EL CILICIO DE LAS ROSAS / Rubén Monasterios

Rubén Monasterios

EL CILICIO Y LAS ROSAS

El  Mal existe en el entretejido de un cilicio y en la esencia de una rosa

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Laura María cursó su educación secundaria en el Colegio de Santa Cruz, de las ursulinas, en Suiza. Ahí fue protegida  por una mujer que tomó para su vida religiosa el  nombre de María, sor María de las Pasionarias. Entre esta  lúcida dama, comentarista de Kempis, de Maritain, lectora   secreta de Voltaire y de Petrarca,  entonces en su maduración intermedia entre cirios. holanes  perfumados y pálidos lirios virginales, y la   bella pupila, apenas marcada por la pubertad más temprana, llegada de las lejanas tierras americanas y  semejante en su temperamento a una brasa  envuelta en pétalos de rosa, se estableció un vínculo…, por cuanto en el convento existía el tutelaje: las niñas tenían el privilegio ─un rezago de las normas renacentistas─ de designar a una monja cualquiera para ser su consejera y guía espiritual durante la vida de colegio. La  única exenta de esa obligación era la Madre Superiora, y Laura María lo sabía; no obstante, al corresponderle elegir, después de formalizarse su ingreso a Santa Cruz, y transcurridos los tres meses “de conocimiento”, optó por sor María de las Pasionarias. 

Desde haberla visto por primera vez en su reunión con Rectoría con las nuevas educandas la joven María (María a secas, porque su primer nombre, Laura, quedaría suprimido durante la vida escolar, por tener un aire “mundano y sensual”) quedó atrapada por el sortilegio de esa mujer virgen, de treinta y tantos años, hermosa y espiritual. A simple vista parecía una dama secular accidentalmente vestida con el hábito ursulino; pero una mayor intimidad revelaba cierta conciencia paradógicamente mística y racional. Su alocución a las nuevas pupilas la dijo en francés, un idioma con el cual la joven María ya estaba familiarizada. Se refirió la Madre a la necesidad de una sólida formación humanística de la mujer “que algún día llegaría a ocupar una  posición prominente en su sociedad…”; pero de  inmediato habló de la fe, de una fe profunda  y sustancial, de una fe dispuesta al martirio. Recordó a santa Ángela de Brescia y a santa Úrsula, la noble hija del rey de Bretaña que murió en la hoguera. A santa Hermenegilda de Capúa, descendiente de los barones que forjaron un imperio a sangre y fuego, y conoció el sublime tormento de la crucifixión; a santa Ángela, condesa de Loreto, ultrajada y descuartizada viva por los infieles… Y mientras recordaba las nobilísimas mártires de su orden, su voz fue subiendo de tono, y su  registro habitual de contralto dio paso a un tono agudo y vibrante, algo así como en el término medio entre el triunfo y el pánico; y un casi imperceptible trémolo agitó aquellas manos de dama que mantenía, entrelazados los dedos, a la altura del  pecho. 

Mientras hablaba, la monja fijó sus ojos en el tríptico esmeralda  y dorado de Cimbolio de Malta, colgado en el muro norte de la Rectoría, donde un Jesús andrógino crucificado anunciaba al Renacimiento. Fue así como Laura María creyó verla flotar sobre el pavimento; un  halo emanaba de su cuerpo y un par de ángeles de encrespada caballera sostenían sobre su cabeza una blanca, sangrante y temblorosa paloma. Así fue su visión.

La resolución de la  joven María causó revuelo en el convento y disertaciones muy discretas, íntimas, en las penumbras de los claustros, sobre el pecado del orgullo. Se le dio a entender que prácticamente era  imposible: violaba una vieja regla de Santa Cruz; no obstante,  María insistió y afirmó que en ese caso ninguna guía espiritual tendría. Entonces cierta tarde, después del Angelus, la Madre la citó a su celda.

Nadie supo jamás de qué hablaron en ese coloquio; pero al cabo de hora  y cuarto sor María de las Pasionarias salió de la celda llevando de la mano a la joven María; bajó a paso firme las gradas de  piedra, y ante el asombro de monjas y alumnas holgazaneando por ahí en su recreo, esperando la convocatoria a la colación de la tarde mediante las tres campanadas de rigor, cruzaron el patio, entraron a la capilla gótica del convento y se postraron ante la  imagen de santa Úrsula. Oraron; la monja con el rostro apoyado en sus manos; a su lado la niña, tratando de controlar sollozos y a veces estremecida por  escalofríos.

