La Imagen que nos persigue. Un ensayo sobre el rostro de Simón Bolívar / Por Elizabeth Marín Hernández

Elizabeth Marín Hernández

Universidad de Los Andes,

Mérida, Venezuela

La historia busca revelar las formas del pasado, la memoria las modela, un poco como lo hace la tradición. La preocupación de la primera es poner orden, la segunda está atravesada por el desorden de la pasión, de las emociones y de los afectos

Joël Candau

La Imagen que nos persigue

Un rostro evidencia en nuestra memoria la presencia de contenidos y significantes de difícil articulación con la realidad. Siempre ha estado allí, persiguiéndonos, siguiéndonos, marcándonos las rutas de una identidad basada en el origen de un semblante manejado en la interioridad de sentimientos sublimados por un heroicismo aprehendido a través de la redundancia de una imagen vista y asumida en la continuidad de una certeza que espera un modo de proceder.

Rostro que lleva consigo una inserción social de las subjetividades colectivas, de los lugares de las evocaciones, y que manifiesta el culto de una nueva religión capacitada de “hacer virtualmente inasible la personalidad real de su objeto, hasta el punto de que pasado el tiempo esta última pareciera carecer de interés puesto que de hecho es reemplazada por la personalidad ad hoc conformada por el culto”.

En este sentido el rostro es modificado dentro de zonas de codificación múltiple, de valores y de discursos ambiguos, al tomar independencia con respecto al cuerpo socio-subjetivo real con el que está ligado; pues todo pasa por la presencia del límite creada en la pantalla representada en la piel, en el mapa que lo surca como formación simbólica, como reemplazo del yo interno visualizado en el retrato y en el sistema de convenciones que nos permiten reconocerle, sin embargo algo se encuentra más allá de la superficialidad de la pantalla que observamos, de los elementos formales que la conforman y de las significaciones que se nos han querido entregar.

Una imagen, un retrato, un rostro que posibilita el conocimiento de una época, de su mentalidad, de su memoria y de las distorsiones que en ésta pueden ocasionarse por los manejadores de la pantalla. Pues vaciado el rostro de toda referencia original sólo nos quedan agujeros de discursos, lejanos del primer semblante, del primer nombre y cercano al manejo de la subjetivación del poder en el rostro de un héroe/padre, cohesionador de las profundas diferencias de una sociedad como la venezolana.

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Simón Bolívar: Anónimo (1826) Presidencia del Senado, Caracas, Venezuela

De la imagen que nos persigue surge la rostridad de una pantalla inscrita y reinscrita millares de veces, manada de la conciencia, de la pasión y de las redundancias –como escriben Deleuze y Guattari- de un rostro singular el de Bolívar, sujeto a la elaboración continúa de la significación en distintas temporalidades. Su rostro se sume en el centro de los discursos del Padre de la Patria, del Apóstol de la Libertad o en narraciones exaltadoras de una personalidad cuasi-divina.

Para el estudio del Bolívar humano la reproducción plástica de su noble rostro serviría como piedra fundamental para la crítica y no se verían atrevidas y hasta irreverentes afirmaciones alrededor del genio o aptitudes excepcionales que conformaron la personalidad del prócer máximo

Melancólicas litografías nos presentan a un hombre de rostro ovalado, de frente cuadrada y de cejas pobladas, de aspecto austero y reflexivo, de nariz moderadamente aguileña, de mandíbula exageradamente angulosa y ojos negros profundos, tal vez excesivamente próximos (…) éste es el Libertador Bolívar: hombre de dura lucha y larga, jinete infatigable, protagonista capaz de múltiples logros, miserias, egoísmos, heroísmos y los histrionismos que se pueda imaginar; hombre de numerosos consejeros y gran resistencia; ahora muerto y desaparecido; del cual, a excepción de aquella melancólica litografía, las gentes cultas de Europa nada conocen. Sin embargo, ¿quién puede negar que voló raudo de un confín a otro, a menudo de la forma más desesperada, seguido de una caballería salvaje cubierta de mantas dispuesto a la guerra de la liberación ‘hasta la muerte’?

La intencionalidad simbolizada en las imágenes de Simón Bolívar, nos dirige aun estudio posicionado en los discursos de la rostridad manipulada como máquina abstracta de producción de pantallas que brotan,

(…) cuando menos se las espera, en el transcurso de un adormecimiento, de un estado crepuscular, de una alucinación, de un divertido experimento (…) no hay nada que explicar, nada que interpretar (…) Aquí nada parece a un rostro y, sin embargo, los rostros se distribuyen en todo el sistema, los rasgos de rostridad se organizan. Y, sin embargo, también esta máquina abstracta puede perfectamente efectuarse en otra cosa que en rostros; pero no un orden cualquiera, ni sin razones necesarias.

