Del cuerpo indócil: notas sobre la desnudez, la calle y la denuncia / Elvira Blanco

20 de jun. de 17

El 20 de abril de este año, durante una de las decenas de manifestaciones contra el gobierno de Nicolás Maduro en los últimos meses, Hans Wuerich, de 27 años, se desnudó frente a un grupo de Policías Nacionales Bolivarianos. Biblia en mano, logró subirse a una de las tanquetas de la policía; después de intercambiar algunas palabras con los oficiales, bajó nuevamente, su espalda llena de disparos de perdigones. Luego caminó hasta su casa, donde su familia curó sus heridas (o eso dijo el mismo Hans a la revista Clímax). En las protestas, al menos en Caracas, no faltan fotógrafos profesionales y aficionados, y en cuestión de minutos la imagen de Hans alzando los brazos y batiendo su Biblia estaban en las pantallas de todos.

Las reacciones, tanto condenatorias y condescendientes como glorificadoras e incluso “mesiánicas”, no se hicieron esperar. Para mí, la escena provocó, en primer lugar, una comparación inmediata con la obra de performance de Érika Ordosgoitti, cuyo trabajo me interesa desde hace varios años y con quien tuve oportunidad de conversar en una entrevista publicada en la revista Atlas hace unos meses. Lo que Érika hace tiene muchas aristas y abarca distintos formatos, pero, a rasgos generales, se ha convertido en un referente del cuestionamiento del espacio público a través del cuerpo desnudo. Sin embargo, con el pasar de las horas y las posteriores declaraciones de Hans Wuerich entendí que se trataba de una propuesta quizás más precaria y proveniente de un lugar diferente, aunque sin duda con similitudes importantes. En ambos casos, Hans y Érika confrontan el espacio público asediado por lo patriarcal-militar con sus cuerpos vulnerables y vulnerados, sensibilizando así –a través de la captura fotográfica y no solo con su acción– a sus espectadores en lo que se refiere a la marginalidad y el delito.

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Pienso que podría resultar un despropósito sobre-analizar lo que hizo Hans Wuerich ese día en la autopista Francisco Fajardo, pues ya se ha dicho mucho. Pero también pienso que no hablar de ello es conformarse con ceder demasiado espacio a las interpretaciones maliciosas y machistas que encontré al Googlear su nombre –basta recordar que a pocas horas del episodio, el Presidente de Venezuela hizo un chiste sobre el tamaño del pene de Hans en televisión pública–: portales de noticias afectos al gobierno se refieren a él como “el opositor que montó un show en la autopista”, aseguran que estaba drogado durante el hecho, e incluso han averiguado qué tipo de pensión recibe su padre (de ascendencia inmigrante), como para así traer “vergüenza” a su familia –todo esto a raíz de un cuerpo desnudo y herido.

En una entrevista concedida a la revista digital Clímax a pocos días de su salto a la “fama”, Wuerich aseguró que su acción fue premeditada (no, como en principio pensé, una reacción espontánea ante el asedio de las lacrimógenas y los perdigones). Mencionó que sentía que la protesta necesitaba “algo que en verdad llamara la atención”, y que investigó en Google para obtener referencias: “Leí sobre gente que se desnudó en España para protestar las corridas de toros. Vi también de unas mujeres que se desnudaron en contra de Trump. Y una mujer en Brasil que hizo más o menos lo que yo, pero ella no la soportó. Salió corriendo con los perdigones. Claro, también vi lo de la señora mayor que se puso frente a las tanquetas acá en Caracas”. Aunque no lo expresara o la entrevista publicada no lo reflejara, es claro que se refería a maneras de protestar individualmente con el cuerpo y desde la desnudez.

El cuerpo desnudo como protesta no solo significa: también fascina, genera morbo, asco, admiración, curiosidad. En nuestra era, un cuerpo desnudo donde no esperamos verlo circula, y mucho; se comparte, se habla, se opina. Cuando ciertos portales de noticias pro-gobierno se refieren a Wuerich como “el que montó el show”, se equivocan al plantear ese “show” como algo reprochable; el mega-mediático gobierno venezolano sabe una cosa o dos sobre shows y conoce muy bien el valor de una imagen impactante. Por otro lado, Wuerich no parece plantear específicamente en términos de performance su acción, aunque, como apunta la investigadora Vanessa Vargas en su texto “Performance en estado de excepción en Venezuela”, publicado en Danza-RevistaMX, guarda estrecha relación con una tradición del performance venezolano que se ha vinculado históricamente con el activismo político. Es decir, Hans Wuerich no ha sugerido que su aparición tuviese la intención de ser una obra de performance pero, tanto por el carácter iconoclástico de su acción como por la naturaleza simbólica de su intervención, me atrevo a referirme a ella en esos términos. A propósito de este y otros protagonismos del cuerpo como lugar simbólico de protesta en manifestaciones recientes, Vargas afirma:

