Fogata en Luna Llena / Antolina Martell

Fogata Luna Llena.

Antolina Martell

Las fogatas son el escenario ideal, la humareda impregna el ambiente, y se escuchan súplicas por una historia nueva;  así sucedía, cuando nos reuníamos a desgranar mazorcas. Tusas voladoras pidiendo ser cuerpos de muñecas de cabellos dorados, tiernas hojas convertidas por infantiles manos en blusas cruzadas, frondosas faldas y cinturones de lazos. 

La Florida del abuelo Pancho Martel, contiene aromas dormidos en la memoria del pueblo…

En tiempos de sequía subíamos a la hacienda Mirasol. En uno de esos viajes, partimos con el bastimento suficiente para tres meses. Al llegar a “Las Trincheras”, al final de San Lorenzo, el camino se tornaba estrecho, allí comenzaba la subida en mulas por el cerro “El Peligro”, luego,  la travesía por muchos pasos de río. Se tardaba casi un mes remontar desde Cumanacoa hasta el Turimiquire. Y, eso después de que papá abriera un paso más directo. Cualquiera que fuera la hora, llegar era una bendición. Corría el año de 1926, yo tenía unos catorce años. 

Cuando nos acercamos al asentamiento indígena, para hacerle los encargos de siempre, observé que este grupo familiar construía  sus casas orientándolas para ampararse de los tormentos del clima. En su interior pude apreciar muebles de madera, ollas y budares de barro. Utilizaban piedras para moler granos, y las cestas de fibras vegetales se les apreciaba porque eran tejidas con un entrelazado parejo y fuerte; durante años les compramos las maras y sebucanes. De forma amable recibimos una invitación del cacique, para llevarnos a una cueva no muy lejos de un lugar  llamado Hamana. Una trocha estrecha nos condujo hasta un puente colgante de madera y cabuyas, al pasarlo con mucho sigilo llegamos al umbral de la entrada, pudimos pasar a su interior en total obscuridad, allí el guía encendió una lámpara de barro a la entrada, consumía aceite de guácharos. Nos impresionó ver al fondo, una especie de altar muy alumbrado. El sonoro silencio  fue interrumpido por el aleteo de cientos de aves al sentir nuestra presencia. Caminamos hacia allá. En el centro de una piedra tronchada  estaba una cabeza reducida, del tamaño de un puño, con todos los detalles de un hombre que parecía haber sido blanco, nadie recordaba su origen, estaba algo  tiznada. El humo había redibujado en las altas paredes  de la cueva, misteriosas imágenes. 

A los días de regresar a Cumanacoa, recibimos la visita del Párroco. Se presentó con una carta lacrada, con el sello del Excelentísimo Obispo de Caracas, donde solicitaba a papá de manera categórica, fuese el  guía de una expedición al Turimiquire, cuyo objetivo era rescatar a un cristiano para darle sepultura. Papá manifestó su contrariedad, pues él había enviado un telegrama a la Academia de Ciencias, para que vinieran a investigar el asunto. 

 

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