De allí que el rostro de Bolívar manifieste un culto distribuido en la conciencia colectiva del venezolano a través de múltiples articulaciones históricas, marcadas por la integración de la diversidad de las rostridades, que orientan la construcción de lugares de memoria en los que nuevos marcos socioculturales se dislocan, se destruyen “o, simplemente se modifican, los modos de memorización –de la visualización de las pantallas–, de una determinada sociedad y de sus miembros, se transforman para adaptarse a los nuevos marcos sociales que habrán de instaurarse” en la interioridad de una complejidad de memorias o archivos de imagen, que se refieren al Estado, a la Nación y a la política.

El culto a Bolívar es un fenómeno psicosocial que expresa una conjunción de factores y circunstancias históricas que exigen una evaluación serena y crítica. Con ello quiero decir que en su origen están hechos y necesidades auténticas.

Así, en el origen del fenómeno hay dos hechos auténticos: la existencia de un héroe (…) y la presencia de una coyuntura: la espontaneidad del culto popular a Bolívar y los requerimientos del proceso de definición de la conciencia nacional venezolana.

Igualmente está en el origen del fenómeno una necesidad sociohistórica: la de restablecer la estructura de poder en condiciones de acentuada debilidad de la clase dominante, de muy bajo grado de integración social y de la persistencia de grandes obstáculos estructurales como ausencia de estructuras nacionales, incomunicación, analfabetismos generalizado, etc.

El culto a Bolívar y los diferentes estados emocionales que representa su imagen vendrían a significar el cómo aprender con la ayuda de imágenes

(…) una historia digna de reverencia. Por que la lectura enseña al lector, las imágenes lo enseñan a los iletrados, a quienes sólo pueden percibir con la vista, puesto que en los dibujos los ignorantes ven la historia que deberían leer, y quienes no conocen las letras descubren que, en cierta forma pueden leer. Por consiguiente, en especial para la gente común, las imágenes son el equivalente a la lectura.

En este sentido, Bolívar y sus imágenes funcionarán en medio de la fragmentación de la sociedad venezolana, manejada por la precariedad de sus instituciones, las cuales manipularan el culto desde perspectivas seudomísticas y cohesionadoras de las subjetividades colectivas dentro de un archivo operado y consolidado por altos pontífices, como afirma Elías Pino Iturrieta al argumentar lo siguiente:

Las explicaciones usuales sobre el culto a Bolívar encuentran el origen del fenómeno en la liturgia promovida por los gobiernos venezolanos después de la desmembración de Colombia. Se trata de un análisis con fundamento, si recordamos cómo salían entonces de palacio las instrucciones para la fábrica del tabernáculo y cómo fue el presidente Antonio Guzmán Blanco, a partir de 1870, uno de los arquitectos más empeñosos. Por lo menos desde 1842, cuando retornan con pompa a Caracas las cenizas del Libertador debido a las órdenes del presidente José Antonio Páez, se puede establecer una relación nítida entre esa suerte de religión cívica y gestiones oficiales   

El culto evidentemente necesita de rostros, de pantallas, de imágenes visuales capaces de construir la devoción hacia una construcción tangible del discurso sobre la heroicidad de la identidad venezolana, que manifiesta su equipamiento imaginal a través de la continua repetición de rostridades fundadas por medio de la obtención y mantenimiento del poder en cuanto al control sobre la definición del pasado, y el

(…) enfoque de las prácticas de memorización como memorias hegemónicas y memorias disidentes encarnadas en voces, narraciones, textos, imágenes, objetos y acciones engendradas en espacios de confluencia y confrontación, de dominación y de subordinación, de lucha e hibridación entre agrupaciones inter e intrasocietales diversas y dispares.

El equipamiento colectivo de la rostridad de Bolívar, nos presenta una abundante iconografía en la cual el cuerpo y sus actitudes son dejados de lado ante la presencia persecutoria de la pantalla de una fisonomía vaciada de toda subjetividad, para ser llenada por los múltiples significantes de una religión cívica, necesitada de la construcción de un imaginario capaz de identificarla, que de alguna manera la amalgame en pos de los lugares de la memoria ideados en la evocación y la repetición como sintomatología neurótica del olvido.

Simón Bolívar: Pío Domínguez (1829) Camino de Pasto

Simón Bolívar: Pío Domínguez (1829)
Camino de Pasto

La continua realización de retratos de y sobre Bolívar, nos muestran la solución habitual de la construcción de un ideario nacionalista, religioso y particular, generado a través de la imagen de un sujeto desocupado de su particularidad, para hacerlo trascender hacia la encarnación de los valores y de los comportamientos dignos de imitar. Esta idea no es nueva en la tradición plástica occidental, pues desde “la Antigüedad clásica ya se estableció una serie de convenciones para la representación del gobernante como héroe o como personaje sobrehumano.”

Simón Bolívar: Pietro Tenerani (1831)

Simón Bolívar: Pietro Tenerani (1831)

Roma

La tradición de la plástica, desde el arte romano nos indica la visualidad de individuos excepcionales, pues como heredero de la tradición helenística,

(…) produjo gran cantidad de retratos relacionados con la costumbre de conservar, tanto en el ámbito oficial como en el hogareño, el recuerdo de los rostros de personajes cuya memoria se consideraba imprescindible de mantener. En el arte oficial, los retratos de gobernantes y altos funcionarios favorecían un recuerdo que en muchos casos tenían la virtud de evocar a lo largo de los siglos figuras paradigmáticas, cuya presencia intangible garantizaba aquellos rasgos de personalidad y actuación que se valoraban bajo un signo positivo a través del tiempo.