El performance –en– las protestas que observamos hoy en Venezuela, no solo las que han sido pensadas desde el lugar de la práctica artística, sino aquellas que son inmanentes a su propia potencialidad como lugar expresivo, atienden precisamente a una exploración del cuerpo como reducto de signos, de imágenes, como una alternativa a la violencia, la censura y la autocensura desde el hecho artístico, sino como un espacio de riqueza simbólica primigenia, una exposición total del cuerpo, que urge volver a ser sujeto, y que parece que el performance tiene la necesidad de rescatar.

Durante manifestaciones en las que el uso desproporcionado de la fuerza, la invasión de la propiedad privada, la ausencia del debido proceso y los trámites en tribunales militares han caracterizado la respuesta desde el poder, los cuerpos civiles actúan la resistencia desde su vulnerabilidad. Dice Vargas: “La idea de ocupar la calle con el cuerpo supone no solo una redistribución del cuerpo en la masa homogénea y homogeneizante, significa ubicar el cuerpo justo en el lugar de quiebre, como punto de fuga…” Al posicionarse sin armas frente a cuerpos policiales y militares, los cuerpos civiles re-semantizan el espacio, definen el carácter del movimiento que representan; esto sin obviar que la violencia en los encuentros más peligrosos ha venido de ambos bandos, enmarcados en una lucha obviamente asimétrica en recursos, entrenamiento y respaldo oficial.

En un texto titulado “Cuerpo político/cuerpo dócil: críticas y alteraciones del aparato del poder desde la fotografía contemporánea venezolana”, publicado por la plataforma web Tráfico Visual, la investigadora Lisa Blackmore alude a la configuración del espacio público a raíz y desde la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Blackmore afirma que fotografías ilustrativas de la época muestran cómo

la ciudad funge de escenario para manifestaciones coreografiadas de los cuerpos dóciles y disciplinados –para usar el término foucauldiano–donde los desfiles militares y cívicos y los actos culturales masivos (para nombrar sólo dos eventos comunes en la dictadura) sirvieron y siguen sirviendo hoy, de performances fabulados para reforzar el poder autocrático de regímenes que se perfilan asépticos a la crítica y la disidencia.

Más de cincuenta años después de la producción de esas imágenes, el espacio urbano en Venezuela continúa siendo escenario del reforzamiento del poder autocrático, nuevamente representado de forma explícita por fuerzas militares: funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana son omnipresentes y “supervisan” desde la repartición de comida hasta los trámites para obtener licencia de conducir. Del mismo modo, el gobierno toma a menudo el espacio público, especialmente el enmarcado por símbolos monumentales, para hacer gala de sus fuerzas milicianas –civiles armados– que participan en desfiles de tipo militar, además de los acostumbrados desfiles y demostraciones del Ejército en cada “fecha patria”, así como de civiles en apoyo al poder. Sobra decir que durante estos despliegues jamás sucede represión alguna. En el caso puntual de la ola de protestas de este año, el espacio público se ha visto totalmente tomado por el brazo armado del poder autocrático (policías nacionales y municipales, de inteligencia, Comandos anti-extorsión y Guardia Nacional, así como fuerzas paramilitares) que durante las manifestaciones actúan la represión y en otros momentos pueden requisar a cualquiera que circule por las calles, so pretexto del estado de excepción. Es por esto que la presencia de cuerpos desobedientes, indisciplinados y desarmados como el de Hans Wuerich en las calles de la ciudad supone la creación un “punto de fuga” (Vargas), la constitución de un “performance” opuesto a las coreografías del poder según lo que plantea Blackmore.

