Ciudad fragmentada: Imaginarios y temores. / Por Manuel Vásquez-Ortega

*Por Manuel Vásquez-Ortega

Como habitantes de una ciudad estamos continuamente expuestos y sometidos a una serie de estímulos que se alojan en nuestra memoria para llamarse “imaginario”, un conjunto de imágenes, percepciones y representaciones sensitivas propias de un individuo, que se agrupa e interactúa con otros para conformar el imaginario colectivo que terminará caracterizando a una ciudad. Caracas es Caracasnos dice Giorgio Piccinato– “multifacética, cambia como si nada, se mueve tan rápido como la sangre de sus habitantes”; afirmando que la ciudad contemporánea es de difícil descripción, el autor la analiza como “un indicador de la sociedad que resalta sus particularidades, exhibiendo los resultados de las políticas aplicadas y enfatizando sus problemas”. Estas particularidades no escapan del hecho artístico contemporáneo, que “se hace y hace preguntas”, en palabras de María Elena Ramos, disemina inquietudes y las va dejando al paso en la vida de los espectadores.

A través de la siguiente selección de trabajos fotográficos realizados alrededor de la segunda década del 2000 se presenta un imaginario de la contemporaneidad venezolana, que refleja la realidad de una ciudad que rememora tradiciones y bombardea contradicciones, sensaciones imposibles de ignorar consecuencias de una historia y una actualidad agudamente politizada que ha penetrado en todas las instancias de la vida:

“Conviene recordar que fue ciudad de locos,

Al norte de una empresa.

Que entrar en ella era bajar de la montaña.

Y que todo iba a ser mejor mañana.”

José Ignacio Cabrujas, 1978.

“Si lo que existe nos parece poco, ¿qué puede sosegarnos?”.

Rafael Cadenas, De Dichos

Todo hoy tiene un ayer, y la Caracas que se presenta a sí misma como un laberinto de concreto armado fue en su momento un caserío tradicional de pequeña población fundado alrededor de 1567. Con el paso del tiempo, los cambios de gobierno y el boom del petróleo, aumenta significativamente la población urbana de la ciudad venezolana pasando de 15% en 1926 a 76% en 1971. Caracas se proclama ante los ojos del mundo como una ciudad de vanguardia y cosmopolita, lo que trae consigo las particularidades de la ebullición cultural, la inversión de capital extranjero en la empresa privada nacional y la construcción de una ciudad moderna y funcional en pleno trópico.

Teorías sobre “la muerte” de la modernidad ya rondaban en Occidente cuando dicho ideal apenas intentaba ser digerido en nuestro país, buscando al asesino victorioso de un proyecto de pensamiento aparentemente derrotado; sin embargo este culpable siempre ha existido en Venezuela, pues la corrupción y los intereses personales han sido una de las causas constantes de la perversión del ideal de progreso a través de los años, tomando corporeidad en lugares que como La Torre de David para convertirse en metáfora tangible de la decadencia del sistema.

La Torre se levanta a sí misma como hito de un fracaso implantado, encontrando en el trabajo de Ángela Bonadies con Juan José Olavarría una profunda aproximación desde sus bases y cimientos a la complejidad de este tótem en ruinas que se muestra erguido en pleno centro de la ciudad, encuadrada en fragmentos de una construcción abortada que se hipertrofia en su arquitectura con una estética dual entre lo inerte y lo orgánico, documentando una descomposición que se hace pública pero invisible ante los ojos de muchos. Afirman sus autores que, “afuera y adentro ese rascacielos es nuestro país: decadente y carnavalesco, triste y festivo, detenido y vital”.

La Torre de David, Bonadies y Olavarría, 2010

La Torre de David, Bonadies y Olavarría, 2010

La Torre de David, Bonadies y Olavarría, 2010

La Torre de David, Bonadies y Olavarría, 2010

Continuando con fracasos de arquitectura e ideología se encuentra el Residente Pulido de Alexander Apóstol, quien a través de la cámara y la edición digital construye un repertorio de arquitectura moderna de mitad de siglo “de una Caracas que pierde sistemáticamente su tradicional presencia, (…) para desplazarse indolente hacia un futuro incierto”: Las construcciones presentadas en la serie (que en un tiempo ostentaron con cierta fama su actualidad) son convertidas y alteradas digitalmente en monumentos cerrados a los cuales se les ha eliminado toda posibilidad de acceso y de vida humana, manteniendo en su interior sus misterios y derrotas pero expuestas de pie como un aislado recuerdo a la deriva de lo que fue, en medio de una ciudad hostil e invasiva.