En estos rastros de memoria el rostro adquiere una importancia determinante, ya que todo su reconocimiento pasa por él, y la máquina abstracta comienza a andar en el momento en que el rostro es dotado de significación por el discurso de la época que lo acoge, lo observa y lo llena de redundancias en medio de la transitoriedad de una realidad dominada por el envoltorio de memorias de poder y de memorias subalternas “abiertas a la dialéctica del recuerdo y de la amnesia, inconsciente de sus deformaciones sucesivas, vulnerable a todas las utilizaciones y manipulaciones, susceptibles de largas latencias y de súbitas revitalizaciones”.

La rostridad de Bolívar ha atravesado un complejo mundo de representaciones y de personificaciones desplazadas, desde el retrato ecuestre al héroe enfermo y abatido, evidenciado en la diversidad de los discursos visuales, concebidos en los equipamientos de los lugares de la memoria, dirigidos hacia la búsqueda de una potencialidad identificatoria bajo la egida de diferentes regímenes políticos manejadores de la maquina abstracta y en la que,-como argumentan Deleuze y Guattari-

(…) la máquina debe precisamente permitir y garantizar tanto la omnipotencia del significante como la autonomía del sujeto. Os clavaran en la pared blanca, os hundirán en el agujero negro. Esa máquina se denomina máquina de rostridad, puesto que es producción social del rostro, puesto que efectúa una rostrificación de todo el cuerpo, de sus entornos, de sus objetos, una paisajización de todos los mundos y medios. La desterritorialización del cuerpo implica la reterritorialización del rostro; la decodificación del cuerpo implica la sobrecodificación del rostro (…) El rostro es una política.

Simón Bolívar: José Gil de Castro (1823)

Simón Bolívar: José Gil de Castro (1823)

De allí que, los rostros representados sólo recogen “las ilusiones sociales, no tanto la vida corriente cuanto una representación especial de ella”, en la que por ende se explica la transformación o estabilización de una visualidad marcada por el aspecto de un personaje que muestra los significantes de las mentalidades, que se ajustan al continente preciso desprendido del cuerpo, mitificado, expuesto hasta la saciedad desde su juventud hasta la decrepitud del cuerpo enfermo, representado en la laceración de la enfermedad marcada en el mapa que nos deja la última visión.

La máquina de rostridad decodifica a la corporeidad, sobredimensionando la fisionomía de la pared/rostro en la que se unen los significantes de la pared-mapa que indica las peculiaridades del semblante mitificado de un existir; sólo objeto traspasado por el discurso de un heroicismo atrapado en los nombres que detenta la marca de lo real, construida por las miradas del poder en su diversidad y manipulación, y donde el rostro del padre posee tantos nombres, tantas representaciones, que han sellado en ellos las disyunciones entre el semblante de un rostro y lo que su subjetividad puede inscribir en lo real como imagen simulada.

Simón Bolívar: José María Espinoza (1830) Fundación John Boulton

Simón Bolívar: José María Espinoza (1830)
Fundación John Boulton

Las descripciones del rostro que nos ocupa exceden a la necesidad de atrapar un ideario capaz de narrar nuestra particular mitografía, pues en ese rostro-mapa el cuerpo sucumbe a la pantalla, plena de agujeros de significación de los discursos en los cuales se hace evidente la desterritorialización absoluta –como escriben Deleuze y Guattari– pues

(…) la cabeza se hace salir del estrato de organismo, tanto humano como animal, para conectarla con otros estratos de significación o subjetivación –donde– el poder político que pasa por el rostro del jefe, banderolas, iconos y fotos, incluso en las acciones de masa (…) En todos estos casos, el rostro no actúa como individual, la individuación es el resultado de la necesidad de que haya rostro. Lo que cuenta no es la individualidad del rostro, sino la eficacia del cifrado que permite realizar, y en qué casos. No es una cuestión de ideología, sino de economía y de organización de poder

En este sentido el rostro de Bolívar en sus diversas representaciones, expresa narraciones que escapan por medio de los agujeros negros de la pantalla construida por los múltiples discursos de una rostridad visualizada desde los detalles que alcanzan a hablarnos del uso de los bigotes, del color de su piel, de sus posibles rasgos negroides, tan sólo con la finalidad de mostrarnos a un sujeto heroico producto del nuevo mundo americano el cual posee una fisicidad imposible de asir.

Debido a que “no hay pintor que sea capaz de plasmarle su expresión. No hay dos retratos del Libertador, en su abundante iconografía donde uno se parezca al otro. Hay cuadros incluso realizados por consagrados pintores, donde es irreconocible su fisonomía”

Simón Bolívar: J. Yáñez (1821) Herederos del General Antonio Guzmán Blanco

Simón Bolívar: J. Yáñez (1821)
Herederos del General Antonio Guzmán Blanco

Autores como Alfredo Boulton resaltan la importancia del estudio iconográfico de las imágenes de Bolívar, para determinar los tiempos en que usó o no bigotes, en los que se manifestó su juventud o los retratos en los que se encuentra disponible su condición heroica, sin embargo, la amplia gama de rostros activan la máquina de rostridad en su devenir significante, más allá del primer estado de visualización formal de las imágenes.

