No es Tiananmén. Es Caracas / Johanna Pérez Daza

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“El poder de uno” y “El hombre del tanque” fueron algunos de los nombres mediáticos con los que trascendió a la opinión pública mundial la imagen de un sujeto enfrentándose, en solitario y desarmado, a una hilera de tanques durante las protestas estudiantiles contra el gobierno de China, ocurridas en 1989. La imagen recogida en video y fotografía daría cuenta de la tensa situación. “El rebelde desconocido” —como también se bautizó a este joven— sostiene unas bolsas mientras se posa frente a los blindados militares en actitud digna y desafiante.

Más allá de los calificativos resonantes, llama la atención que en medio de esas protestas —cuyo saldo de víctimas se calcula entre 7000 y 10000—   quien maneja la tanqueta la hace detener, incluso esquiva al individuo que luce pequeño y frágil en proporción al tamaño y fuerza del vehículo militar. Una imagen potente (tomando la categoría propuesta por Georges Didi-Huberman) que ha sido utilizada en episodios posteriores como símbolo de la lucha civil contra el poder, de la valentía que encara la violencia y la hace retroceder. En este enlace pueden ver el video: https://www.youtube.com/watch?v=5GS9vEWVDqY

Fotografía de Jeff Widener para la AP (ganadora del World Press Photo). La escena fue captada también por los fotógrafos Charlie Cole, para la revista Newsweek, y Stuart Franklin, de Magnum, para la revista Time.

Aletargados por los espejismos del avance, creemos que la humanidad mejora con el tiempo. Ciertamente hay aspectos significativos en los que estamos mejor que hace décadas o siglos atrás. Sin embargo, hay otros en los que se evidencia cómo la barbarie y la crueldad, lejos de apaciguarse o disminuir, se han incrementado. Así lo constatamos hace poco al ver el estremecedor video en el que varias tanquetas de la Guardia Nacional dispersan a un grupo de venezolanos opositores a Nicolás Maduro y una de ellas atropella intencionalmente a varios civiles.

Captura de pantalla de la cuenta de El País

Tanteamos aquí una escueta definición por contraste que, desde la negación, trata de describir para entender: No es Tiananmén, es Caracas. No es 1989, es 2019. En aquel momento el conductor decidió no avanzar. En esta ocasión, el blindado no retrocedió ni esquivó. Su operador así lo dispuso. Se llevó por delante no a una persona, sino a un grupo de manifestantes que, a diferencia del joven asiático, resultaron heridos. Aquel hombre caminó hacia la columna de tanques en actitud desafiante, en esta oportunidad las máquinas avanzaron con saña hacia los manifestantes, aplastándolos, dejándolos tendidos sobre el asfalto, amenazando con envestir de nuevo. Se ven diminutos y confundidos, horrorizados como nosotros, los espectadores, ante la brutalidad que, en los últimos años, ha demostrado su capacidad de superarse y sorprendernos.

En medio del caos de personas cayendo, corriendo, esquivando la aplanadora bélica, un hombre ondea la bandera nacional, se mantiene de pie y, aunque puede pasar desapercibido entre la conmoción, nos ofrece un gesto significativo. No es un acto marginal. Por el contrario, es el detalle de lo simbólico que brinda otras lecturas, tal vez más reflexivas y reposadas, sin caer en ingenuidades ni idealizaciones. Acá pueden verlo: https://twitter.com/elpais_america/status/1123254358320115712

Captura de pantalla de la cuenta de El País

De nuevo la imagen, fija y en movimiento, funciona como testigo, dejando registro y prueba de los horrores que nos toca vivir y confrontar. No se trata de voltear la mirada, sino de entender el momento histórico y la importancia de resguardar nuestra memoria de los excesos del poder, de la furia que quiere despojarnos del legítimo derecho de expresarnos y disentir, del totalitarismo que busca arrollar nuestra forma de ser y actuar.

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