Aquella tarde la hermana decuriona no se atrevió a encender las luces a la hora prevista  y la capilla se fue inundando de sombras apenas rasgadas por la iridiscencia débil de las lámparas votivas. Y la colación vespertina se retrasó tres cuartos de  hora, haciendo que  una de las monjas de más alto rango se atreviera a subir al escabel a conducir  la    oración. Todas, monjas y niñas, estaban perturbadas; presentían “algo”, un acontecimiento disociativo de la entereza del sistema, sin saber de qué se trataba; algo enigmático. No hubo aquella tarde risas, parloteos ni juegos inocentes en las mesas; en cambio, silencios, intercambio de discretas miradas, susurrar de preguntas y conjeturas de oído a oído,  rubores… 

En la capilla sombría, sor María de las Pasionarias levantó al fin su rostro, fijó los ojos en la imagen de la santa y dijo en voz alta: “¡Perdóname, madre mía, perdóname, si ciega e irreflexiva, pude pensar que El Altísimo, a través de tu mano, pudo percibir a esta cosa pecadora que soy”… Con un gesto firme se levantó del reclinatorio, súbitamente emergió del éxtasis y, alarmada, percibió que había trastocado la vida cotidiana de Santa Cruz. “¡Dios mío!” —exclamó—,  y advirtió  a la niña apoyada en el otro reclinatorio, dormida a su lado.

Sor María  no dio ninguna explicación; simplemente anunció que a partir de esa tarde insólita haría una penitencia. Delegó en la Madre Matilde todos los asuntos administrativos concernientes al convento, así como las cosas del ritual. Su retiro espiritual duraría una semana; se encerró en su celda  y de comer pidió le llevaran un trozo de pescado cocido, caldo, pan y agua una vez al día.

Al cabo de la semana salió y todo en ella revelaba la crueldad mística a la que se había sometido. Se permitió aquella mañana dar  un paseo al sol. Cruzar el patio de Santa Cruz la fatigó; al apoyarse, exhausta, en una columna, brincó con un gesto de dolor como si la columna estuviera encendida… En realidad, no había nada en la columna. A día siguiente, severa y pálida, tomó su lugar en el consejo y formalmente informó que motivada por razones espirituales, había decido aceptar como pupila personal a la  joven María. Nadie se atrevió a indagar cuáles fueron esas razones de sor María de las Pasionarias.

Y así fue. En sus coloquios íntimos con sor María aprendió más la joven María que de sus maestras formales. Aguzó  sus nociones de griego y latín, transitó por la ciencia de la  Lógica, se emocionó con los  sonetos dulces y morbosos de santa Juana. También fue sor María quien la introdujo en los misterios del contrapunto y la fuga cuando, después del Ángelus vespertino, la  joven María, la primera entre un grupo de predilectas, se quedaban sentadas en torno al clavicordio de Shaapiarelli en la sala de música del convento. Con todo, los momentos de más honda comunicación entre la mujer y la niña fueron los de la intimidad en la celda de la Madre, cuando sor María la hacía venir para entregarse al coloquio y a la reflexión compartida. Entonces el sol de la tarde  filtrándose a través de los vitrales medievales encendía de dorado y rosaterciopelo los rincones, y sor María recitaba a Dante, o  hablaba, como en soliloquio, sobre sus dudas sobre la existencia de una infierno tan terrible, de su temor a Dios, de su amor por Cristo. Una noche explicaba a Voltaire y su discurso se tornó crítico, irónico, distanciante. ¡Casi llegó la monja a compartir ciertos puntos de vista del librepensador del Setecientos! Otra vez sor María le mostró a su pupila el extraño libro El Martillo de las Brujas; la  joven  María quedó fascinada y lo leyó  íntegro. De él aprendió a reconocer las hechiceras por el olor de sus axilas, por el aliento, por la presencia del familiar, por los pezones insólitos.  Se enteró de las torturas recomendadas para obtener su confesión de pacto con el diablo, y ávida, leyó  las descripciones que  hacían los inquisidores de de las orgías de Satanás  y las brujas. La impresionaron las anécdotas, en particular aquella en la que  un demonio llamado  Tricel, bajo la forma de un gato semisalvaje, se introducía por el agujero natural de la pequeña Mary Lanvin  y salía por su boca provocando un vómito sangriento. Jamás pudo Laura María liberarse del horror de esa lectura, por más que al comentarla con su tutora, la Madre insistió en que los abates Krammer  y Spengler tenían una imaginación “ardorosa y desorbitada”. 