Simón Bolívar: Pedro José Figueroa (1819). Quinta Bolívar, Bogotá (Colombia)

Simón Bolívar: Pedro José Figueroa (1819).
Quinta Bolívar, Bogotá (Colombia)

Los rostros de Bolívar, exhiben paredes blancas agujereados por los discursos políticos que les manipulan, en medio de una economía de elementos producidos cultural y socialmente, dentro de una semántica capaz de accionar los dispositivos que conforman a la pantalla-mapa, en las que sitúan las miradas que lo describen, y que nos posicionan en las lecturas de una rostridad existente en distintas realidades, para conformar un rostro que no puede escapar de sí mismo; debido a que en él se experimenta el devenir de una admiración o desprecio, que va más allá de un semblante centrado en una polaridad de fuerzas que lo fragmentan y en las cuales el rostro pasa a ser una construcción como es evidenciable en las descripciones del texto Iconografía del Libertador de Enrique Uribe White:

Ducouray -1813- “… grandes bigotes y patillas”. (…) Roberto Proctor, Narraciones… traducción de Aldado, Buenos Aires, 1920 dice, el 1º de septiembre del 1823… “Tiene grandes bigotes y cabello negro encrespado”. O’ Leary, Bolívar y emancipación de Suramérica, Madrid s.a., Tomo 1, p 580, dice: “… las patillas y bigotes, rubios se los afeito por primera vez en Potosí en 1825”. Testimonio que merece entera fe; nótese que O’ Leary dice por primera vez, cosa que debía saberla muy bien, pues en todos esos años no separó de lado del Libertador

Simón Bolívar: Anónimo (1812) Quinta Bolívar, Bogotá, Colombia

Simón Bolívar: Anónimo (1812)
Quinta Bolívar, Bogotá, Colombia

Descripciones como las mencionadas nos conducen por el camino de la actuación de una pantalla, explicada como mapa de construcción y reflejo de una cultura deseante de la activación de la rostridad en medio de estados de significación, capaces de engendrar nuevas líneas de fuga del rostro de un Bolívar, que selecciona o elimina las visualizaciones que sobre él se codifican; pues el rostro aparece en la interioridad de las fuerzas que convergen hacia el ambición de producir un ideario en la experiencia colectiva, que se inicia –como escribe Pino Iturrieta- dentro de una gran vitrina nacional, que vio luz en la Exposición Nacional organizada por Guzmán Blanco en 1883, en la que se resumía el concepto del progreso relacionado con el oficialismo y el patriotismo venezolano.

Uno de sus salones contiene objetos que pertenecieron a Bolívar: un pañuelo, una camisa, un par de calcetines, un calzón de paño, un escritorio, unas charreteras, un par de espuelas, etc., y una reliquia extraída de su cuerpo: “La concreción fosfática calcárea encontrada por el Dr. Reverend en los pulmones del Libertador”. En las paredes de otro salón cuelgan unos oleos que se convertirán en piezas imprescindibles de la iconografía republicana: Los últimos instantes de Bolívar, de Antonio Herrera Toro; y La firma del Acta de Independencia, de Martín Tovar y Tovar

Entre objetos, reliquias y obras de arte, el rostro de Bolívar se hace omnipresente dentro de las infinitas posibilidades de actuación de la máquina abstracta de la rostridad, portadora de la pantalla protectora y ordenadora de los discursos en los cuales se patentizan las contradicciones de los significantes, de las conexiones que proporcionan las sustancias necesarias para un sujeto histórico discursivo elegido por el agenciamiento del poder; entendido no como un estado hegemónico, sino en la particularidad de sus mecanismos de inserción dentro del cuerpo social, donde las fuerzas de significación y resignificación de la máquina de rostridad actúan de forma continua y fragmentada, para enlazarse con los lugares emocionales de memorización de los colectivos sociales.

Abanico con retrato de Bolívar puesto de moda después de la Batalla de Boyacá

Abanico con retrato de Bolívar puesto de moda después de la Batalla de Boyacá

En este sentido “el poder, en lo que tiene de permanente, de repetitivo, de inerte, de autorreproductor, no es más que el efecto de conjunto que se dibuja a partir de todas esas movilidades, el encadenamiento en cada una de ellas y trata de fijarlas”, en tanto que la rostridad de Bolívar, aparece en situaciones estratégicas complejas en medio de sociedades dadas –como escribiría Foucault-, ante la necesidad de un equipamiento político-cultual al que no se opone resistencia sino que manifiesta,

Un hermetismo acordado mayoritaria e inconscientemente. (…) la bondad y la maldad de los próceres ya están codificadas. Hay un solo “hombre sideral”, un elenco de bienaventurados y una muchedumbre de villanos consumiéndose en el averno republicano (…) Si desde los hogares y las escuelas se les ha formado como monaguillos de una celebración nacional, reaccionan como gente sencilla sin que pesen en la conducta sus diplomas o su talento. Forman parte de la iglesia militante de San Simón como el vecino sin luces. (…) Quizá sientan que no nacieron para convertirse en iconoclastas, decisión que nadie estaría en capacidad de censurar si ya sabemos cómo un héroe le hace falta a la sociedad.

