Inauguración 23/01/2016 – 06:00 pm
Entrada Libre

B+     de  Carolina Muñoz

    Desde el punto de vista de lo desconocido, la última galaxia del universo está tan lejos como una gota de nuestra propia sangre. Con una profunda lucidez, Carolina Muñoz expone esta perplejidad exponiéndose a sí misma en la delicada tarea de desentrañar lo incesantemente inadvertido. La sangre menstrual que ha salido de su cuerpo es como la luz que ha abandonado la estrella. La constancia de que uno vive también fuera de sí y con independencia de que exista vida más allá de la muerte. Si nos apoyáramos en la ciencia, diríamos que los átomos que conforman nuestro cuerpo son los mismos que están en todo el universo. La luz superviviente de una estrella desaparecida tiene la misma materia que la sangre coagulada que ha abandonado un cuerpo. Entre la luz de la estrella y la menstruación, entre el infinito y el tabú,  se encuentra el misterio de la vida humana: huella y rastro más allá de una existencia.    

    Sería demasiado injusto, además de fácil, comprender este proyecto solo desde el lado del tabú. Es cierto que la menstruación no es algo dedicado a la vista, a ser mostrado, a ser expuesto, pero lo que aquí se revela no es tanto el resto del cuerpo como el más allá de la vida desde el propio ser en el tiempo y en el espacio; pues la menstruación es como la fotografía: es la identidad de una vida que se separa de esa vida y la sobrevive. Pero también es lo contrario de una imagen, es la imposibilidad de devenir ícono de todo aquello que está vivo. La menstruación es el desecho de una vida que no se dio, de un óvulo que no fue fecundado, es la materia biológica de una vida que no fue. La luz de la estrella, la fotografía y la menstruación no tienen la misma naturaleza pero indican el mismo entresijo: ¿qué significa una vida? No la vida a secas, abstracta, genérica, inexistente, sino la vida real, la vida de cada quien, la vida irrepetible o la vida insustituible. Como ocurre en la obra de Christian Bolstanski, lo más anónimo forma la esencia de lo más íntimo: lo insustituible, lo irrepetible. Se presentan aquí seis series del trabajo de gran aliento que es B+, los cuales dan cuenta de este problema, como rodeando por todos los flancos un enigma sin núcleo, sin solución y que, sin embargo, es la fuente de la cual emana todo sentido posible de la existencia: ¿por qué nacemos en vez de no nacer; por qué hay algo en vez de nada? Estas series de problemas, que rodean el misterio fundamental de la existencia, las llama Carolina Muñoz:

Circulatorio. Por medio de la sangre, la vida, invisible, circula en nuestro interior. El deseo de la sangre es el movimiento. Como es movimiento significa también transformación: sangre que se hace hueso, piel, órgano, la posibilidad de otra vida. Sea que la precipitemos en glicerina, la atrapemos en un vidrio como si estuviese destina a un laboratorio o reproduciéndose como fractales alveolares irredentos, la sangre nunca se detiene. Lo indetenible  de la sangre es ya un universo que se expande en nosotros mismos; pero también, viniendo de nosotros, va más allá de nuestra existencia. 

35mL, evocando el movimiento de las esferas, es una serie que muestra la expansión del propio cuerpo más allá de sí; un resto de la vida, condensado en 35 mililitros, que resistiéndose al rechazo vuelve a aparecer. La sangre ha dejado las venas, ha abandonado el útero, pero en vez de perderse en el olvido, gira infinitamente sobre sí misma como un astro celeste.  Si algo alguna vez existió, entonces nunca desparecerá completamente de la memoria del Universo. Incluso el residuo se resiste a la nada, aunque sea al costo de dar incesantes vueltas sobre sí. Resistir a la nada es uno de los fines más altos del arte.

S/T porque existe un punto más pequeño que un nombre. Es lo infinitesimal del infinito. Lo no terminado, lo que no tiene fines, sobrepasa o tiene más posibilidades que lo absolutamente grande. Las matemáticas son infinitas en ambos sentidos. Ya lo decía Blaise Pascal hace casi cuatro siglos, somos ese ser entre dos infinitos y, en esa encrucijada, “¡cuántos reinos nos ignoran!” Todo los secretos del universo, todos los mundos más allá de este mundo están justo ante nosotros.

Vanitas (v.3) Por ello, de poco vale vanagloriarse de sí mismo sin importar los éxitos alcanzados: nuestra muerte ocurre en un tiempo y en un espacio infinito. ¿Las vanitas del siglo XVII acaso no son sino la humildad del infinito en nosotros?  Ese memento mori donde toda nuestra materia se disuelve en el tiempo sin historia y en el espacio sin límites de un universo más grande que los cielos. Más acucioso que un dios, un mundo despoblado, sin  ángeles, nos observa. Por ello, la menstruación también tiene la forma de una calavera que observa vigilante nuestra juventud.

• (v.1) Es un instante en el espacio y un punto en el tiempo. Es la exploración en la existencia de lo que no vemos por la costumbre. Puntuar lo continuo es acaso el trabajo más difícil de la experiencia. Por ello, el fenómeno de iridiscencia en este trabajo es tan importante, porque no solo existe lo grande y lo ínfimo,  la luz y la oscuridad, sino que la luz tiene sus propios ángulos, sus propios parpadeos, su propias maneras de guiar la visión en el arrebato del instante concreto que somos y que solo puede ser vivido como un arrancar la existencia del continuo indefinido de la realidad. El parpadeo de la mirada en su revisión es como fotografiar, sentir un gran amor por ese pequeño instante que somos. 

Vocabulario. Se trata de un doble retrato. El retrato de hombres hechos lienzo y el retrato de una mujer de carne y hueso que inscribe con su sangre menstrual sus signos en la piel masculina. Es lo contrario de la penetración y a la vez se da una inseminación.  La sangre deviene signo que imposibilita la fecundación pero engendra la idea de la muerte como un acto de amor. La pervivencia de nosotros después de nuestra muerte es un misterio, pero si hay memoria es también un acto amoroso. La mujer puede fecundar al hombre con esta idea y para ello no necesita ser madre. Dicho de otro modo, la mujer siempre es madre, tenga hijos o no, porque en ella está inscrito el nacimiento y por eso mismo la señal de una vida más allá de la propia carne. Nacer y morir, son antónimos, pero la vida en sí misma no tiene antípodas.  Toda sangre dice: “aquí he estado”.   

Erik Del Bufalo.  Caracas, enero 2016