Residente Pulido, Alexander Apóstol, 2012.

Residente Pulido, Alexander Apóstol, 2012.

Residente Pulido, Alexander Apóstol, 2012.

Residente Pulido, Alexander Apóstol, 2012.

En Residente Pulido y La Torre de David se evidencia la perversión de lo que el filósofo J. Habermas llamó “las tres esferas de la modernidad”: la ciencia, el arte y la jurisprudencia, entendiendo que “cada uno de estos tres dominios evolucionaría infinitamente hacia un futuro deseado (…) Progresivamente, en la medida en que estos conocimientos enriquecieran la vida cotidiana del hombre común, se lograría el avance infinito hacia el mejoramiento social y moral”.

Pero en Venezuela se envilecen los objetivos esenciales del proyecto, dando pie a un sinfín de violaciones a la ley que sirvieron de motivo para Amada Granado en su serie de fotografía documental, poética y extrema, Penitenciario (2012), que (imaginaríamos apresuradamente por su título) busca representar las sensaciones de desesperanza y encerramiento que sufren los encarcelados. Contrario a ello, Granado encuentra una realidad paralela a todo lo que se piensa sobre el mundo carcelario, “un espacio, en definitiva, que no debería existir y que, de hecho, sólo existe en un plano ilegal”. Declara la artista: “Después de varios meses de intentarlo, en abril del 2012, pude compartir y tomar sol con los presos y sus hijos en la piscina del Centro Penitenciario en la Isla de Margarita. Y finalmente entender que somos presos en la ciudad y los presos son vacacionistas”.

Amada Granado, Penitenciario, 2012.

Amada Granado, Penitenciario, 2012.

Amada Granado, Penitenciario, 2012.

Amada Granado, Penitenciario, 2012.

Si Granado no capturó las tomas de violencia y opresión dentro del penitenciario, el foto-performance de Érika Ordosgoitti lo hace en el afuera, donde la hegemonía hace estragos y la libertad escasea en medio de la tensión constante entre dos sociedades que luchan para apropiarse del espacio. En esta guerra urbana en la que se erigen muros con botellas en su cúspide se delimitan las desigualdades sociales y se radicaliza la diferencia de grupos reconocidos como antónimos, multiplicando las medidas de seguridad y abandonando los espacios públicos que terminan convirtiéndose en zonas de peligro, creando así una ciudad fragmentada en la que los pobres son las primeras víctimas al estar poco protegidos –cuando no amenazados- por la fuerza pública, viviendo en una intricada red de limitaciones espaciales y temporales como la Escalera de Caracol en Macarao” (2012), el performance de Ordosgoitti donde se muestra vulnerable y desnuda en la búsqueda de momentos efímeros de libertad, caminando una precaria escalera que enfrenta todo tipo de cálculo estructural; demostrando definitivamente que el aire de la ciudad no parece hacernos libres.

Erika Ordosgoitti, Escalera de caracol en Macarao, 2009.

Erika Ordosgoitti, Escalera de caracol en Macarao, 2009.

Erika Ordosgoitti, Escalera de caracol en Macarao, 2009.

Erika Ordosgoitti, Escalera de caracol en Macarao, 2009.

En medio del Oeste estigmatizado por el imaginario urbano y la conciencia colectiva existen rastros de estrategias políticas que buscaron el mejoramiento de la calidad de vida de sus habitantes; encontrándose entre ellos anclados a los cerros capitalinos los icónicos bloques residenciales del 23 de Enero construidos en 1957 por el General Marcos Pérez Jiménez; la traducción al trópico de los bloques corbuserianos diseñados por Carlos Raúl Villanueva que han demostrado a través de la historia de la arquitectura universal su fracaso como tipología habitacional.

El hacinamiento saca lo peor del ser humano” afirma Ordosgoitti al hablar sobre “23 de Enero – Unidad Residencial”, un collage construido digitalmente por el arquitecto y artista Gerardo Rojas, quien con “El poder del Photoshop” (2013) crea un paisaje laberíntico y apocalíptico a partir de la repetición en distintas perspectivas de los tricolores bloques de vivienda social. Paradójicamente, parece ser que la utopía arquitectónica en Venezuela a través de un ciclo perverso corrompe sus ideales para convertirse en nido del malestar urbano, donde ideas que nacieron para crear una sociedad de iguales fueron luego reducidas a instrumentos de exclusión.

23 de Enero, Unidad Residencial, Gerardo Rojas, 2013.

23 de Enero, Unidad Residencial, Gerardo Rojas, 2013.

