LA COYOTA CHAMANA (I) / Rubén Monasterios

Apreciado lector: de estar Ud. interesado en leer la novela íntegra a partir de este fragmento que publicamos, por favor exprese su opinión; dependiendo de la aprobación de los lectores la publicaremos en forma de seriado.

Fragmento de la novela inédita

La  Coyota Chamana  

de R&M Monasterios.

Sinopsis

La novela narra la vida de dos personajes, Josefina Arango, mexicana, y Jacinto Daniel Gonzales, guatemalteco, cuyas existencias se cruzan. En su transitar, desde su adolescencia conflictuada (a la cual corresponde el fragmento) hasta su muerte temprana en un enfrentamiento con la policía, Josefina  vive la experiencia del San Francisco  entre los finales 60 y los primeros 70; se  hace bailarina exótica y después coyota y  narcotraficante, quehacer el último en el que logra éxito, al extremo de convertirse en un personaje legendario. Huyendo de la ley, se esconde por un tiempo en  una comunidad indígena remota y pasa por el aprendizaje y los rituales del chamán. Por su parte, Jacinto migra de su país natal para evitar la muerte  por injusta venganza; buscando llegar a los Estados Unidos, se relaciona con Josefina, que opera como coyota y narcotraficante en Ciudad Juárez. Luego  de correr numerosas aventuras, entre otras el apasionado romance con la coprotagonista, Jacinto logra su objetivo y se separa de  su amante. Gracias a trabajar duro y legalmente, realiza el “sueño americano” hasta convertirse en una personalidad notable de una ciudad de  California. Unos diez años más tarde ocurre el reencuentro y el desenlace fatal mencionado.                

Nota: Sometemos el fragmento a la consideración del lector; de resultarle interesante hágalo saber y la publicaremos por capítulos en serie, a la manera de los folletones de antes.                                           

                                                Historia de la Virgen acosada

            Mis viejos fueron coyotes, pero de los buenos, ¿ves?, de los que cumplen con su compromiso de llevar a los inmigrantes ilegales hasta un sitio seguro, no esos hijos de la chingada que los dejan por el  camino, a morirse de sed o de frío en el desierto, o de los que te mantienen secuestrado y tratándote peor que a un perro hasta recibir el  pago completo. A ellos les parecía bien que yo también me dedicara a su oficio, y te diré algo: no lo veían como una delincuencia, sino, muy en sentido contrario, como una  forma honesta y hasta caritativa de ganarse la vida ayudando a la gente… Nunca supe por qué mataron a mis viejos, ni como fue esa desgracia, entonces yo tenía trece años… Tú me llamas cruel, y es verdad, ¡es que con la gente no se puede ser compasiva! Mira, yo creo que a mis viejos los mataron por eso, por compasivos…      

            Un buen día me cansé de ser la esclava de esos desgraciados, los Sánchez, que de muy mala gana me soportaron en su casa a raíz del asesinato de mis viejos, convirtiéndome en su esclava. Entonces tracé un plan para librarme de ellos y venirme al Norte.    

            Oaxaca queda bien lejos de la frontera; la gente que sale de ahí, de la Costa, lo hace por mar. Decidí irme por esa vía, todavía más peligrosa que esta, pero también más rápida; el viaje por tierra en un camión es fatigante. La forma más rápida de cruzar México hacia el norte es  la Bestia, pero debe una tener muchos cojones o mucha desesperación…

                                                                        La trampa

            Por todo cuanto sabía, yo le tenía miedo a la Bestia. Si a la gente grande la mataban y violaban, ¿qué no lo harían a una chamaca de trece años? Entonces me dije: “Por la Bestia, no. ¡Me fugo por mar!” 

            En secreto hablé con Pablo el pescador, “amigo” de los viejos; él era un coyote marino; había llevado mucha gente al Norte; para disimular se decía pescador y tenía su bote de pesca. Pero Pablo me pidió harto dinero; quería dos mil dólares, más la gasolina.  Yo sólo tenía unos novecientos dólares; fue lo único guardado, a  escondidas, del legado de mis viejos; el resto se lo quedaron mis “protectores”.

