Los colores de Kaurismaki siempre son más vivos en mi memoria. Se atenúan cuando vuelvo a las imágenes que componen su filmografía, pero no pierden su singular belleza, como el cerezo que florece a las puertas del humilde hogar.


Regarde, Marcel, le cerisier est en fleur

Mira, Marcel, el cerezo florece

En Le Havre, el valor que lleva las riendas de la historia es el de la solidaridad. La solidaridad desde la precariedad, rodeada de un tema tan sensible como lo ha sido la ola de migración que azota Europa desde hace años. El tratamiento visual y narrativo que brinda Kaurismaki a esta historia de no puede estar más lejos de las tendencias del realismo sucio y la denuncia social. Sin embargo, desde una sencillez colmada de sensibilidad, pienso que no hay método más efectivo para plantar una posición frente al tema.

Los personajes de Kaurismaki son perdedores. Sus esperanzas se alimentan y se perpetúan desde la ironía y la camaradería. El sufrimiento, las penurias y la injusticia hacia el proletariado siempre están presentes en el cine del director finlandés. Lo llamativo es como estos escenarios de afectación social son proyectados desde la individualidad más personal y emotiva. Los utensilios para lustrar zapatos esperan sobre el suelo de la estación, mientras Marcel Marx observa atentamente como frente a él cruzan decenas de zapatos deportivos y de tela que nunca necesitarán ser lustrados. Ni él mismo lleva sus zapatos lustrados. Incluso en esa ciudad portuaria, esa gris tierra de nadie que parece no tener identidad, parece no haber un espacio para él.

El compromiso hacia una causa de lucha, de justicia e igualdad social, se ve relegado. Ya no es un acto de masas; cada uno la encuentra por sí mismo, en sus propios actos o frente a sus ojos. Un hombre le paga el servicio y es asesinado segundos después.

Heuresement, il a payé

Por suerte, ha pagado

Los planos que dan inicio a esta película visibilizan de muy buena manera un estado del ser que se replica de forma particular en los personajes de esta historia. Cada quien piensa en sí mismo, en sus propias dificultades, pero aún hay un espacio para pensar en el otro. Marcel, aunque vive en deuda con quienes le rodean, recibe el cariño y la atención de su esposa, una extranjera que algo tuvo que sacrificar para estar junto a este hombre humanista, apasionado y desplazado en su propio entorno. Hombre parece tenerlo todo en su mínima expresión, y para él es suficiente.

El conflicto ajeno, en el cual Marcel descubre a Idrissa, un niño africano escondiéndose de las autoridades migratorias, sumergido hasta el pecho en unas sucias aguas del puerto, se desenvuelve de manera paralela al sufrimiento personal: la esposa de Marcel es internada en el hospital, y así como él nunca le ha revelado la inmensa deuda en pan que tiene en el vecindario, ella no quiere revelar que el desenlace de su mal puede ser fatal.

La sencillez con la que se desenvuelve la trama no resta nada la fuerza emocional que carga consigo. Se manifiestan entonces los chispazos de heroísmo que nacen de los perdedores de Kaurismaki; más que convertirse en actos o reflexiones de transformación a gran escala, estos chispazos, estos personajes que anidan en si una grandeza humana inexplicable, actúan en los microuniversos en los que se desenvuelven, y no van más allá. Pero no hace falta ir más allá. Porque en esta historia, a pesar de sus matices realistas, no prima la lógica ni la reflexión crítica desde lo intelectual, y en la cierta inverosimilitud de algunas de sus situaciones, interpretaciones e incluso gestualidad de sus personajes, es cuando más se manifiesta lo honesto (¿e ingenuo?) del relato y la imposibilidad de que algo así se pueda replicar en el mundo real.

Porque, incluso desde esta posición de plena bondad y dignidad en la dificultad, Le Havre nos arroja, sobre todo en sus diálogos, unos irónicos golpes de realidad que fortalecen su propio desarrollo.


– Tu as pleuré?

– Non

– Bien, ca n’aide à rien

Llorabas?
– No
– Bien, no sirve de nada

¿Puede la fraternidad que descubrimos en los personajes de Kaurismaki existir entre nosotros? Yo no me atrevo a responder, porque aunque el director no duda en mostrar las durezas de nuestro mundo, de seguro lo hace para fortalecer, aunque parezca ingenuo, un sentimiento de bondad y esperanza. Con esas cualidades que le han hecho tan distintivo, seguiré disfrutando su cine.

El de Kaurismaki es un cine tan pequeño y tan grande, con su economía de planos y movimientos de cámara; con sus personajes, a veces histriónicos, a veces maniqueos, siempre auténticos, congelados en escena; la música, siempre tan apropiada, y sobre la que se vuelve una y otra vez después de terminada la película; su humor e ironías dosificados tan audazmente; sus puestas en escenas, muy pictóricas y en apariencia sencillas; su tratamiento sobre temas crueles y violentos que azotan nuestro presente; y sus objetos, que nos dicen tanto de lo que ocurre y lo que se siente, que pueden ser inicio o desenlace, como el cerezo que florece al entrar Marcel y su esposa a casa, después de salir del hospital.

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