Y un héroe siempre es igual. Ha de mantener sin mudanza la estatura gigantesca hasta la consumación de los siglos. No puede tener defectos ni flaquezas según sucede con todos los héroes del mundo. Nadie puede igualar sus hazañas debido a que la sociedad las considera sobrehumanas, imitando el ejemplo de todas las sociedades del universo frente a los trabajos de sus héroes.

Traspasará los confines domésticos y ocupará plazas estelares en otras latitudes como merece su entidad intrínseca. (…)Así como la gente lo necesita para una explicación de su natalicio, igualmente debe sufrir su despotismo. La gente debe saber que siempre estará allí para la veneración y que debe participar en sus misterios.

El rostro de Bolívar y su máquina abstracta se transforman dentro del agenciamiento de un poder simbólico, capacitado para teñir al cuerpo social que equipa su imaginario por medio del continuum representacional de un rostro pleno de repeticiones, de redundancias, de un culto establecido dentro de una economía social que parte desde el aprecio al mínimo detalle del hombre sideral como elemento productor de sentido o estabilizador de los efectos de división del cuerpo social venezolano.

Ojos/Agujeros negros

La máquina abstracta de la rostridad se manifiesta en la pared blanca dispuesta para la realización de una cartografía compleja, colmada de agujeros que escapan en las diversas instancias de una mirada que no nos mira. Ausente y vaciada de una subjetividad propia, el rostro enuncia una nueva codificación en la que los ojos funcionan como centro de un discurso ajeno.

La historia del rostro heroico arrastra a todas las superficies y volúmenes significantes de las historias que han construido su agenciamiento político, en medio del deseo de la individuación desterritorializada que pretende conectarse con otros estados de significación colectivos.

La rostridad de Bolívar manifiesta su origen a partir

(…) del subconjunto de un cuerpo social atravesado por la marca del socius, por los tatuajes, las indicaciones, etc. Este cuerpo no comporta órganos individuados: él mismo es atravesado por las almas, por los espíritus que pertenecen al conjunto de los agenciamientos colectivos (…) los agenciamientos sociales, equipamientos colectivos que esperan cierta adaptación normalizadora      

De allí que el rostro y semblante del héroe se encuentre traspasado por la sospecha de un equipamiento normalizador de las emociones colectivas, expresadas a través de los ojos, que como agujeros negros dispuestos en la pantalla nos remiten a otros relatos, plagados de sensibilidad sobrehumana, no escritos por la subjetividad del individuo sino por aquellos guardianes del archivo de las imágenes del héroe.

Simón Bolívar: Antonio Meucci (1830) Cartagena

Simón Bolívar: Antonio Meucci (1830)
Cartagena

Los agujeros negros nos envían a una diversidad de puntos de fuga ante la mirada vaciada de subjetividad, sólo se manifiestan como espacios de redundancias de figuras límites, donde la pared blanca del rostro en medio de una semántica confusa de políticas segmentadas muestran una mirada más allá de nuestra corporeidad y subjetividad.

Lo más notorio y constante en Libertador es el fulgor de su mirada. De ello dan noticia innumerables personas que tuvieron la oportunidad de conocerlo. “Sus ojos retintos centellaban continuamente trasluciendo toda la gama de sentimientos y emociones de que era capaz aquel hombre de corazón al descubierto”. “Sus dos principales distintivos –escribe Páez- consistían en la excesiva movilidad del cuerpo y el brillo de sus ojos”. De igual opinión es Boussingault. Aun en las circunstancias más apacibles, como era recibir una representación diplomática, sus negros ojos se movían con singular vivacidad: escudriñando a su interlocutor con mirada profunda, que rápidamente abandona para sumirse en ostensible abstracción de la que retorna y a la que vuelve entre espasmos intermitentes. (…) En la ira, en la que se aquerencia paulatinamente, no es fulgor lo que exhalan su pupilas: es el fuego de un basilisco que acrecienta por la tempestad de movimientos que los sacudían (…) Cuando la tristeza lo abatía, no había mirada más dolora que la suya, ni que mostrara con más diafanidad lo que puede hacer de un hombre la melancolía, el otro gran sentimiento hacia donde se polariza aquella afectividad mutante, prodiga y apasionada. Cuando arriba a la cólera, al amor o a la alegría, nada mejor que sus ojos para expresarlo

Se dirá entonces que los agujeros negros de la pantalla blanca articulan y echan a andar la maquina abstracta de la rostridad al completar la desterritorialización de las emociones que rodean la subjetividad original. Los relatos de esa mirada en continua transformación vacían al agujero negro del ojo original, para llenarlo de diversos horizontes de significancia temporal y continuo devenir de una mirada que ha sido tomada por la producción de rostros en los cuales no cuenta

(…) la individualidad del rostro, sino la eficacia del cifrado que permite realizar, y en qué casos. No es una cuestión de ideología sino de economía y de organización del poder. (…) nosotros no decimos que el rostro, la potencia del rostro, engendre poder y lo explique. Por el contrario, ciertos agenciamientos del poder de producir rostro, otros no.