Además del pensamiento religioso, hagiografías, inquietudes existenciales y asuntos semejantes, las rosas eran uno de los temas reiterados en sus conversas; ambas adoraban esas flores y se recreaban en la nutrida cantidad de historias, consejas, hechizos, simbolismos y poemas inspirados en ellas o que las involucraban. En alguna parte  leyó la joven María un comentario sobre el cilicio  y sus consecuencias; lo trajo a colación en uno de sus diálogos; lo suponía una especie de azote o cosa parecida. Sor María clarificó su idea; no, no era un  tipo de látigo, sino una prenda interior. El cilicio es una camiseta áspera hecha de piel de cabra que se usa ceñida al cuerpo, de modo que el roce lastime la piel y provoque muchas molestias; con frecuencia se llenaba de insectos que contribuían al malestar del usuario con sus picaduras. En el siglo diecisiete fue perfeccionado en su función de lastimar: el cuero de cabra fue reforzado con  fino alambre de púas, y hasta suplantado del todo por dicho alambre.  Mucho menos siniestro, aunque no del todo despojado de lugubridad, era el persistente tema de las rosas. Los poetas siempre han rendido tributo a las rosas y muchos de ellos declararon su anhelo de descansar con esas flores en sus tumbas. Habréis de cavar mi fosa allí donde el viento del norte pueda sembrarla de rosas ─escribió Omar Kahyam─. Por alguna esotérica razón, hasta el día de hoy ignorada, un deseo similar de Rainer María Rilke no ha podido ser satisfecho; fue enterrado en un  perdido cementerio del país de Valais, el 2 de enero de 1927 ―contó sor María― y antes de exhalar el último suspiro exigió le escribieran en su lápida sepulcral el siguiente epitafio: Rosas, ¡oh, pura contradicción!, no  ser el sueño de nadie, bajo tantos párpados… y que  lo dejaran descansar por toda la eternidad bajo rosales plantados en su sepultura; porque de acuerdo a una idea suya, al hundir sus raíces en la tierra las rosas sembradas sobre una tumba se alimentan de la materia de los muertos, captan  los misteriosos sueños del más allá y los hacen llegar al mundo material mediante su aroma;  aunque solo los poetas, los demiurgos, los iluminados, los sensitivos y los locos pueden interpretar sus mensajes. Así se hizo, pero las rosas se niegan a prosperar en ese sitio. Dicen que a causa del gélido viento alpino. ¿Será verdad? Sor María aclaró otro punto de duda a partir de una pregunta de su pupila. El uso del cilicio no es una práctica exclusivamente religiosa ni su propósito inevitable es martirizar la carne pecadora, darle reciedumbre a la personalidad y hacernos llevar una vida más espiritual. El rey Luis IX, animado por el Anhelo Faústico, lo usó durante casi toda su vida para  impedir dejarse vencer por el sueño y así disponer de más tiempo diario con el fin de dedicarse a estudiar. Otros notables de la Historia llevaron el cilicio, entre ellos Becket y Tomás Moro. “Como ves, no sólo los ascetas utilizaban el cilicio, sino también la clase laica, algunos personalidades de alto rango. No  obstante, es cierto que fue más popular entre la gente del el clero”. La joven María sentía una deleitable  obsesión por la Poética de las Rosas; cierta vez asombró a su tutora con una disertación:La belleza de la rosa es inefable, de aquí que la mejor forma de describirla sea esa frase críptica de Gertrude Stein: Una rosa es una rosa es una rosa”. El comentario pulso el ingenio y activó la erudición de la  monja: “¡Y ni el nombre importa!, porque lo que llamamos rosa, con cualquier otro nombre no tendría perfume menos dulce” ―citando a Shakespeare en Romeo y Julieta―. “A lo cual añado: ni forma menos mórbida y  voluptuosa”. Se dice de ella que es la reina de las flores; es símbolo del amor, de la virtud, de la confianza, de la virginidad, del misterio, del secreto, de la infidelidad  y del pecado; la rosa roja simboliza el amor apasionado, la blanca, el amor casto.; la rosada, significa franqueza, simpatía. La flor también significó el  pasar del tiempo y la fragilidad de la existencia; por eclosionar y morir en breve plazo, fue metáfora de lo efímero de la belleza; este sentimiento ya se deja sentir en los antiguos griegos y romanos y lo sintetiza el tratado poético  Rosas de Décimo Magno Ausunio: Coge rosas, doncella, / mientras son nuevas la flor y la juventud / y recuerda que tu edad se desvanece / como la de ellas… El tema se deja sentir en todos los poetas latinos y seguirá en la poesía de Ronsard, que está plagada de rosas: Mignonne, allons voir si la rose… Y de Fray Luis de León, en su indeciso febril debate entre el último aliento de neopaganismo y la cristiandad triunfante… La interrumpe la  pupila: Las mejillas hermosas,/cual nubes al Oriente arreboladas,/ más blancas son que rosas /de rojo matizadas,/cual colorados cascos de granadas. En  Divina Comedia el Paraíso tiene forma de una rosa; el Edén está lleno de rosas y el amanecer era el reflejo de la luz de todas esas flores juntas, del mismo modo que el melancólico fulgor del atardecer reflejaba las llamas del infierno cantó Rosamond Richardson. Las rosas también obsesionaron a los vates arábigo-andaluces; se hace evidente en el más notable de ellos, Ben  al-Zaqaq, de Alcira: Bebe el vino junto a la fragante azucena que ha florecido,/y forma de mañana tu tertulia, cuando se abre la rosa. /Ambas parece que se han amamantado en las ubres del cielo, /y que aquélla mamó la leche del alba y ésta la sangre del crepúsculo. En el ámbito de la cristiandad la rosa blanca es emblema de la Virgen María. Maravillada, sor María le dijo que de escribir lo dicho, tendría garantizada  una calificación de excelencia en la asignatura Literatura. Laura María le confesó haber amado la poesía consagrada a la rosa desde su temprana niñez; hasta llegó a formar un álbum grueso de esos poemas, muchos de los cuales sabía de memoria. Otra vez volvió sobre el para ella perturbador  tema del cilicio. La inquietaba eso de la elevación espiritual mediante el tormento. ¿Es el cristianismo una religión martiriolátrica? La monja recurrió a sus conocimientos de Escatología y Teología. ¿Puede el cilicio o cualquier otra forma de privación física voluntaria o de castigo, lograr que una persona sea más espiritual? No, la espiritualidad no depende de tales prácticas. Es más, el apóstol Pablo condena el “tratamiento severo del cuerpo” en Colosenses 2:23.  La verdadera espiritualidad se obtiene únicamente buscando el conocimiento de Dios mediante el estudio diligente de su Palabra, y aplicándolo a nuestra vida. Entre el clero y los feligreses fervientes no hay acuerdo conclusivo al respecto: un sector sigue a Pedro, otro no lo acepta como canon sino como consejo y asume otro criterio. Todavía quedan órdenes religiosas que siguen esa costumbre. “Ahora bien” ―acota con firmeza―, “lo cierto es que la carne es dominio del diablo, y  gracias a su poder exige complacencias; satisfacer los  apetitos hedónicos compulsa al pecado, ergo, nos separa de la espiritualidad, del bien, de Dios, nos aleja del cielo”…  “Lascivia, concupiscencia, voluptuosidad, sensualidad,  impudicia son pecados, y se oponen a la castidad,  honestidad y recato. En tal sentido, de ayudar el cilicio y otros  padecimientos corporales a  mantenernos en la buena senda, sean bien recibidos”. Una vez la Madre la recibió con ánimo tintineante. “Llegó esta mañana, ¡mira!” ―y le hace entrega de un libro―. “No tendrás tu álbum de poemas de Caracas, pero esto también es muy  hermoso. Es para ti”.  Era una antología de relatos y mitos inherentes a la rosa. A Laura María se le saltaron las lágrimas; impulsivamente abrazó a la monja y la besó con ternura en la mejilla. Sor María de las Pasionarias se puso tensa con el abrazo; el cálido apretón de los brazos de María le hizo exhalar un casi imperceptible quejido;  devolvió el beso de manera muy discreta y separó a la muchacha de su cuerpo. María abrazó y beso el libro; se sentó y  lo abrió. En una de las primeras páginas resaltaba un cita del poeta Sedulio,  precedida por una frase introductoria; la pupila la leyó en voz alta:  “… refleja en sus versos una de las tantas paradojas de la rosa, la transfiguración de lo carnal en lo divino: Tal como la adorable rosa, ella misma desarmada,/ florece entre espinas, y se vuelve corona, /así, brotando de la raíz de Eva, María, la nueva Virgen, /expió el pecado de la Primera Doncella. Sor María acota: “Y no es la única paradoja de la rosa;  he aquí otra: tanto como símbolos del amor, lo son de la muerte, de la más siniestra de las muertes posible; la rosa roja se vinculó a la peste, cuya primera manifestación es un brote de sarpullidos purpúreos de forma circular, que la gente llamó rosas. Durante el Medioevo, se hizo común asociar a la muerte la rosa blanca, por su lividez;  fue de rigor que una doncella fallecida bajara a la tumba llevando una de esas flores  en su seno”… “Y otra: La belleza y el perfume de la rosa simbolizan al amor, y sus espinas, las heridas que el amor suele causar”. “¿No te parece, María, que el cilicio y la rosa son de algún modo semejantes?…  Por espantar el pecado y alcanzar la Gloria de Dios te maltratas con el cilicio; para gozar del  perfume de la rosa debe uno pasar el suplicio de sus espinas”…