            Al percibir mi tribulación, Pablo me midió con  una mirada que me avergonzó, porque, no sé, me hizo sentir como desnuda. Ahora, ¡claro!, de sobra sé el significado de esas miradas de los hombres, pero entonces… Desviando los ojos y ocupándose de enrollar un mecate, dijo, mascando su tabaco y esbozando una sonrisa torcida:

            ─ Podrías pedirle prestado a madama Lupe…

            ¡Cómo no se me ocurrió antes! Ella tenía su casa arriba del bar y, según se lo había oído decir a mis padres, era rica, muy rica. A mi vieja nunca le gustó esa mujer y me prohibía tener trato alguno con ella. Para mi mamá,  esa casa suya era un antro de pecado; después de beber aguardiente en el bar los hombres subían a hacer cosas perversas; a veces de oían gritos y había escándalos. Sin embargo, madama Lupe siempre había sido muy cariñosa conmigo; cuando, por casualidad, nos cruzábamos en la calle, me halagaba, a veces me daba unos pesos para comprar dulces; me decía linda y se me ofrecía; no debía vacilar en buscar su ayuda de encontrarme en alguna necesidad; a mí parecía una buena señora… Entiéndeme, Jacinto: yo era una chamaca, apenas trece o catorce años, mentalmente una niña, aunque ya estaba desarrollada y luciera mayor.

            Voy, pues, donde madama Lupe; la señora, sorprendida, demuestra mucha alegría por mi presencia y  me hace  mil y una carantoñas. “¿Y qué te trae por aquí?”, pregunta finalmente. Le expongo el motivo de mi visita.

            Madame Lupe me mira fijamente, meditando sobre mi proposición.

            ─ Prestarte tanto dinero, no puedo ─dijo─, pero con ese pelo frondoso, tan bonita que eres y con esa figura, tú puedes ganar mucho más en muy poco tiempo.

            Los ojos se me pusieron así de grandes.

            ─ Ocurre ─continúa la madama─ que las mujeres tenemos una parcela que de ser bien administrada puede dar mucho beneficio…

            No entendí nada, porque, aunque parezca increíble, en esos días yo muy poco sabía “de la vida”, por más que fuera capaz de sobrevivir en un desierto

            ─ Usted dirá cómo…

            ─ Dime una cosa, Josefina ─dice la mujer, cambiando el tono, ahora seria y reflexiva─. ¿Tú has estado con varón?

            ─ ¿Qué quiere decir?

            ─ Bueno… Errr… ¿Te has acostado con  un hombre?

            Los colores me vinieron a  la cara.

            ─ ¡Ay, no, señora! ─respondo bajando la cabeza─.

            A la muchacha la perturba tanto la pregunta, tan íntima, como el fugaz brillo de codicia que rieló en los ojos de la madama, no obstante, evitó entender su significado ─porque aunque jovencita y sin experiencia de vida, no era tonta─; su necesidad de dinero para largarse al Norte opacaría cualquier intuición o sospecha.

            ─ Está bien; solamente para saber… Tú sabes… ─Súbitamente vuelve a cambiar su  expresión, en un tono cordial y animoso de amigable complicidad,  me instruye─: ¡Anda!, ve a buscar tus cosas y te vienes para acá… ¡Chito!, en secreto. No se lo digas a nadie, ¡a nadie! De enterarse alguien, nos metemos en un embrollo de marca mayor y tú no podrás tener esos pesos…

            Así lo hice; formé un bojote con mis cuatro cosas; mi dinerito, bien envuelto en una bolsita de plástico  lo guardé celosamente en mi seno; sigilosamente me largué de la casa de los odiosos Sánchez; con toda seguridad no le darían importancia a mi ausencia: ya antes me había perdido hasta por varios días, en los que vagabundeaba por ahí, por las playas, frente a los hoteles y restaurantes frecuentados por los maravillosos turistas, fascinada por sus lujos y su vida despreocupada y risueña, con sus tremendos autos; ellas con esos vestidos preciosos y sus joyas… Al volver a la casa sólo me  daban un par de carajazos y me ponían a hacer oficios.

            Madama Lupe revisa mis cosas.

            ─ ¡Niña!, pero estos son harapos… A ver qué te consigo que te venga bien… Vete desvistiendo para probártelo…

            Y me dejó  sola en el cuarto. Seguí sus instrucciones; tuve la precaución de esconder mi dinerito debajo del colchón: temía que la señora lo viera al estar yo en paños menores. Luego, luego, volvió portando unos vestidos; al verme casi desnuda expresó su asombro “por lo buena que estás”… “¡Mi amor, con esas lolas puedes hacer derretir a los hombres”… “Pero tienes que lucirlas bien”… “¡Así!”… y me acomodó el sujetador de tal modo que mis pechos brotaron de la prenda. ¡Me felicite por la buena idea de haber escondido mis centavos! Un vestido blanco, todo lleno de encajes y lacitos me vino bien. Madama Lupe celebró empalagosamente mi apariencia:. “Ay, qué preciosa!, pareces una muñeca de novia”… “¡Qué maravilla que te quedó el blanco, para que luzcas pura”. También trajo unos zapatos preciosos, pero no los pude usar porque eran de tacón alto y yo nunca había caminado con esas cosas; entonces me hizo limpiar mis sandalias. “Al fin y al cabo, están bien; son abiertas y te dejan ver los pies; tus pies son bellos, los tienes muy bien hechos. ¡A los hombres les fascinan los pies de la mujeres!” Un último comentario de la madama vuelve a inquietarla, pero de nuevo lo pasa por alto: “Ay, vas a dejar menso a un amigo mío que te voy a presentar”…