La presencia del poder pasa, en este sentido, por la continua producción de las imágenes y de los agujeros negros que nos persiguen dentro del tránsito de la intensidad significante de la individuación de los lugares de la memoria colectiva, construida a través de la generación de pantallas en las que rebotan nuestros agujeros negros frente al rostro concreto de un Bolívar, que se ajusta y desajusta dependiendo de las pantallas instauradas por el poder, en medio del uso de la rostridad como modo de reproducción “no de lo comunal, sino de la unicidad identificable, no de la especie sino del individuo. Estas representaciones singulares nunca han sido, ni son, universales.”

Simón Bolívar: Anónimo (Haití, 1816) Fundación John Boulton

Simón Bolívar: Anónimo (Haití, 1816)
Fundación John Boulton

La representación de la individualidad aparece en la manifestación del mito que encarna el asentimiento o el rechazo de nuestras particulares historias, donde los ojos del rostro nos muestran una mirada que atraviesa las almas de los venezolanos, pues nuestro culto está ofrecido a un héroe/padre “dotado de gran fuerza y despliega una gran actividad, su mirada posee una intensidad extraordinaria, y es de una benevolencia que no implica debilidad”.

De esta forma los ojos como agujeros negros en la pantalla, extienden la presencia de un héroe desconocido en su real rostridad, sólo las múltiples descripciones y narraciones de una mirada alejada de todo contenido inicial.

Simón Bolívar: Kepper, París (1826)

Simón Bolívar: Kepper, París (1826)

Los agujeros negros se despliegan dentro de una pantalla blanca utilizados en todos los sentidos –como afirman Deleuze y Guattari- para producir las unidades significantes de un rostro manejado y manipulado dentro de la exaltación de los deseos de una representación que deviene desde el gran héroe hasta la forma más pura de desacralización como se manifestó en Bolívar realizado por el artista chileno Juan Dávila en 1994 o la comparsa carnavalesca presentada por la Escuela de Samba ‘Vila Isabel’ en el Carnaval de Río de Janeiro en Brasil en 2006.

El Libertador Simón Bolívar: Juan Dávila (1994)

El Libertador Simón Bolívar: Juan Dávila (1994)

Las múltiples representaciones de Bolívar, conducen hacia la resignificación continua de una pantalla dispuesta hacer rostrificada. Descripciones que nos hablan del padre/pantalla, en el cual las formas de representación reconfiguran y desvían un rostro que ha sido capacitado de mantener y a la vez de subvertir él mismo el discurso que le encierra.

Simón Bolívar: Escuela de Samba Vila Isabel Rio de Janeiro, Brasil (2006)

Simón Bolívar: Escuela de Samba Vila Isabel
Rio de Janeiro, Brasil (2006)

De allí que el rostro y sus agujeros, se encuentran con los sujetos que desean llenarlos de significantes, convertirlos en una máquina abstracta de rostridad ante un cuerpo social ávido de sentido y una presencia del poder que impone la significación y la subjetivación dentro de una forma de representación determinada.

En este sentido, la rostridad de Bolívar deviene como medio de ordenación de los colectivos, como equipamiento simbólico de una mirada producida en el vaciamiento de sus ojos, para aparecer como la visualidad de un culto heroico que conduce al sujeto ausente a la dominación que transita de las palabras a la continua presencia visual, elaborada por medio de las representaciones y de las conciencias de los colectivos, más allá de la influencia de la palabra escrita. Agujeros negros en los que el espectador ávido del culto ensaya su deseo.

Los agujeros negros no son espejos en los que nos miramos para reconocernos. Ellos encierran un juego segmentado de fuerzas históricas y cultuales desbocadas, en las que se plantean la organización de las formas de poder simbólico, más éstas no son estructuras ideológicas, sino emocionales, pues en ellas se reconoce la producción de una “estructura reveladora de una concepción nueva del sujeto, la de un sujeto dividido. Puesto que no es solamente en la juntura de lo imaginario y de lo simbólico que el espectador se sitúa. En lo imaginario, el cuadro es “efecto de lo real”, induce en el sujeto una pérdida de referencias ahí donde este engancha comúnmente su certidumbre”

La máquina de rostridad nos envía al sujeto dividido entro lo real de un rostro a los discursos que sobre él se han generado y donde se manifiesta la complejidad emotiva de los agujeros negros en los cuales planteamos la deriva permanente de una historicidad visual tamizada por las narraciones políticas a las cuales estamos atados.

