Impromptu. Una ofrenda al movimiento – PARTE I – / Michael Contreras.

Impromptu. Una ofrenda al movimiento

-PARTE I-

por Michael Contreras

“Ongaku wa ai no katashi desu
Kamisama ga ataete / kudasatta mono
kansha no kimoshi o / Ensoo shimasu”

[La música es un gesto de amor
de la Divinidad hacia nosotros, / y a la vez
nuestra respuesta con / pasión y agradecimiento]
Gerry Weil

Siempre he sentido que un buen espíritu me acompaña. Un daimon curioso, como recitarían los griegos, me ronda. O simplemente podría decir que he tenido suerte. Esto lo recalco porque agradezco la dicha de tener una pléyade de grandes humanos como profesores, maestros y guías que, con amor, comparten con nosotros su gracia.  

La primera vez que escuche el Aria de las Variaciones de Goldberg, fue de las manos antiguas y sabias de Gerry Weil. Había terminado una clase en su casa de Sabana Grande y compartíamos con emoción nuestras impresiones sobre Keith Jarret, cuando me confesó que estaba practicando desde hacía un par de semanas algo nuevo, ‘algo de Bach’, mientras sus ojos -tiernos y joviales- brillaban.

Sacó un libro de partituras, magullado de cariño y disciplina. Lo abrió, pasó un par de páginas, y ahí estaba, con sus anotaciones rojas, verdes y azules salpicadas por todas partes: el aeolo que invocó J.S. Bach hace ya 280 años. Me miró, sonrió, y se dispuso a tocar con suavidad, aquel viejo Yamaha que tiempo atrás le cobijó del frío, en la soledad montañosa de Mérida. Ahí, en esa cueva de concreto, escuché realmente por primera vez los ojos cálidos de Gerry. Él es, por siempre, un estudiante apasionado.

Es importante resaltar la fortuna de que haya sido el Aria y no la Variación #8, ni el Canon 9, ni la décima Fughetta, las que tuve a bien escuchar en primera instancia. No, ¡fue el Aria! El aire que insufla vida y esencia a toda la obra. Ahora sé que, mientras Gerry estudiaba esta pieza, aprendía simultáneamente sus treinta variaciones. Y es que la experiencia de las Variaciones se parece a despertar en el centro de un laberinto, sin haber atravesado umbrales ni pasajes en su recorrido… ¡Un laberinto sonoro donde la única Ariadna que puede salvarte está en tu oído!

Las Variaciones de Goldberg, como se ha acostumbrado llamar a la obra solicitada por un noble alemán circa 1741 en Leipzig, presenta un intrincadísimo sistema de Canones, Arias, Quodlibet, Danzas Barrocas, Overtures y Fughettas, compuestas por Johan Sebastian Bach para las noches en que Morfeo abandonaba los aposentos del conde de Dresde. Con ellas, Bach se adentra en la posibilidad, de dar cuenta de todas las formas de hacer música para teclado que existían en el mundo occidental de aquel entonces, dentro de una sola obra.

Todos estos treinta rizomas responden a un Aria, la primera. Después de ella, van apareciendo cánones cada tres piezas, en sentido ascendente, acompañados por patrones áureos que dejan claro el fundamento matemático de Bach, al momento de estudiar las diversos perfiles que puede expresar un mismo tema musical.

Y es que las variaciones no tienen el nombre de ofrenda, como si posee otra obra del autor. No obstante, si su arte es un gesto de agradecimiento hacia lo divino -como sugiere nuestro epígrafe-, entonces éste es el más complejo, esotérico y completo de todos los gestos.

Pensemos en esa palabra: gesto. Uno de sus vectores es el ‘sutil regalo’. Un gesto de amor es un claro presente. La etimología romana nos dice que el vocablo gestus tiene dos ríos afluentes: el participio pasado del verbo gerere -que “lleva y trae”-; y gesticulatio, que usaban para designar un “movimiento del rostro, de las manos o de otras partes del cuerpo con que se expresan diversos afectos del ánimo”. Bach, gestando su obra, gesticula entonces, una invitación a participar en lo sagrado, a con-sagrarnos.

En este tenor de ideas, la música es un conjunto de vibraciones que aparecen por el movimiento de un cuerpo -un gesto de la materia, podríamos decir-. Como palabra, está atada al cuerpo. Un gesto de amor de lo divino implicaría entonces una aparición, un phántasma, un semblante, ¡la delimitación de lo divino, la encarnación de una figura! Pero, ¿es tal cosa posible? Recordemos el gesto que configuró la historia del mundo occidental: Dios se hizo niño y se sacrificó por nuestros pecados. A este niño divino que gestó el hombre, es a quien Bach debe escribirle una pieza musical cada semana. Este es su trabajo como Kapellmeister.

El trabajo son los axiomas, los números, las notas, las ecuaciones de phi y lo que podemos estudiar claramente en su obra; pero el gesto, el gesto de amor de Bach hacia ese niño que tiene la carne de Dios, está más allá de las formulas. Eso que invoca en el espacio, en el silencio en el que todo su trabajo aparece, es lo que yo quisiera llamar sagrado. De ahí la fe que muchos encuentran en la música, como un ente que “proporciona alegría, paz, exaltación y éxtasis al ser humano”. La música “es un lenguaje que le permite alcanzar la divinidad y descubrir dentro de sí la armonía del universo”¹. 

