ANDROIDE O ANIMAL (I) / Ana Mirabal

1.1

Habito una realidad híbrida.  

No soy hoja ni raíz. Tampoco rama. Me encuentro en alguna parte del tronco.

Veo símbolos pasar en todo. Los descifro y cifro de nuevo si es necesario.

Soy un canal.

Mi cerebro se desarrolló acompañado/asistido por computadoras, pero se sobrecarga con la información que exigen manejar las grandes ciudades para habitarlas sin enloquecer, o lo mismo, para enloquecer y así poder habitarlas.

Soy un modelo arcaico de persona digital / Soy un modelo torpe de persona terrenal.

1.2

Nací en Maracay: ni pueblo ni ciudad. Un limbo urbanizado entre la naturaleza, a solo una montaña del mar Caribe y algunas de sus costas paradisíacas. Cerca de bosques de cacao adorados por el mundo. A pocos kilómetros de los diablos danzantes de la costa de Chuao, de los tambores de Ocumare y de la cultura artesana de Choroní.

Maracay desde el Henri Pittier, 2011.

Mi amor por el mar mutó con los años. Transitó del amor al odio al amor absoluto. El odio solo fue condicionado por la vergüenza al cuerpo inoculada por los medios/la cultura prevalente. Cuando logré liberarme, no quedaba mucho tiempo antes de despedirme indefinidamente. Tuve que migrar.

En mi edificio, que no tenía parque, pero aún así exploré de arriba a abajo todas las veces que pude, mis lugares favoritos eran el jardín rodeado de vidrio que se veía desde el hall pero era inaccesible, porque para entrar había que pasar por el salón de fiestas (que siempre estaba cerrado); el piso 4, porque alguien decidió enrejar su extremo del pasillo luego de un asalto, algo que ocurrió antes de mi nacimiento, pues así lo recuerdo desde siempre y también el misterio que manaba esa remodelación; y el lugar más importante era el balcón de mi casa, porque veía una piscina de uno de los conjuntos residenciales aledaños y el parque infantil del edificio de enfrente. También podía ver la autopista Caracas-Valencia, y en el fondo, difuminado, el lago. El lago de Valencia. Me gustaba entrecerrar los ojos para lograr enfocarlo, por la miopía. 

Piso 4, Edificio Mirador. Maracay, Venezuela.

A veces usaba un telescopio de bronce muy pesado que teníamos para amplificar mi visión del paisaje. Vino de algún barco, así como otros objetos en mi casa, por el oficio de mi abuelo paterno, que fue marino mercante. Uno de mis favoritos era una lámpara que parecía un barril de metal y vidrio, con tapa. Alumbraba mi cuarto hasta que me colgué de ella porque estaba convencidx de que adentro mi mamá había escondido una cámara de vigilancia (“la camarita”). La revisé desde mi cama, la parte de arriba de la litera que compartía con mi hermana, pero me resbalé y me quedé colgando, hasta que la lámpara se desprendió del techo y caí, con ella encima. Luego se convirtió en un adorno de la sala.

Hace algunos años que el mar dejó de existir tácito en los objetos de mi casa y en mi fondo. Ya no se percibe en mi campo energético expandido. No está detrás de las montañas que no hay. En su lugar, se encuentra el río de La Plata, lleno de misterios ocultos por la tierra, la basura y la gasolina, que apagan su contenido.

Ya no veo ningún paisaje por la ventana, ni el lago de Valencia. Sólo veo otra ventana y las personas detrás de la cortina que intenta ocultarlas. Cualquiera de mis visuales actuales me muestra otro vidrio enmarcado, y si me esfuerzo un poco, con ayuda de algunas contorsiones, puedo llegar a contemplar un poco de cielo.

1.3

Me pasa mucho ir de extremo a extremo: de la ternura a la mugre. Soy la flor de loto y también soy el pantano. Me endurezco con el sol luego de mojarme. Me reseco con el viento. Me quiebro con el tiempo. Cae una lluvia y me moja otra agua diferente. Crecen algunas plantas, son bebés. Soy el montículo en donde nacieron y soy ellas mientras crecen. Soy sus raíces. Soy la savia que viaja por su tallo. Soy el pistilo en el centro de su flor. Alguien me arranca y me succiona para consumir la única gota dulce dentro de esa estructura tubular. Soy yo, cuando era niña, extrayendo el estilo de las flores Ixora en el patio del colegio El Parque, para chuparlo. Ya no recuerdo cómo fue que supe que esa flor albergaba una chispa de miel. Fue un hallazgo que compartí con varies niñes. 

1.4

El silencio ahora también es escaso.

Hasta hace algunos años no me había conectado con las ondas y la vibraciones, con su textura y la forma en la que acarician, condicionan o dañan, con tanta nitidez.

La presencia del silencio no siempre es plácida, pero en mi caso, es imprescindible.

1.5

Desde el momento en que se entiende que la subjetividad es el ejercicio de lo humano, los atributos permanentes del ser se restringen (equívocamente) a aquellos que definen la trayectoria del deseo. Eso, por supuesto, si se es capaz de sostener una conciencia estable del engendro metamórfico que se crea y recrea en tiempo real, ése que enmarca todo aquello con lo que nos identificamos, cuyo basamento son los rasgos que devienen placer o intuyen rechazo, y por ello se consolidan en el tiempo. Sin embargo, esta idea es una utopía cuando se vive dentro de un sistema de control panóptico en poder de los medios y la información.

De otra manera no se explica que, si mi deseo es el silencio y la accesibilidad al paisaje, ¿por qué vivo en un departamento de dos ambientes de un edificio medianero, junto a una de las avenidas más transitadas de la ciudad de Buenos Aires?

Es cuando una costumbre intrínseca cesa que se evidencia su carencia.

1.6

Extraño el mar.

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