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Diecinueve, casi veinte años tendría Laura María al culminar sus estudios en Santa Cruz. La tarde de  su partida, estando a punto de llegar su taxi, fue a su último adiós  con sor María. La monja estaba sentada, en actitud indolente,  en su sillón personal, todo labrado  por algún artesano del bajo Renacimiento. Tenía la  monja la cabeza descubierta y su pelo cortado al estilo varonil peinado  hacia atrás, dejaba al descubierto las  orejas perfectas en sus ondulaciones y concavidades.  Sor María tenía en su regazo el tercer volumen de Byzantinesche Kultur und Renaisssancekultur, pero todo hacía sospechar que sólo había estado leyendo aquel librito encuadernado en cuero rojo puesto en el velador, a su lado. Casi podía uno percibir el calor de las manos de la monja en el libro. “Petrarca”, reconoció la joven señalando con un gesto vago el libro. La monja asintió, y  por su mente pasaron como ráfagas las imágenes del vate de Arezzo. Pensó que dejar a Petrarca había sido lo correcto, porque leerlo en su estado emocional era pecado. El rostro de sor María lucía fatigado, pero sereno; ya no era tan joven: pasaba  los cuarenta, pero conservaba esa belleza íntima, quiero decir,  interior, o que comienza a hacerse  interior de la mujer que declina. Asintió otra vez al escuchar entre las brumas de las imágenes de Petrarca y sus más íntimos misterios, la voz de quien había su pupila predilecta diciendo “Vengo a decirle adiós”. 

