Conversaciones sobre el fracaso. Presentación del libro Enemigos Somos Todos de Hugo Prieto.

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Enemigos somos todos.

Esta iniciativa corrió por cuenta del sello editorial Cyngular, que dirige el periodista y escritor, Sergio Dahbar. Originalmente, el libro iba a llevar por título “País de Mierda”. Simple, directo, un golpe a la mandíbula. Dios sabe que estaba dispuesto a llegar hasta el final, que soporté el asedio —no de una sino de dos mujeres, que me torturaron sin misericordia. Pero no estaba dispuesto a cambiar una palabra. Sólo cuando leí el prólogo que escribió el padre Alejandro Moreno, cambié de opinión y luego de darle vueltas y más vueltas, llegue a “Enemigos somos todos”. No es tan contundente, y sin duda no es escatológico, pero se ajusta más al contenido del libro, al propósito de estas entrevistas. A lo que consciente o inconscientemente siempre quise hacer. Escapé, además, a un estado de ánimo contaminado por la ira, por el odio, por lo que hemos sentido, unos más, otros menos, durante estos inconfundibles 17 años de nuestra historia.

Lo que pienso. La entrevista, junto a la noticia, es el género fundacional del periodismo. Es más vieja que el polvo. Pero su atractivo no ha perdido un ápice de brillo. Ha sobrevivido a los cambios tecnológicos, a los diseños de moda, a los soportes mediáticos, al papel mismo. Y no por eso es un sobreviviente. Para nada. Si fuese un animal diría que es un camaleón. Cambia de ropaje, cambia de color, cambia de idea. Siempre cambia. Tal vez esté sobrevalorada. Es posible. Pero esa característica no se la podemos atribuir a la entrevista, sino a los lectores, a la existencia de un mercado que sigue apreciando (y comprando) sus bondades.

Pienso que una buena entrevista no depende ni del entrevistado, ni del entrevistador. Depende del tema.  Y no todos los temas pueden desarrollarse a través de una entrevista. Obviamente, el entrevistado es el protagonista principal de la película, tiene todo el crédito como Steve McQueen o Al Pacino. Por eso su elección es siempre importante. Y aquí caben todos los clises del periodismo: la prominencia de personalidad, su condición de especialista (experiencia y conocimiento), y el lugar que ocupa en el Estado, el gobierno o una de las instituciones de la sociedad. Tiene que saber lo que hay que saber.

En lo personal, no me despiertan curiosidad los personajes “mediáticos”, aunque siempre habrá un guión que sólo ellos pueden convertir en una película taquillera.

He preferido, casi siempre, buscar nombres en el reparto. De actores ascendentes, de grandes promesas, de actores secundarios, sin cuya participación, la película sería un completo desastre, incluso, de personajes que por decisión propia se han mantenido como outsiders. Me resultan más arriesgados, más divertidos. Siempre tendrá el atractivo de la revelación, que no es poca cosa. Después están los antisistema impenitentes, siempre y cuando tengan talento, siempre y cuando sean íntegros, en el sentido lato de la palabra. Disfruto en demasía cuando el lector, a la manera de un cómplice, tan culpable como el periodista, confirma con su aprobación que hemos hecho un hallazgo, revelación.

Pienso que la entrevista es como el juego de tenis. Que uno, al igual que el entrevistado, tiene su raqueta, su rutina, sus fortalezas y sus puntos débiles. Pero, además, el periodista tiene una ventaja a la cual no puede renunciar. A uno le corresponde delimitar la cancha y tensar la red. Y haciendo ese trabajo, con gracia y encanto, puede esconder sus propias flaquezas y debilidades. Un periodista puede ser como un escritor, puede crear su propio disfraz

Lo que creo. En las tablas de la ley del periodismo, hay un mandamiento ineludible. Quizás el primero. Creer en uno mismo. Esto es fundamental. Pero sólo puedes creer en ti, cuando realmente llegas a conocerte. Pero seamos sinceros, nunca llegamos a conocernos realmente, porque el tiempo es el primero de los elementos que nos erosiona, que nos cambia, que nos convierte en otra cosa. Y, sin embargo, dentro de nuestras modestas vidas, finitas, anónimas, hay un deseo de trascendencia y una especie de continuidad histórica. Y es ahí donde tenemos que poner la mirada, porque ahí es donde radica nuestra fortaleza. Nunca estaremos a la altura de nuestros entrevistados. No somos científicos. No hemos estudiado ciencias básicas. No somos especialistas de ninguna disciplina social. Somos lo que somos. Hemos hecho de la curiosidad un modus vivendi. Lo que para unos puede resultar desagradable, para nosotros puede resultar una virtud. Así que nuestro trabajo consiste, como dije anteriormente, delimitar el tema (proponer el asunto a tratar) y hacer las preguntar pertinentes. Y para eso tenemos que estar informados y ser capaces de reflexionar. Quizás por eso, los grandes periodistas tienen una faceta como intelectuales. La cultivan, no renuncian a ella. Pensar también es un trabajo.

