El subterfugio místico tras la cortina militar / Por Miguel Von Dangel

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En primer lugar me parece necesario poner en claro que las conclusiones en el establecimiento de criterios por los que me regiré en adelante, no serán convencionales ni se remitirán a los valores acostumbrados en el análisis de la obra plástica de alguien que se ha dedicado como oficio al trabajo de artista profesional.

Este enfoque al ser expresado de entrada y de este modo, nos brinda la oportunidad sin embargo de algunas ventajas que deseamos aprovechar, cuando nos disponemos a hablar de un pintor en cuya actividad prevaleció un dejo de nostalgia, por ello mismo quizás un carácter fundamentalmente vocacional.

Un sentido entonces de vocación, de obediencia a un llamado sin el cual (y es mi personal opinión) el arte pierde en parte su original esencia, hasta degradar con harta frecuencia y verse convertido en producción de mercancías hasta hacer detectable la alteración de los valores profundos que tendríamos derecho esperar del mismo.

En todo caso trataremos de abordar el fenómeno desde la búsqueda íntima de una personalidad que a todas luces necesitó comunicarnos algo que se ubicaba más allá del profesionalismo como hombre de carrera y militar exitoso. En consecuencia hablamos de alguien consciente de la soledad desde la que intenta comunicarse por vía de la creación, estética en su caso.

La circunstancia histórica que nos toca compartir por estos días de dictadura eventualmente nos comprometería sensiblemente y en su peor acepción al banalizar la gravedad de una experiencia que por otro lado y bien entendida debería significarnos la alternativa entre libertad o sumisión.

Pero cuando hablamos de libertad obviamente hablamos de los instrumentos que garantizan su ejercicio, de algo que apenas un par de décadas  atrás entre otros poderes debía garantizar la institución militar, hoy día puesta al servicio de una forma de opresión ideológica- política que a pesar del riesgo que nos puede llegar a significar su mención es imposible ignorar.

Épocas distintas nos revelan y plantean distintas formas de relación entre el Poder- y el poder hacer o ser capaz de ello, por ejemplo, y sin extendernos demasiado en ello observemos como los artistas entre el siglo XIX y XX adoptaban el concepto militar de VANGUARDIA– apropiándose de él para hablarnos de un arte de avanzada por sobrentendido, enfrentando la censura y la represión que por su lado se arrogaban los poderes burgueses económicos y políticos de su momento.

Una reflexión que considero indispensable reformular y plantearnos en la circunstancia a la que nos vemos expuestos.

De otra manera, oportunidades como nos la ofrecen estos encuentros son propicios para recordar el origen común de una ética vinculante entre el espíritu que anima la Poiesis o verbo poético, en su defecto lo artístico si así se prefiere, y el mundo del guerrero en su más alta acepción. Conscientes de la diferencia entre el oficio militar y el mundo del guerrero posponemos dirimir estos conceptos para otra oportunidad.

Doy entonces por sobrentendido que lo militante o militar no se refiere exclusivamente a un oficio o a una especialidad de armas tomar.

El arte pues como arma o las armas como forma de arte que garanticen la dignidad del hombre libre, opuesto a su vasallaje en manos de otros poderes distintos a aquellos que le indiquen su espíritu independiente.

En tal caso la pluma y el fusil o la espada deben ser entendidos en su equivalencia o de igual valor sin más.

De tal modo la épica del poeta griego Arquíloco y su temprana y trágica muerte ubican el problema que tratamos en los albores mismos de nuestra cultura occidental.

En otro entorno y tiempo distinto el samurái Musashi, anticipa su último duelo – pocas horas previas al sangriento encuentro- plasmando sobre una hoja de papel de arroz con pocas enérgicas pinceladas lo que resultará en la trayectoria de idénticos trazos, al

golpe de sable que pondrá fin a la vida de su oponente, una hoja de yerba quebrada por la fuerza del viento que el espadachín artista supo intuir y plasmar antes del mortal desenlace.

No muy distinto el instante que costará la vida al joven oficial zarista Lermontov, -en el exilio al que fue condenado en las salvajes montañas del Cáucaso- en absurdo duelo de honor del que tampoco consideramos sea el momento de extendernos más allá de la curiosidad que logremos despertar en nuestros lectores.

Sirvan estos pocos ejemplos para ilustrar el tipo de vinculación sensible, coincidencias tal vez, con el espacio ético con el que nos hemos propuesto des-cubrir.

Y ya que hablamos de des-cubrir o des-velar, recordemos que la plástica pictórica no se da exclusivamente sobre un plano agregando al mismo líneas, colores u otros materiales propios al oficio del pintor.

Al contrario, al menos para mencionar a algunos de nuestros creadores, so

n muchos entre ellos los que intuyeron “la verdad” que necesitaron demostrar tras o bajo esa superficie, más que sobre la misma a manera de agregado.

En consecuencia, es en la disolución de las formas materiales concretas, valga el ejemplo de Reverón o de algunos artistas cinéticos, donde a la manera de un ejercicio Zen nos vamos despojando de materialidad, digamos que palpable, en favor de una ulterioridad imperativa que necesitamos constatar.

La obra pictórica del General Garrido Sutil (Gazut) se enmarca a mí ver en este contexto conceptual. Su amistad con artistas como Héctor Poleo seguramente nos da la pauta de una influencia inicial en las obras de manchas amorfas que este último terminara de practicar durante los años postreros de su actividad.

Igualmente y hablando de la disolución visual de las formas concretas, comprendemos cierto emparentamiento con el cinetismo de Soto y Cruz-Diez, sin menoscabo de una indiscutible originalidad propia a nuestro homenajeado.

Pues allí donde aquellos se valen de soportes y estructuras de barras de aceros y plásticos sintéticos, Gazut, recurre a la transparencia atmosférica que trasluce las veladuras de nubes en la lontananza apenas esbozadas de paisaje y ensueños.

Y como ya lo dijimos al comienzo, aquí la soledad se protege y/o abriga en el espacio de un vacío o en la nada simplemente, inasible y eterna de un destino singular.

Ya para concluir mi intervención hagamos mención de su cercanía con César Rengifo, la cual sin embargo remitimos a cierta coincidencia de orden ideológico, salvedad que hacemos de la posterior perversión de la izquierda política, desde tiempos ya remotos al descalabro de estos días, y que no dudamos debió sufrir nuestro comentado artista, probablemente con un sentimiento de frustración, no menor al que nos toca compartir a la distancia del incierto futuro que hoy debemos afrontar.

Miguel von Dangel

Inauguración de la exposición “Gazut”. Organización Nelson Garrido -ONG

21 de julio de 2018

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