            Al día siguiente, desde horas de la tarde, la casa era una fiesta; se escuchaba música de baile, el rumor de gente conversando animadamente y riendo; digo, porque yo, bañada, con las uñas de los pies y las manos limpias y limadas, maquillada por la señora y vestida de blanco como una novia, seguía encerrada en el cuarto.

            Apareció madama Lupe portando un vaso con una margarita; claro, en ese momento yo ni la menor idea tenía de qué era eso ni cómo se llamaba; me sugirió tomarla “de a poquito” para sentirme bien. Me encantó esa bebida, por  ese contraste entre lo dulce del licor y el sabor de la sal puesta en el borde del vaso, y, en efecto, no más al primer sorbo, me sentí chispeante. Ella ríe complacida en tanto sale.

            Poco después escucho pasos y voces en el pasillo. Atisbo por una rendija de la puerta y de lo que veo me entra nervio. Un hombre grande, ancho, de apariencia basta, cubierto con sombrero de vaquero, viene con madama Lupe; a punto de entrar se detiene, mira fijamente a la mujer y en voz baja, aunque en un tono que me sonó amenazante, la interpela:

            ─ ¿Seguro que está purita? ¿Seguro que nadie la ha tocado?

            ─ ¡Ah, pues! ¿Cuándo te he quedado mal?

            ─ Bueno, pero te pago después de comprobarlo. Son muchos pesos ─masculla  el hombre, tratando de apartar a madame Lupe de la entrada─.

            ─ ¡No, mi cuate! ─replica ella en tono airado, bloqueando la puerta con su cuerpo─. ¡Tú muy bien sabes que aquí me pagan antes!

            ¿Antes de qué?, me pregunto angustiada.

            ─ Está bien ─conviene el hombre a regañadientes─.

            Echa mano a un cartera abultada que porta en el  bolsillo de su pantalón y saca un grueso fajo de billetes, dándoselo  a la mujer; ella se aparta y con una reverencia burlona lo invita a entrar 

            Pero no pudo. Habiendo comprendido de qué se trataba todo ese manejo, yo había cerrado la puerta con el pasador. Busco desesperadamente cómo salirme de ese feo trance; me asomo a la ventana, estamos en un segundo piso: demasiado alto para saltar con seguridad,  y abajo hay un pedregal.

            Golpean y baten la puerta y retumba la voz airada  de madame Lupe: “¿Qué pasa?” “¿Quién te mando a cerrar esa puerta?” “¡Abre esa mierda, grandísima perra!”  e improperios  semejantes.

            La desvencijada puerta seguro no aguantaría mucho. Trato de encontrar algo con qué defenderme; saco los cajones de una cómoda y en uno de ellos hallo unos de esos utensilios propios de las peleas de gallo: espuelas de metal bien afiladas que se amarran a las patas del animal. Las agarro con fuerza; así armada, con el corazón galopando en mi pecho, temblando, espero sentada al borde de la cama, con las espuelas en las manos puestas  a mis espaldas.

            La puerta finalmente se abre con un crujido. En el vano se perfila la figura del hombretón, con  una sonrisa cruzándole el rostro; detrás de él, madama Lupe chilla:

            ─ ¡Mira como joden estas aspirantes a puticas novatas! ¡Ahí la tienes, y si te sale con mariconadas, dale sus coñazos, pa´que aprenda!

            El hombretón parece de lo más divertido con el escándalo; en medio de una risotada, dice:

            ─ ¡No, mujer!, si  a mi gustan así, cerriles… ¡Pa´domarlas!

            ─¡Y esta puerta me la pagas con tu parcela! ─vocifera la Lupe dirigiéndose a mí─.

            Son las últimas palabras de la alcahueta antes de irse pisando fuerte, luego de cerrar la puerta, como pudo, a espaldas del sujeto.

            El hombretón se desviste parsimoniosamente, sin dejar de mirarme con ganas, en tanto yo permanezco sentada al borde del lecho, escondiendo mis manos;  aterrada, pero también decidida a defenderme hasta la muerte.