“¡América queda tan lejos!” fue la repuesta de la monja. María se postró a sus pies y apoyó la cabeza en sus rodillas. La mujer temblaba y se  hizo más evidente el frágil estado suyo al osar acariciar la cabellera de la muchacha. María miró  su rostro y tuvo la impresión de que la Madre estaba en éxtasis; como aquella tarde de cinco años atrás, al empezar el martirio. La monja tenía sus labios entreabiertos y húmedos  y los ojos extraviados como perdidos en visiones de ángeles moviéndose en adagio. Impulsivamente María se  irguió: apoyada en los brazos del sillón quedó arqueada sobre su compañera; se inclinó hacia ella y la  besó en la mejilla. La  monja no se movió y María permaneció  por siglos así, adherida por su boca a la húmeda y caliente piel de la tez de la mujer; sin atreverse a separarse ni hacer el menor movimiento,  no fuera a romperse el encantamiento. Al fin sor María reaccionó y con un movimiento tiernamente enérgico trató de ponerla a distancia; en el instante María tuvo tiempo de rozar con su boca la comisura de los labios de la otra que, esquiva, giró levemente su cabeza hacia el otro lado. Pero María no se retiró; se quedó en su posición original, arqueada sobre ella, tensa, en una actitud como la del depredador ante la presa. Sor María, en cambio, lucía turbada, no se atrevía a levantar los ojos y  mantenía sus  manos en sus rodillas. Trataba la monja de disimular el ardor de  una sangre tal vez  por primera vez tan diabólicamente convulsionada. Suavemente apartó a la muchacha, se levantó y se dejó ir hasta el lecho. María la siguió de cerca, al acoso.

—Seis años para esto… —murmuró María, parada a sus espaldas, entibiándole la oreja con su aliento—. ¿Acaso no entendías? —balbuceó, tuteándola por primera vez—.

         Sor María susurró entonces:

Fur quasi equali in noi fiamme amorose,

almen poi  ch’i m’avodo del tuo foco;

ma l’un la palesó, l’altro l’ascose...

