Tras el ojo izquierdo: un espejo / Ricardo Sarco Lira

Detrás de mi ojo derecho cuelga una tela de arpillera; detrás de mi ojo izquierdo hay un espejo. No veo, claro está, ni la arpillera ni el espejo. Sin embargo, aquello que miro refleja radicalmente la diferencia. Delante de la arpillera, lo visible permanece indiferente; delante del espejo, empieza a jugar.”

John Berger, Cataratas

Recuerdo haber leído en una ocasión un artículo sobre un fotógrafo que buscando darle un giro al retrato desnudo de cuerpo completo fotografió a sus modelos en sus espacios de confort, acudiendo a lo íntimo para brindarles una zona de seguridad. La diferencia estriba en que estos desnudos fueron a la inversa: el autor los fotografió estando él completamente desnudo mientras ellos permanecían vestidos durante toda la sesión. El resultado fue una serie de fotos en donde afloraban a la vista las características particulares de cada retratado; una serie que hablaba al espectador del vínculo entre el fotógrafo y su modelo.

Para conocer al otro el fotógrafo se desnuda (literal y figurativamente) ante él o ella, y este le devuelve, a modo de respuesta, una imagen honesta y libre de pretensiones. Su desnudo físico es respondido con un desnudo del alma de su modelo.

Un gesto similar de desnudez y entrega puede verse en la serie “El ojo izquierdo” de Astrid Hernández (Caracas, 1984), realizada en el año 2016 durante un curso de formación en La Organización Nelson Garrido con el fotógrafo Ricardo Armas.

Haciendo uso del recurso de la entrevista, que le viene por formación, Hernández reúne a un grupo de conocidos, desde colegas, compañeros, amigos y familiares, y a cada uno lo enfrenta a una serie de preguntas. Digo que los “enfrenta” a las preguntas y no que se las hace o formula porque la dinámica de la sesión es otra: los modelos llegan al set y encuentran un “sombrero mágico” —palabras de la fotógrafa— en donde se encuentran treinta y tres papeles con una pregunta cada uno. El retratado toma tres de estos papeles y trata de dar respuesta a las interrogantes en ellos contenidas. Una vez ha sucedido esto comienza una suerte de entrevista en un tono más conversacional que termina llevando a un diálogo entre la fotógrafa y sus modelos.

Las respuestas, muchas veces encarnadas, íntimas, funcionan aquí como detonantes, cómo factor des-inhibidor para propiciar un estado emocional idóneo para realizar el retrato.

En el proceso de diálogo Hernández responde, a su vez, las mismas preguntas que su modelo, lo que termina creando un aire de camaradería, un vínculo empático entre ambos. Similar a aquel fotógrafo —cuyo nombre he olvidado—, Hernández se desnuda para realizar esta serie de retratos. Se vulnera ante el otro y, en el proceso, le reconforta y coloca en una posición de iguales.

Sirven, también, las respuestas para dibujar un retrato anímico de estos individuos: quienes son, cuáles son sus temores e inseguridades, hacia dónde se ven proyectados…

Así, en “El ojo izquierdo”, el retrato es doble: el lector/espectador se encuentra ante la mitad del rostro de los modelos elegidos por Hernández, y ante una o varias verdades de esa persona que se han revelado en el proceso de entrevista.

Realizadas en el 2016, tanto las fotos como las respuestas de sus modelos, hablan hoy de las personas que eran en ese momento, así como de quien era Hernández en el momento en que apretó el obturador. Estos retratos se vuelven, así, documentos de un pasado cercano y, como ocurre con frecuencia en este país desde hace más de una década, en documentos de la diáspora: buena parte de los retratados ha migrado ya y se encuentran dispersados por el globo.

Pero si bien al hablar Hernández tiende a dejar conversaciones abiertas, tiende en sus procesos artísticos a buscar los cierres, a concluir ciclos para iniciar otros. Tres años después de haber realizado la serie Hernández vuelve sobre las preguntas realizadas a sus modelos, los busca —muchos ya se han ido del país y se encuentran, hace rato, en otras latitudes— y repite el proceso: recrea la primera entrevista.

Cambia, así, el retrato. La fotografía del lado izquierdo del rostro permanece, visualmente, igual, no cambia su iluminación, su composición ni el encuadre. Pero las respuestas de hoy a las preguntas de ayer dan una nueva luz a estos retratos: los convierten en testigos del paso del tiempo, de las evoluciones personales de estos individuos y de los cambios de época.

Un proyecto expositivo de “El ojo izquierdo” —más allá de ser una empresa realizable— debe ser, por tanto, una exhibición de retratos fotográficos y de material de archivo. Algo a medio camino entre la fotografía artística y un relato casi etnográfico. “El ojo izquierdo” se convierte en imagen de nosotros: los entrevistados/retratados no solo se desnudan ante el espectador sino que desnudan algo en este. Así como estas preguntas acompañan a los modelos a tres años del proyecto original, se han convertido en ancla, en recordatorio, en memento y promesa, son, también, preguntas que todos, en algún momento, nos hemos formulado. Sus respuestas a la entrevista seguramente encuentran un espejo en nosotros. “(…) detrás de mi ojo izquierdo hay un espejo”, dice John Berger.

Todo retrato —me atrevo a sugerir— es cuatro retratos a la vez: un retrato del modelo u objeto de estudio, un testimonio de su época y de su sociedad, y, finalmente, un retrato de quien oprime el obturador y toma la foto. A final de cuentas “El ojo izquierdo” no es sólo referencia a la parte del rostro de sus modelos que Hernández retrata, es el ojo que utiliza para tomar la fotografía, el que se encuentra observando desde el visor de la cámara, el que está tras el lente.

No por nada al terminar el recorrido por esta serie fotográfica el ojo izquierdo de la misma Astrid Hernández nos mira, nos interpela con el semblante serio. “Yo misma”, pareciera decirnos parafraseando a Michel de Montaigne, “soy el contenido de los retratos”.


Obras consultadas:

BERGER, John. Cataratas. Barcelona, España: Editorial Gustavo Gili, SL. 2014

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