Crónicas de la mendicación picaresca / Rubén Monasterios

Crónicas de la mendicación picaresca (I)

MENDICIDAD Y TEATRO o  PICARESCA A LA VENEZOLANA

En la Navidad la gente se vuelve tierna y sensible a los infortunios ajenos, de aquí que sea época de zafra para los mendigos. Evocó el interesante fenómeno en mi mente una escena vista en un centro comercial, no exactamente igual a la imagen que ilustra esta nota, pero semejante en lo concerniente al incongruente contenido: la mendicidad asociada a un recurso de información de alta tecnología y elevado costo. Lo que vi fue un mendigo ejercitando su oficio, montado en una silla de ruedas eléctrica; o sea, un recurso de movilización ─en este caso─ de alta tecnología y elevado costo. “Pordioserismo del Primer Mundo”, pensé.

          Siempre me ha interesado la limosnería, un fenómeno multidimensional, por cuanto involucra aspectos psicológicos, económicos, sociales, culturales: y como lo descubrí con el correr del tiempo, también… teatrales.

          A continuación, una anécdota personal que lo comprueba.

          En mis tiempos mozos frecuentaba la Biblioteca Nacional en su vieja sede, frente al Congreso. Mi ruta habitual seguía desde la Biblioteca, hasta la esquina de San Francisco; de ahí, al sur, hasta el Centro Simón Bolívar. Al mediar esa cuadra veía a un limosnero que despertaba mi compasión, tanto, que no vacilaba en darle algo de mi limitado pecunio. Era un hombre de unos 30 años o menos, lucía físicamente bien, pero tenía el brazo derecho amputado; bajándose la camisa, exhibía un muñón envuelto en gasas y estas dejando ver algo así como manchas de sangre; daba a entender que la operación había sido reciente. El sujeto yace sentado en el suelo, desmadejado; su cara es patética: inequívocamente refleja el dolor, la desesperanza, la amargura de la persona que ha sufrido recientemente tan severa y psicológicamente lesiva intervención.

          Un día, como a las 6 pm, voy por mi ruta y desde lejos veo al mendigo en un comportamiento inusual. A partir de escuchar la hora dada por el reloj de la catedral, señalando las Vísperas y con ellas el cese de la jornada cotidiana, el sujeto se levanta del suelo con la mayor agilidad, recoge su sombrero, lo revisa sucintamente: me parecer que hace un gesto aprobatorio; guarda el contenido en sus bolsillos, se pone el sombrero y su paltó, y se va a buen paso.  No puedo evitar pensar en el   individuo que habiendo llegado al fin de su jornada de trabajo, recoge sus macundales y se marcha a su casa.

          Inicialmente sorprendido, en un  tris olvido el asunto y sigo mi camino a pasito de león, viendo vitrinas, suspirando por esa cantidad de cosas que me gustaría tener, y no puedo comprar.

          Entrando al sótano del CSB me entran ganas de una cerveza. Hago un inventario de mis haberes: suficiente para un par de lisas; no alcanza para algún bocadillo que me sirva de pasapalo, ni mucho menos para una cena decente.

          Opto por uno de los infames tugurios que por aquellos días había en los sótanos del CSB. No le doy importancia a que sean locales poco recomendables por razones de higiene  y seguridad, porque, en compensación, los botiquines del área central de Caracas son más económicos; si espero llegar al Este para trasegar las cervezas, me van a clavar grueso y largo.

          Ese placer (de rumbear en la zona elitesca de la ciudad, aclaro) me estaba crematísticamente prohibido. Entre los poetas, pintores, escritores y demás especies de vagos, sólo podían dárselo los de la llamada “República del Este”, y eso porque contaban con el generoso patrocinio de algunos ricos que gustaban de compartir con los glamorosos artistas.

          Me  instalo en la barra. Súbitamente se reactiva mi sorpresa y viene a mi mente el recuerdo, al ver al mendigo de mis pesares siendo el alma de la fiesta de un grupo de individuos de aspecto proletario que ahí estaban, rajando caña y devorando a su antojo de una descomunal bandeja en la que se exhibe obscenamente un cruzado de costillas de cerdo y parrilla picada con yuca y hayaquitas, ensalada de aguacate y demás envidiables complementos. Brindan, carcajean, bromean entre sí, beben y comen; evidentemente, están gozando una bola. Diría que solamente faltaban las putas para que fuera una orgía divina. El manco, digo, luce el alma del jolgorio; se destaca por lo que parecieran ser chistes que cuenta, los demás lo celebran; de vaina no lo cargan en hombros. Me viene la sospecha de que tanta exaltación responde a que el manco es el paganini de la fiesta.

          Superado el breve vértigo que tuve al visualizar la bandeja del inaprensible cruzado, reflexiono, probando la cerveza, que me sabe amarga:

          ¿Y dónde está la amputación reciente que te hacía lucir la cara como la de Cristo en pleno martirio, grandísimo coño de tu madre?

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Crónicas de la mendicación picaresca (II)

SIRVENGÜENZURAS A LA ESPAÑOLA

          Experiencias personales e informaciones reiteradas cambiaron mi actitud hacia la mendicidad. Del sentimiento de compasión que me inspiraba el pordiosero en mi ingenua infancia, pasé a la curiosidad; los vistazos al trasfondo de la mendicación  me volvieron  escéptico y receloso; tales componentes en mi  mente despertaron, por último, el interés científico, llevándome a  realizar en mis tiempos universitarios observaciones casuísticas y hasta un estudio de conjunto sobre el asunto.