Giró sobre sí misma  y siguió la recitación con voz opaca:

Pui de mille fiate ira dipinse

el volto mio, ch’amor ardeva el core:

ma voglia, in me, ragion giá mai nos vinse…

Levantó la mirada y vio de frente a María. Quedó aterrada. La muchacha estaba  lívida; un temblor convulsivo la agitaba; parecía a punto de estallar o desvanecerse. La monja la sostuvo en sus brazos y la apretó con fuerza contra su pecho.

—¡Entendías, siempre lo entendiste! —exclamó en medio de  un baño de lágrimas María—.

—¡Lo entendía todo, alma mía! Durante estos años evitarte fue mi cilicio y tenerte cerca mis rosas. Mi amor por ti fue el más íntimo secreto, el pecado, de esos que no se dicen al confesor… ¡Pero mi  penitencia fue evitarte, celar el amor que mordía mi corazón! ¡Mira, amor, cómo estoy de lacerada!

Y el vertiginoso estallido de su pasión, sor María de las Pasionarias se separó  bruscamente de su amada; con un par de movimientos impulsivos se despojó del hábito exhibiendo sus pechos y su espalda maltratados en los que resaltaban los verdugones debidos a los daños del cilicio; lucía callos, oquedades, surcos profundos de bordes endurecidos.

—Te amo tanto —terminó— que por ti temo haber perdido el Reino de los Cielos. Estoy condenada.

—¡Monja maldita! —le escupió María—. Te has condenado, sí, por cierto, sor María de las Pasionarias—. ¡Por Dios que te vas a quemar en ese infierno tan temido, pero no por causa de mi amor! ¡Jamás! Porque, ¿lo sabes?, Dios es amor y yo te amo hasta lo infinito.  Yo he cumplido con el mandato del Creador, tú lo has negado. Cotidianamente me estaba ofreciendo a ti en cada  gesto, en cada palabra, en cada mirada… ¡Si besaba las cosas que tocabas! ¡Ay, aquellos temblores míos cuando rozaba tu mano, o al sentir tu calor al sentarnos  juntas en el banco del clavicordio! De habernos acostado en esa cama, completamente desnudas  y con nuestra virginidad impoluta latiendo entre los muslos, ahora estarías salvada. Te condenas por malvada, por egoísta, por sensual, porque lo tuyo fue un martirio exquisito, sor María de los Cerdos, y parte de tu torcido placer fue percibir mis anhelos, angustias, mi desesperada sed de ti. ¡Ojalá tu castigo en el infierno sea el mío aquí, en la Tierra, en Santa Cruz: el del deseo sentido e insatisfecho.

No dijo más Laura María; giró sobre sí misma y salió a paso rápido desplazándose por el sendero que cruzaba el jardín de Santa Cruz y la conduciría al portón donde un taxi ya cargado con su equipaje la esperaba. La joven rezumaba cólera, frustración  y desesperanza; pisaba con fuerza, como si cada paso fuera una patada dada al convento, a la Madre, a la religión; sentía agitado su corazón  y su mente dislocada y  oscura. Al cruzarse con el parterre de los grandes rosales sufrió una conmoción; súbitamente quedó  petrificada frente al lote de arbustos florecidos y estalló en su mente aquel comentario sobre la similitud entre el cilicio y las rosas “Por espantar el pecado y alcanzar la Gloria de Dios te maltratas con el cilicio; para gozar del  perfume de la rosa debe uno pasar el suplicio de sus espinas”… Y sin que su conducta fuera impulsada por la conciencia o la voluntad, Laura María se arrojó de cabeza en el bosquecillo.

Corrió con suerte la dislocada  muchacha:  ninguna espina se clavó en sus ojos, pero otras se  ensartaron en sus mejillas, una en el cuello;  heridas superficiales, sí, pero destinadas a producir marcas indelebles. 

Como pudo, ahora hiriéndose las manos,  Laura María salió de entre las breñas. El dolor la hizo volver a la lucidez;  apreció su estado: no  percibió  nada grave; además, dada su depresión cargada de amargura y desilusión le importó  un bledo el incidente. Sencillamente restañó la sangre con una bufanda, se embozó en ella y siguió su camino. 

Así fue como  Laura María  abandonó Santa Cruz. Nunca más en su vida volvió a saber de aquella sor María de las Pasionarias, la más amada, y motivo de un fugaz acto de locura cuyas consecuencias fueron  esas  marcas, que veinte años más tarde la llevarían a reflexionar, viéndose en el espejo sin maquillaje: “Estas cicatrices  muestran en mi cara las heridas todavía abiertas de mi corazón”. 

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