El marco donde se desarrolla la entrevista está signado por el respeto, por la tolerancia, por el afán de indagar y de comprender —hasta donde nos sea posible—, las ideas, los conceptos, las inquietudes, los quebrantos, las dificultades y hasta los propios fantasmas que han moldeado la semblanza intelectual de las personas que han tomado el riesgo de someterse a un cuestionario.

Creo que hay una diferencia, a veces sutil, a veces marcada, entre lo que es el lenguaje escrito y el lenguaje hablado. Si bien, conviene ceñirse a la oralidad de los entrevistados (al fin y al cabo, genio y figura) hay puntos que ameritan sutura. Ahí es donde el zurcido invisible se vuelve una herramienta fundamental de este trabajo. Hay que hacerlo de tal forma que no se note, que pase inadvertido, incluso para la mirada de un águila, teniendo el cuidado de reflejar fielmente lo que las personas exponen, sus conceptos, sus opiniones, incluso, el estado de ánimo que manifiestan. Esto es, ante todo, un acto de sinceridad.

Hay que huirle a ciertos peligros. Uno de ellos es la ideología, los fanatismos, los prejuicios y, especialmente, el resentimiento. Esto es todo racional. Lo lamento, aunque estoy muy consciente de que las emociones mandan en nuestras vidas.

Lo que es una dificultad, un desafío.

La primera dificultad es la propia imposición que conlleva el periodismo. Resolver el tema, el asunto, como si fuera la interrogante de un concurso al estilo Quiero ser millonario. Ojalá no tengas tanta premura. Ojalá dispongas de tiempo suficiente para que esto salga bien… son los buenos deseos del entrevistado. Pero la verdad es que siempre hay premura y nunca hay tiempo. Es por eso que en este trabajo lo frecuente es el error. A pesar de todos los dispositivos que se activan para evitarlos. No he conocido a un periodista que no sea obsesivo o que no se convierta, con todo el empeño y fanatismo de un terrorista, en un obsesivo. Y, sin embargo, la equivocación es tu destino. No hay forma de evitarlo. A veces, pecamos por exceso de confianza en nosotros mismos, nos sobreestimamos. A veces, confiamos en <la memoria de elefante> de la que hacemos gala con frecuencia. A veces, bajamos la guardia. A veces, el escenario nos sorprende como al cazador cazado. No he tenido el placer de conocer a un periodista que no sea un paranoico. Esa es otra de las grandes dificultades. No podemos confundir el mundo imaginario con la realidad.

Otra gran dificultad es saber escuchar, sabiendo que todo entrevistado tiene un interés legítimo de decir lo que quiere decir. Si somos tan mezquinos para “editar” la entrevista sólo con los temas que nosotros queríamos oír, estaremos descontextualizando lo que dice esa persona, estamos trasgrediendo una de los mandamientos pilares del periodismo. No lo podemos hacer, aunque tengamos el pálpito de que podemos sacar de ahí un producto <maravilloso>.

Uno pregunta y repregunta y propone giros que lleven al entrevistado a los temas, a los asuntos, donde el periodista también tiene un legítimo interés.

A veces, conocer a alguien, más que una ventaja, puede ser una enorme dificultad. Vamos a hablar de literatura, ¿pero qué puedo decir yo, que no he estudiado a los clásicos? ¿Qué no sé nada de estética? ¿Qué ni siquiera soy un lector disciplinado? ¿Qué si bien tengo algún conocimiento del léxico, el estilo y el vocabulario, pues nada que ver con la caja de herramientas rodante de un escritor consagrado? Ahí es cuando pienso en un cuestionario, elaboro 10 ó 12 preguntas, y mientras las hago, deseo que la entrevista acabe cuanto antes.

O las advertencias que llegan del otro lado de la línea telefónica. ¿De qué vamos a hablar, porque aquí hay mucha mediocridad? Ah. Este señor no quiere ni que le mencionen los temas que componen la agenda mediática. Este señor quiere hablar de otras cosas. Le propongo o más bien le sugiero… Bueno, yo tengo un plan y estoy dispuesto a discutirlo.  ¿Y usted qué espera de mí? ¿Unas respuestas inteligentes? No, yo estoy esperando las respuestas que me pueda dar fulano de tal (por su nombre completo).

Puedo decir que me he pasado todo el día escuchando la cinta del grabador, que he tenido sumo cuidado en seleccionar lo que voy a poner o voy a suprimir, que he puesto la capa de asfalto para que las palabras, la lectura, ruede con la suavidad y la sutileza de una bola marfil sobre el terciopelo de una mesa de billar.

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