            Al quedar desnudo su aspecto trae a mi mente la imagen de un cerdo padrote; todo es mofletudo, grasiento y pesado en ese individuo; lo más impresionante es un chorizo grande y grueso a medio levantar, colgando debajo de su barriga; mis ojos no pueden despegarse de esa parte de su cuerpo.

            ─ Está de lo más bonita con ese vestidito blanco, pero se lo vamos a quitar…

            Y con esas palabras se aproxima a mí, hasta llegar tan cerca que su miembro viril, ahora del todo erguido, queda a la altura de mi cara.

            El cerdo roza la punta de su pene en mis mejillas; lo siento duro y caliente, un rastro de baba queda en mi piel; cierro los ojos evitando ver esa monstruosidad, comprimo los labios, volteo la cara, sacudo la cabeza;  el asco me produce una arcada; de haber tenido algo en el estómago lo hubiera echado para afuera. El cerdo deja a un lado su simulada amabilidad y me agarra por los pelos; me hala buscando levantarme para despojarme del vestido. Me muevo con la agilidad de una mariposa y pico con la ponzoña de una avispa; no sé cómo di ese certero tajo con una de las espuelas: la clavo  en la base de su miembro y a continuación tiro hacia abajo, abriéndolo en canal, en tanto hundía la otra en su nalga.

            Un alarido acompaña al sangrero que brota de la pinga seccionada a todo lo largo en tanto el canalla se revuelca  de dolor  y intenta restañar la sangre de su herida, sin dejar de aullar.

            Busco cómo largarme de ahí;  la única forma es saltando la ventana. Oigo el alboroto de la gente  corriendo por el pasillo, y así lo  hago, agarrando de paso el pantalón del hombre; fue uno de esos actos que a veces una hace sin pensar, por cuanto en ese instante pasó por mi cabeza como un rayo su gesto de guardar en el  bolsillo la cartera repleta de dólares.

            El golpe es brutal, al punto de hacerme perder momentáneamente el conocimiento; pero el vahído dura apenas un par de segundos; no tengo tiempo de quiebres ni lamentaciones; desde el suelo veo arriba, en la ventana, gente gritando y señalándome; ello me anima a sobreponerme al dolor; echo a correr a todo dar, sin advertir la cortada profunda en mi pantorrilla debida a  una de esas piedras.

            Por suerte es de noche; nadie anda por ahí, ¡Gracias a Dios!,  porque difícilmente habría pasado desapercibida una muchacha vestida como una novia, corriendo como loca, con el primoroso vestido blanco manchado de sangre, sangrando ella a su vez por una herida en la pierna, llevando un pantalón de hombre en sus manos.

            Corro y corro siguiendo el borde del mar: de pronto el corazón me da un vuelco. Me paro en seco, ¡he dejado mis pesos debajo del colchón!; pero de inmediato caigo en cuenta de llevar en mis manos un pantalón con  una cartera repleta de dólares; reconfortada por esa idea me animo a seguir la desaforada escapada, hasta quedar sin aliento; me refugio en un galpón abandonado. Una vez un tanto reposada mi primera ocupación es revisar la cartera. ¡Diosito santo!, diez mil dólares cargaba el canalla; eso compensa con creces los novecientos perdidos y me permitirá llegar a cualquier parte. ¡Ay!, ahora sí, con el sosiego empiezo a sentir dolores por todo el cuerpo; advierto estar toda maltratada, cortadas y moretones por todas partes y un dolor agudo en el pecho. La herida en la pierna es la peor; me ocupo de ella poniéndome un vendaje improvisado con un pedazo rasgado de la falda del vestido; así  logro contener la sangre y alivio el dolor. Me preocupa el haber dejado una pista de sangre por todo el camino; por mi experiencia en el desierto la sé  fácil seguir; de ser atrapada estaría perdida; seguro ya me andan buscando; no la policía sino algo peor: algunos sicarios de esos capaces de torturar y matar hasta a su madre por un puñado de dólares; tengo que irme de ahí, pero ¿a dónde?

            Sigo mi camino sin rumbo; cojeando, muerta de frío,  llego al muelle; se me cierran  los párpados de tanta fatiga y angustia; no puedo más. Me meto en un almacén cuyo portón encuentro entreabierto; cajas y cajas de madera, de todos los tamaños, apiladas ordenadamente;  busco donde tenderme a dormir, encuentro un rincón acogedor; hay unos sacos rellenos de una cosa suave; me dejo caer en ellos. Mañana trataría de llegar donde Pablo el pescador… Es mi única esperanza… Maña…

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