mujer!” ─acota ella─. “¡Oh, sí!”… “¡Señora, yo soy arcaico! Figúrese, fui amigo de Friné”… Atractivo, con ese raro sentido del humor, el caballero encanta a la dama, quien no rehúsa su agasajo de compartir una copa de coñac. Sigue una conversación regada por el caldo, llena de graciosas fabulaciones;  y al final la dama  acepta degustar la última copa en su residencia. Yacente en el lecho, excitada por el peso del hombre, ella murmura: “¿Cuando haces el amor también mientes?” “No, querida, jamás miento. Ocurre que poseo el don más horrendo existente, que es la vida eterna”. ─Y clavando los dientes en su yugular, termina: ─”Y ahora la voy a continuar saciando mi sed  con el divino coctel que corre por tus venas”.

                                                                Ω

 

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