Bach nos presenta un acertijo que con más de dos centurias se devela siempre nuevo, actualizándose con cada experiencia auditiva en la que participa. Uso las palabras ‘esotérico, acertijo, aporía’, porque a pesar de que Bach sigue patrones matemáticos por demás estudiados y medidos, constantemente nos hace sentir que algo se esconde detrás de las ecuaciones. Un soplo intuitivo se alza en sus florituras, y aunque encontremos la respuesta a cada una de sus cuentas numéricas, algo siempre queda suspendido en el aire, como asoma la metáfora del molino de Leibniz. 

Esto lo podemos ver claramente en el título con que se publicó la obra original: 

Ejercicios prácticos de teclado, consistentes en un ARIA con diversas variaciones para clave con dos teclados. Compuestos para conocedores, para el disfrute de sus espíritus, por Johann Sebastian Bach, compositor de la real corte de Polonia y de la corte del Elector de Sajonia, Kapellmeister y Director de Música Coral en Leipzig. [Núremberg, Balthasar Schmid, editor]. 

No hace falta ir demasiado lejos para constatar la observación que hicimos anteriormente. Si bien en la primera parte del enunciado, Bach presenta su obra con una calculada transparencia, lo que sigue a ello es la referencia a ese algo que se nos escapa; un espacio en el que los ‘entendidos’ disfrutan del espíritu, un sustrato en el que habitan esos patrones áureos que emanan de la experiencia mística de la creación.

De ahí el amor que tantos músicos como Gerry profesan al compositor. En sus palabras, Bach “es un transcriptor de la música, Dios guió la mano de Bach para hacer las fórmulas perfectas de la música diatónica. No hay nadie como él en el diatonismo”². Más allá de enseñarme el movimiento armonioso de la llamada música popular, Gerry Weil afirmó en mí y en la gran mayoría de sus estudiantes, la corazonada de que vivir dichosamente es agradecer cada movimiento que se percibe, cada cambio que experimentamos. Y me refiero con seguridad al verbo afirmar, porque con ‘80 años de juventud’ que lleva Gerry en este conteo terrenal, no puede haber duda de que ha vivido un tanto.

Sin embargo, y como es de esperar, todas estas reflexiones han ido cobrando forma en la distancia, con la pérdida del grund, lejos de Sabana Grande pero junto a su música, rumiando cada encuentro con Gerry. A raíz de no tenerlo a la vuelta de la esquina, entendí que la fuente original de ese agradecimiento que compartimos -en torno a la música como manifestación de lo divino-, se sirve de los elementos de la Armonía, para canalizar en la idea de mundo, un gesto de la creación. Un gesto que, al nacer de la producción, no se queda en lo pasivo, sino que -con fuego interno-, serpentea al afuera para derramarse en agradecimiento hecho carne.

Esta, creo yo, es la ofrenda musical que, una vez digerida, se puede llevar a cada campo de la creación humana. La ofrenda es agradecer activamente la posibilidad del movimiento. Tal como recita el maestro: “Que exploren todo lo que puedan en la vida, y que no paren nunca el trabajo disciplinado de aplicar lo que aprenden en hechos concretos… Hay que convertir todo lo que se aprende en obra, ¡aunque sea pequeña! Componer 4 compases bien hechos ¡es una obra!”³.

Aquel día que escuché por vez primera las Variaciones, no sólo quedé prendido del mantra armónico que debutara en su momento Goldberg para el mencionado Conde de Dresde, sino que también fui partícipe de una ardua tarea que Gerry se disponía a emprender, al estudiar la misma serie de signos que años atrás otorgara a Glenn Gould el conjuro de su fama.

Ésta no es cualquier cosa, y no me refiero a la extenuante tarea de estudiarlas y hacerlas vivir en el piano, sino al hecho de que las estaba aprendiendo, las estaba practicando. Hay algo escondido en la práctica y en el proceso de creación como tal, que siempre he sentido se desprende de la obra, una vez ésta terminada. Como si no tuviese ya todo consigo, aunque esté completa y repasada. En el hacer y en la práctica hay una disposición invisible de mostrar lo que participa en la obra, lo que se aparece, lo que se devela en el estudio y en la observación relajada de la creación.

Ningún ser vivo es antonomasia de lo sagrado, fuera del entorno deico-religioso en el que se manifieste, como J.S. Bach. Para todos los que aprecian la música como la vida misma, Bach es la voz de lo sagrado. Bach reproduce con su gracia lo divino del hombre. Él, quizás más que nadie en el mundo, encuentra refugio en el poema de Gerry. A nadie lo divino le habla tan claro como a él, y nadie responde con más pasión que Bach a su llamado. Porque “Bach no existe en la música. Bach es un escribiente de las fórmulas divinas, justas, sin que les falte nada. Todas las notas están, nada sobra, nada falta. Es para mí [para Gerry] el modelo de la música bien lograda”. 

Desde que Bach marcó su huella en el mundo, no hemos hecho más que organizar ciertos símbolos expresivos para aproximarnos a entenderlo, incluso, podríamos decir, para tenerlo cerca. Cerca porque lo que quiero expresar, en fin, es que Bach acerca lo divino a través de ese carácter sagrado que rezuma su obra. ¡Y lo acerca ofreciéndose!  Bach nos acerca al topos de lo divino con ese gesto que su música consagra: LA OFRENDA.

 


 
¹Entrevista a Gerry Weil realizada el 30 de Octubre de 2012 y publicada por el autor en: Rendón, Gustavo. Edición autorizada del ‘Manual de armonía aplicada al jazz y la música popular’ de Gerry Weil (Trabajo de grado). Universidad Central de Venezuela, Facultad de Humanidades y Educación, Escuela de Artes, 2013. p.43.

² Ibídem. p.45.

³Entrevista a Gerry Weil realizada el 30 de Mayo de 2013 y publicada por el autor en: Op.Cit. p.53.

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