El Aroma del Mastranto / Antolina Martell

El Aroma del Mastranto

Antolina Martell

A la entrada de la cuaresma, en las sabanas de Maturín, las serpientes buscan refugio dentro de la hojarasca para proteger su escarchada piel de la resequedad.  A nadie sorprenden.  Pero, lo extraordinario se hizo presente aquel Viernes Santo,  nos sorprendió  una estampida de báquiros. Cientos de colmillos desfilaron en rítmico tropel frente a la casa,  los vimos pasar dentro de una nube de polvo, como una alucinación, para luego irse  hacia el escuálido río Aragua; sin perder el paso, sin llevarse por delante el alambrado del  potrero, se condujeron como pastoreados por un ánima compasiva de su sed.  

El chirrido de los goznes del portón puso mi atención en la sabana, respiré el intenso aroma aceitoso del mastranto.  Esta vez vimos avanzar a una camioneta reflejando rayos cegadores desde el parabrisas,  hasta que logró estacionarse bajo la frondosa mata de guama. Mi prima Esperanza y yo nos acercamos al borde del corredor, para recibir las visitas mientras los mayores interrumpían la siesta.  Era un señor compañero de cacería de papá.  En esta oportunidad lo acompañaba un joven. Los hombres se acercaban confiadamente, de pronto empezaron a caminar de forma sospechosa como el  Llanero Solitario y el indio Toro, cuando descubrían una guarida de cuatreros. El señor, mirándonos a los ojos, nos ordenó: –No se muevan. Y al joven le dijo: –Busca el palo que está detrás del carro. Se lo entregó cauteloso. El cazador lo elevó tan alto como pudo sobre su cabeza, como midiendo la distancia. Pensé,  Nos va a matar.  Y zas! Mis sentidos entumecidos solo filtraron las sonajeras vainas de las acacias doradas. Justo a nuestros pies lo afincó con ganas, matando a la culebra, inmensa, silenciando para siempre a la maraca de once cascabeles. 

El alboroto de los tíos agradecidos desvió mi atención a tal punto, que no supe ni para qué vinieron, ni cuándo se fueron nuestros salvadores. Al final del día, estábamos de remate de tanto repetir la historia. Al contarlo, aquel animal crecía y crecía tanto, como el susto por lo que pudo haber sido. 

Cumaná 2021. 

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