Acompañando a los bloques, en una versión menos ilusoria, se adhieren y crecen los ranchos como una “enorme costra sobre la superficie terrosa y calcinada de los cerros” en palabras de Gasparini: Elementos habitables sin planificación arquitectónica, baja calidad de materiales y ausencia estructural que con una estética muy particular complementan y reafirman el paisaje construido de la ciudad capital y se arraigan en el imaginario urbano venezolano.

Iván Amaya observa desde hace más de 10 años las formas de construcción de las viviendas informales, captando imágenes en barriadas del país con el propósito de entender cómo estaban constituidas las “Ciudades de arriba” (2010) tanto en lo social como en lo estético, resaltando el carácter instalativo del rancho al enmarcar en sus fotografías el unir, armar y superponer de las piezas que conforman la unidad de vivienda “espontánea”.

Iván Amaya, Ciudades de arriba, 2010.

Iván Amaya, Ciudades de arriba, 2010.

Iván Amaya, Ciudades de arriba, 2010.

Iván Amaya, Ciudades de arriba, 2010.

Al caer la noche en los ranchos, en la Torre de David, en Las Escaleras de Macarao y cualquier otro fragmento citadino, el imaginario urbano se llena de temores; ya los mitos y leyendas de El Silbón y La Sayona quedaron atrás, allá, con Maricastaña en la memoria histórica de un colectivo que ha dejado de sobresaltarse con fantasmas. La ciudad de las diferencias sociales se vuelve homogénea en luces y miedo y la muerte acecha en cada espacio, siendo retratada en la serie “Plomo” (2013) del fotógrafo Juan Toro a través de las balas que atraviesan órganos y dan muerte a los contemporáneos: Con un acercamiento hiperbólico el fotógrafo muestra la belleza de lo oscuro en el rojo de un tejido sangrante que impregna una bala metálica, asesina anónima de cualquiera que caminó por las sendas citadinas, donde se promedia extraoficialmente una cifra de 500 muertes violentas al mes solo en el Distrito Capital.

Plomo, Juan Toro, 2013.

Plomo, Juan Toro, 2013.

Plomo, Juan Toro, 2013.

Plomo, Juan Toro, 2013.

En 1967 ocurrió un hecho que marcó un triste recuerdo en la historia de la capital: el Terremoto de Caracas, que a pesar de la catástrofe y el mal augurio se convertiría en un momento de renovación y reconstrucción física, social y espiritual para los habitantes de la ciudad, en el que se iniciaría una serie de cambios que aún hoy parecen indetenibles. La repotenciación de la urbe y la construcción de grandes obras traen consigo un desmesurado e imparable proceso de urbanización que se convierte en la ruina y escombro de la urbe humana y acogedora que en algún momento fue Caracas. Ya la decadencia y el caos no son producto de movimientos de la superficie terrestre, pues son ahora la falta de urbanidad y los errores de planificación los que se derrumban dejando de pie a la inseguridad, el tránsito automotor, la inevitable sensación de hacinamiento, entre muchos otros problemas…

Esta capital de nuestras querencias y dolencias se parece más cada día a un campamento de veraneo; decía Cabrujas que “por la noche armamos carpas para deshacerlas al día siguiente, a fin de seguir una marcha que nunca se detiene”, pero esperamos algún día lo haga. Quedan las esperanzas depositadas en la histórica condición de transformación constante de Caracas, “en la que –citando a Luis Barrera Linares- sus habitantes viven y gozan a su modo de una urbe diferente con sólo recorrer unos pocos kilómetros o años, cuyo segundo recorrido no será jamás idéntico al primero“.

Por ahora, solo queda pedirle a la famosa y polémica Virgen de Caracas del maestro Nelson Garrido, que nos mantenga siendo parte de este eterno presente llamado contemporaneidad, y más allá de eso, nos ayude a cambiarlo.

La Virgen de Caracas, Nelson Garrido, 2010.

La Virgen de Caracas, Nelson Garrido, 2010.


Referencias bibliográficas:

  • ALMANDOZ, Arturo. (2009) La Ciudad en el imaginario venezolano. Fundación para la Cultura Urbana.
  • PICCINATO, Giorgio. (2007) Un mundo de Ciudades. Ediciones FAU–UCV / Fundación para la Cultura Urbana.
  • SALAS, Miriam. (1990) Arquitectura y Contemporaneidad. Universidad de Los Andes.
  • SUAZO, Felix. (2012) Panorámica: Arte emergente en Venezuela. / Fundación Telefónica.

Referencias electrónicas: