La poesía atemporal que encierran los formatos analógicos / Por Evelio Gómez

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¿Quién vence al poder de la

apariencia, y el agotamiento  reduciéndolos a símbolos?

La música. 

El nacimiento de la tragedia

Friedrich Nietzsche

Cassette, “cajita” según el vocablo francés, maquinaria transportadora de la música, soporte material del sonido, hilo magnético conductor del estoico melómano, que analógicamente se opone a la sugestión banal y perenne de lo digital que en estos tiempos, dicta el acaudillamiento de lo inútil y desechable  a ritmo de mp3 y “papelera de reciclaje” dispuesta a restaurarse cuando el “usuario” lo desee.  Lanzado al mercado mundial en los turbulentos y culturalmente decisivos años 60s, llama la atención enterarse que luego de casi seis décadas según, los más recientes estudios de marketing global se ha hecho noticia que la nostalgia ha invadido al público hasta el punto de que la venta de los cassettes se ha incrementado en más de un 70% en los últimos tres años. Los más optimistas especulan acerca del regreso definitivo de este formato aunque siendo objetivos se hace lejano que los buenos tiempos de la “cajita” regresen.

Con emotiva nostalgia recuerdo las tardes de domingo cuando mi padre me obligaba a “repararle” cassettes donde acumulaba un sinfín de temas grabados de distintas emisoras AM/FM que frecuentaba escuchar. Este oficio, que valoro ahora mucho más que en aquella época me dio un enfoque singular de este injustamente otrora dispositivo. Empecé a conocer de a poco su estructura y funcionamiento hasta el punto de advertir un futuro enredo del carrete interno, lo cual, trataba desenredando toda la cinta magnetofónica para luego envolverla pacientemente. Desarrolló este laborioso proceso mi afición a la música hasta transformarme en un melómano convencido. Para escuchar esa canción favorita tenías que realmente esforzarte para acceder al disfrute de la música para unos efímero, para otros pocos como yo, sumamente necesario por antonomasia en la valoración de la poesía atemporal que encierran los formatos analógicos.

A mitad de los años 80s, hasta la primera mitad de los 90s no era para nada raro, que algún amigo te pasase un cassette con una selección hecha por el  mismo.  Track por track de megalomanía sonora donde él te imponía su criterio de los mejores temas de las bandas más importantes del momento, con alguno que otro desliz por décadas pasadas y hasta  se convirtió en un obsequio personal muy recurrente entre todo público.  El “walkman”  reproductor portátil, que siendo SONY o no, te permitía la comodidad de llevar a donde quisieras tus casetes más escuchados hasta

convertirse en un estándar de ostentación entre los “sifrinos” y acaudalados que eran los pocos que realmente se podían permitir semejante artilugio de “última generación” en la Venezuela post viernes negro.

Poco a poco su desaparición definitiva se hizo evidente en 1998 cuando en las estanterías de las tiendas especializadas se iban acumulando los TDK, MAXELL y BASF de 60, 90 y 120 minutos para ceder el testigo al tornasolado CD-ROM que tenía “más capacidad para acumular música y datos” según lo que te decía el risueño vendedor de turno, quien denominaba al cassette como, “algo a punto de desaparecer”

El cassette, objeto de culto contemporáneo en la misma proporción que el vinil, LP (long play) o acetato, que por cierto, fue lanzado al mercado mundial en 1948 y le compite en nostalgia, dios venido a menos, palpable y único, materia induplicable y expansiva de la música, conciencia de las emociones difíciles de olvidar que nos promete la quimera de lapidar la ignorancia a través de nobles sonidos a nuestra acelerada y cada vez más estúpida sociedad de consumo, que sustituye febril la calidad por la cantidad, que sabe el precio de todo y el valor de nada como afirmo hace casi 100 años el Wilde más mordaz .

Es inútil que se hable de “revivalismo”,  porque un extraño designio de la suerte hizo que lo antiguo pasase a ser tendencia de muchos, sin embargo, celebramos tal capricho, se agradece que algunos miles notasen la existencia de esta curiosidad analógica, que estoy seguro que en breve regresara al purgatorio de los geniales inventos de otra época.

En esas jornadas nocturnas de conversaciones intempestivas que acompaño con la ruta del alcohol, es casi un mandato de dictador romano la ofrenda que hago a el jazz y al rock and roll cuando desempolvo el mito del cassette en el reproductor que conservo cual grial para traer de vuelta el momento de mi adolescencia sorprendida ante la pequeña maquinaria transparente de lados A y B, el apunte hecho a mano que enchina la piel e inevitablemente remueve la memoria y conmueve a el corazón…

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