Simón Bolívar: José Gil de Castro (1825) Palacio Federal, Caracas, Venezuela

Simón Bolívar: José Gil de Castro (1825)
Palacio Federal, Caracas, Venezuela

De allí que el “efecto real”, se vislumbre a través de una voluntad ordenadora sobre la visualidad de una rostridad imposible de ser observada con detenimiento en sus múltiples redundancias significantes, pues los rostros imaginarios caen ante el simbolismo del poder manifestado en su uso permanente y donde lo real subjetivo del rostro originario de Bolívar

(…) es excluido del registro de las apariencias y en toda la extensión del cuerpo perceptivo, es precisamente el único objeto del cual el sujeto estará seguro de no poder distinguir. De ahí en más que en la búsqueda de algo que ver, lo que acecha al sujeto no será jamás en su línea de mira, jamás presente lo invisible. Más vale lo visible le hace pantalla.

A este esfuerzo indefinidamente reiterado por ver ‘mas allá’ viene a responder la mirada. Esta detiene la búsqueda del sujeto que ‘quiere ver’: El objeto de la mirada vale entonces como símbolo de la falta (…) simboliza la falta central del deseo.

La mirada que nos atraviesa va allá de nuestras profundas inquietudes en medio del discurso del rostro ajeno a la subjetividad original, pues lo que se busca es una expresión como forma de producción única de significación ante la diversidad de las elaboraciones sociales que las máquinas de la rostridad consiguen representar.

Los agujeros negros nos muestran la mirada única del poder, que pretende cancelar toda acción deseante de la representación. Debido a que aparece la alteración desde donde mi pantalla no mira sino que es vista a través de la política del rostro como medio de sublimación ejemplarizante.

Simón Bolívar: J.J. Makers (1830)

Simón Bolívar: J.J. Makers (1830)

La imagen que nos persigue, constituye la política del vaciamiento de los referentes subjetivos de la historia de una particularidad borrada y manipulada, en medio de la experimentación y el encantamiento de los manejadores del equipamiento colectivo, pues allí el mito está servido desde la adulación hasta el rechazo presente sobre una pantalla mil veces leída, escrita o figurada, y en la cual los agujeros negros rebotan en la interioridad de sus excesos, en algún lugar situado más allá de los ojos con que se nos mira y donde “El rostro del padre, el rostro del maestro, rostro del coronel, el rostro del patrón, entran en redundancia, remiten a un centro significante que recorre los diversos círculos y vuelve a pasar por todos los segmentos” que han articulado todas sus historias.

Simón Bolívar: Francis Martin Drexel (1827) Lima, Perú

Simón Bolívar: Francis Martin Drexel (1827)
Lima, Perú

De allí que las rostridades se conviertan en imágenes reemplazables de acuerdo a los discursos que en ellas se deseen presentar o a la emocionabilidad a la que se pretenda afectar en el accionar de la máquina abstracta de rostridad. Debido a que, el discurso que ha vaciado al rostro utiliza la pantalla y a los agujeros negros como lugar de enunciación de una nueva significancia, donde el rostro es relacionado directamente con los distintos agenciamientos del poder, que tienen la necesidad de crear las imágenes como medio de articulación social y cultural.

La Imposibilidad de la Rostridad

Las rostridades sobrecodifican el recorrido de los significantes de las subjetividades vaciadas de sus contenidos. El rostro aparece en este sentido sólo como pantalla, mascara, dispuesta a ser llenada de otras formas de simbolización. Más allá de la mirada original los rostros manipulados y usados, configuran una política de la cual se desprenden diversas semióticas compuestas por el pensamiento de los otros que echan a andar a la máquina abstracta de la rostridad, en medio de la pretensión de la articulación de los contenidos emocionales, mnemónicos y simbólicos de los venezolanos.

El rostro de Bolívar en sus diferentes, continuas e infinitas representaciones manifiesta el continuum de las desterritorializaciones de un culto visual que supone nuevas subjetivaciones en las cuales se mezclan diversos estratos de significación. De allí la imposibilidad de una mirada, debido a que la manipulación de la pantalla guarda en sí misma jirones de los manejos a que ha sido sometida desde la sacralización del rostro que nos ocupa hasta su desacralización total.

Simón Bolívar: Mural calle 3, Mérida, Venezuela

Simón Bolívar: Mural calle 3, Mérida, Venezuela

Discurso ambiguo para una máquina de rostridad que pretende ser el símbolo de las glorias de una nación y que podemos equiparar con el inicio de un nuevo territorio caracterizado por lo emocional, en la ubicación de la pantalla como rostro-limite de una realidad movilizada entre lo subjetivo y lo real o en la reproducción de un rostro que nos conduce continuamente a las subjetivaciones dominantes tan cambiantes, como múltiples y donde

Cada derrumbe tiene su explicación, pero Bolívar aparece en medio de todos los escombros. Es evidente que el político de turno está manipulando su pensamiento, pero salta a la vista también la desconexión de las urgencias de cada época con las ideas del gran hombre. Sus preocupaciones nacidas de las guerras de independencia no sirven para la posguerra, ni para el “cuero seco” que se desea ablandar más adelante, ni para un país secuestrado por un tirano cuando aparece la riqueza del petróleo, ni para despejar las incógnitas de las sociedades que se distancian de una férrea dictadura, ni para la “refundación” de una sociedad después del período democrático. Así como los hechos ponen en evidencia el manejo torcido del ideario del gran hombre, demuestran de manera palmaria lo poco puede servir en las diversas posterioridades.