En cuanto vi la imagen de Hans sobre la tanqueta de la PNB, recordé de inmediato una fotografía de Érika Ordosgoitti sobre una escultura de un toro en la ciudad de Maracay. Ambas imágenes están emparentadas: un cuerpo vulnerable se logra alzar sobre un objeto monumental que representa lo más violento y patriarcal de la cultura en la cual nos encontramos inmersos. Pero a pesar de la obvia resonancia entre esas dos escenas, Hans no propone, como Érika, un cuerpo laico; en una entrevista con el New York Times, y a propósito de la Biblia en su mano, resumió sus razones para desnudarse frente a la policía de esta manera: “Porque el diablo está en Venezuela. El diablo está en el gobierno… No traté de seguir ninguna línea política, solo quería expresar un mensaje con mi Biblia: debemos sacar al diablo de nuestro país. Debemos unirnos y rescatar nuestra justicia. Solo con Dios de nuestro lado podremos hacerlo.” El cuerpo vulnerable y vulnerado se ofrece también como un lugar de purificación, y el deseo de “expulsar al diablo” se hace uno con sus demás motivos de protesta (como el fin de la escasez de alimentos y medicamentos y la realización de elecciones generales, tal como expresó también a Clímax). Hans plantea el conflicto país en los llanos términos de “bien contra mal” que entiende como “Dios contra el demonio”, su cuerpo totalmente desprotegido y desarmado contra la policía represora; proyecta un escenario de contrastes radicales y genera no solo el momento –efímero, claro– para evocarlo con su performance, sino la imagen que continúa y continuará circulando y representándolo una y otra vez.

Intervención al Monumento al Toro (Maracay, 2011). Érika Ordosgoitti.

Intervención al Monumento al Toro (Maracay, 2011). Érika Ordosgoitti.

Intervención al Monumento al Toro (Maracay, 2011). Érika Ordosgoitti.

Intervención al Monumento al Toro (Maracay, 2011). Érika Ordosgoitti.

Consciente de que el espacio público en Venezuela está repleto de violencia, Érika Ordosgoitti ha desarrollado un trabajo en el que realiza performances (algunos más puntuales con el fin de generar una imagen, “foto asaltos”) que consisten en situar su cuerpo desnudo en áreas de la ciudad que suelen tener una de dos características: marginalidad o monumentalidad. En este último caso, Érika desestabiliza íconos arquitectónicos de la ciudad con su presencia, para visibilizar la devaluación del individuo frente a la ideología hegemónica que se hace presente en los monumentos que, como diría Lisa Blackmore, configuran un espacio urbano pensado para la docilidad. Con su desnudez (y con el “crimen” que, en teoría, comete al exponerla), Érika trae lo marginal a estos espacios intocables. De forma similar a Érika, quien busca siempre la generación de una imagen, Wuerich pensó su acción como la manera de producir un “mensaje contundente”, que no es más que una imagen lo suficientemente conmovedora –en un buen o mal sentido, dependiendo del espectador– para circular ampliamente. También es posible entender la acción de Wuerich como inscrita en el discurso que maneja Ordosgoitti: el cuerpo que recibe los embates de la crisis económica, de seguridad y de salud, se impone sobre un monumento que sintetiza la ideología hegemónica para mostrarle al poder su ruina.

* Las imágenes de Hans Wuerich en este post son atribuidas a AFP, me gustaría poder dar crédito a cada fotógrafo individualmente.


Referencias:

Blackmore, Lisa. “Cuerpo político/cuerpo dócil: críticas y alteraciones del aparato del poder desde la fotografía contemporánea venezolana”. Tráfico Visual. 10 de enero de 2013. http://www.traficovisual.com/2013/01/10/cuerpo-politicocuerpo-docil-criticas-y-alteraciones-del-aparato-del-poder-desde-la-fotografia-contemporanea-venezola%E2%80%A6

Díaz, Jefferson. “Hans Wuerich, el venezolano que protestó desnudo: ‘Lo que yo quería era hacer llegar mi mensaje’”. The New York Times. 25 de abril de 2017. https://www.nytimes.com/es/2017/04/25/hans-wuerich-el-venezolano-que-protesto-desnudo-lo-que-yo-queria-era-hacer-llegar-mi-mensaje/

Vargas, Vanessa. “Performance en estado de excepción en Venezuela”. Revista Danza. 16 de junio de 2017. http://danzarevista.mx/performance-en-estado-de-excepcion-en-venezuela/

Pinza, Andrea. “Hans Wuerich, desnudando al desnudo”. Revista Clímax. 27 de abril de 2017. http://elestimulo.com/climax/hans-wuerich-desnudando-al-desnudo/

+ Blog de Érika Ordsogoitti: http://soloestoysiendo.blogspot.com/

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