La máquina de rostridad de Bolívar ha seguido el mismo destino que sus ideas, siempre presente en nuestro imaginario, transformándose dependiendo de la política que se instale en su pantalla y subjetive a los agujeros negros que nos observan, que nos capturan en la multiplicidad de sus representaciones, donde la particularidad de cada una se torna omnipresente en la experencialidad de una macrorostro que está en todas partes como el rostro central ordenar de la diversidad concentrada en él.

Simón Bolívar: Talla popular (2008)

Simón Bolívar: Talla popular (2008)

La visualidad del rostro de Bolívar y la actuación de su máquina abstracta, formulan la presencia de una política imposibilitada para atrapar la realidad de una sociedad que se manifiesta en múltiples estratos de significación, la política del rostro ha dado cuenta de ello, pero ésta funciona concentrando los miles de segmentos de una sociedad ávida por una historia que ha sido construida en las imágenes de Bolívar, que son acomodadas dependiendo de las necesidades y deseos de la sociedad venezolana, en la cual centenares de rostros de Bolívar se agolpan en sus calles y avenidas, en sus ministerios y escuelas, en vallas y pancartas; sólo con el fin de llegar a cohesionar el mito nacional, donde la tradición -como escribe Pino Iturrieta- “mantiene su deidad de siempre, mientras aumenta la fortaleza confesional y la estadística de la grey con la elevación de nuevos inspiradores de naturaleza sublime. En concordancia con su proverbial desprendimiento la deidad estará conforme con las novedades”

Simón Bolívar: Anónimo (1831)

Simón Bolívar: Anónimo (1831)

La deidad única es plasmada en la novedad de sus rostros, rostros múltiples, microcabezas atadas a una sola y activa máquina abstracta que presenta las grandes virtudes del hombre sideral, de la macrocabeza pensante, organizadora de una sociedad heredera de las convenciones universales del poder de la imagen de un rostro con el cual se identifica y se observa más allá de la palabra escrita. Rostridad que cohabita con la organización del poder en la deriva de su política, y en la necesidad de una producción sociocultural visual que debe ser decodificada por medio de la semiótica continúa de la pantalla y los agujeros negros dispuestos en los diversos tiempos en que la máquina ha sido accionada.

La máquina de rostridad manifiesta intenciones, sus imágenes han quedado allí grabadas sobre el lienzo, sobre el mármol, el papel, la pancarta, la franela, la propaganda en sus más diversas composiciones desde la TV hasta el cine. Impresa en nuestros archivos de memoria por los manejadores de la pantalla en sus diversos tiempos, desde Guzmán Blanco pasando por la República hasta nuestra desequilibrada contemporaneidad en la cual la imagen que nos persigue se torna ambigua, difusa y hasta incomprensible.

Simón Bolívar: Valentina Salcedo (2008)

Simón Bolívar: Valentina Salcedo (2008)

La realidad de las imágenes y de los rostros de Bolívar muestran los trazos del arte, de la iconografía, de su visualización y de su comunicación, los cuales actúan a modo de instrumentos –como escriben Deleuze y Guattari- para dibujar las líneas de vida de una máquina de rostridad ambigua dentro de los devenires reales de las políticas que no se producen claramente en las imágenes que plasma, sino que éstas constituyen líneas de fuga activas que escapan de los manejos del rostro para encontrar nuevos refugios en la realidad; donde los rostros de la deidad puedan ser leídos en medio de una desterritorialización política que aparta a los rostros de toda subjetivación ajena, pues deshacerse de las rostridades implica el desarme de todas las ideas que le han ocupado, para construir nuevos devenires capaces de traspasar a las paredes/pantallas que se presentan y rompan con los agujeros negros que nos atrapan.

  • Las imágenes utilizadas en el presente artículo han sido extraídas de:

Boulton, Alfredo (1992): Bolívar de Carabobo, Caracas, Macanao.

Boulton, Alfredo (1956): Los Retratos de Bolívar, Caracas, (s.n).

  • Las siguientes han sido extraídas de:

El Libertador Simón Bolívar: Juan Dávila (1994): http://universes-in-universe.de/car/documenta/2007

Simón Bolívar: Escuela de Samba Vila Isabel, Rio de Janeiro, Brasil (2006): www.losblogueros.net/mt-webblog/2006

  • Las imágenes del Mural de Bolívar de la calle 3, Mérida, Venezuela, Bolívar (talla popular) y la imagen del libro de Bolívar han sido realizadas por Valentina Salcedo, para el proyecto de investigación (H-1124-07-06-B) financiado por el CDCHT de la Universidad de Los Andes realizado por la Prof.: Elizabeth Marín Hernández.

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