          Entre los aconteceres que indujeron los cambios se cuentan el caso narrado en el primer artículo de esta serie, los que contaré en este; noticias vistas aquí y allá sobre limosneros de oficio que al morir dejaron fortunas debajo del colchón; denuncias de mendigos ladrones o cómplices de ellos, narcotraficantes al menudeo,  farsantes, pillos redomados, explotadores de niños… Auténticos pícaros, cuando no nítidos delincuentes.

          Los pícaros son personas de baja condición social que han aprendido a ser astutos, ingeniosos y hasta de mal vivir para salir adelante. Obviamente, no todos los de esta especie son mendigos, y  no es raro que gracias a su habilidad en el quehacer de trampear al  prójimo, vivan principescamente. En sentido contrario,  podríamos  decir que si es bastante raro el mendicante que no es pícaro.

          La picardía, y en ese amplio abanico la mendicatura en papel relevante, tiene  un espacio amplísimo en las artes; tratándose de literatura, el estudioso Américo Castro cree que  la emergencia de  la novela picaresca es el  efecto de  una reacción antiheroica ante la decadencia de la caballería y  los mitos épicos medievales. A diferencia de otros géneros que presentan un mundo imaginario y fantástico, la picaresca muestra la vida tal como es; o, quizá, con un cierto maligno énfasis en sus miserias, vagabunderías, maldades y pecados.

          La obra picaresca más conocida es, sin duda, Lazarillo de Tormes (med. s. XVI), monumento de la literatura española de discutida autoría, siendo el candidato más probable fray Juan de Ortega, de la orden jerónima. No es la primera ni la única novela del género, aunque sí, al decir de los que del asunto saben, la más lograda; su lectura es indispensable.

          En su primera de las varias servidumbres a las que es sometido Lázaro, protagonista de una serie de aventuras extendidas de su niñez hasta la edad adulta, siendo un chaval es cedido a un limosnero ciego, mezquino, cruel y canalla.

          Las anécdotas aquí narradas hacen evidente que en España no han dejado de figurar personajes que lo emulan. Creo que la mendicidad hispana, en el s. XXI, no ha perdido el espíritu del ciego de Lazarillo.

          En efecto, la limosnería tiene sus peculiaridades nacionales. La ítala, tal como lo expondré la próxima crónica de la serie, se ha vuelto descarada, en el sentido de que el pedigüeño no se vale de los estímulos convencionales de los mendigos para activar la piedad, como muñones, llagas, aspecto zarrapastroso, invidencia y cosas semejantes.

          La francesa parece más discreta en cuanto a exhibicionismo de miserias; sobrevive el clásico limosnero “de puerta de iglesia”: ancianas enternecedoras y  viejecitos de apariencia desvalida, pero pulcros. ¡Hasta uno portando con la mayor dignidad sus andrajos, y  con su corbata, vi una vez!    

          Doquiera pulula un nuevo tipo de mendigo joven, precariamente vestido, sucio, maloliente, portador de su herencia íntegra en el morral del vagabundo sin destino, cuyos  ojos turbios y actitud indolente dan a entender que va “cargado hasta el culo”, como suele decirse.

          Estoy en un barrio de Sevilla; deambulo sin propósito, sólo empapándome del ambiente. Advierto una escena de las que, entre muchas otras,  compensan pasar unos días en esta ciudad y recorrer  sin prisa paisajes más o menos rurales de España.

          Avisto uno de los más característicos tipos de mendigo hispano, presente en el ambiente desde los tiempos medievales, o quizá desde antes: un mendigo penitente. Yace de rodillas frente a una iglesia, sus brazos abiertos en cruz; colgando del cuello escapularios  y un rosario; frente a él, un plato de peltre para recibir las dádivas. Tiene los ojos exageradamente abiertos y la mirada perdida en el infinito; su pose es hierática: permanece inmóvil; da la impresión de  estar en  un éxtasis místico.

          A los más cándidos asombrará la capacidad de algunos sujetos para mantenerse inmóviles en  una pose durante prolongado rato; cualquiera  un poco más corrido sabe que en el truco no interviene ninguna fuerza mística o sobrenatural;  uno puede entrenarse a tal efecto, y es la clave de la creación de los artistas que hacen la  performance callejera de la estatua  viviente, frecuente de ver en muchas ciudades. Una vez, mientras saboreaba un trago reposando en mi  puesto de  un bar, tuve la ociosidad de tomar el tiempo de una de esas representaciones; registré unos cuarenta minutos de hacer la estatua viviente sin el más mínimo movimiento de uno de esos singulares  histriones. Me cansé de mi observación antes que el artista de su actuación.

          Súbitamente la situación se activa; por  la esquina aparece una pandillita de rapazuelos, como gitanillos,  haciendo algarabía; desde lejos, se hace evidente que al percibir al mendigo les ha nacido la mala intención de fastidiarlo; tal vez pretendan robarlo. Una anciana señora que acaba de depositar su limosna al pasar al  lado del hombre, se para de jarras entre él y los zagaletones, como dispuesta a defenderlo, y les grita: “¿Es que no veis, ¡desalmados!, que es un penitente?” No obstante, ante la indiferencia de los vagabunditos a su regaño, opta por irse, haciéndose la señal de cruz.

          A todas estas, el indigente no se ha inmutado; sigue ahí,  de rodillas, estático, ajeno al mundo. De pronto, con un rápido movimiento  recoge del suelo, a su lado, un imponente garrote muy discretamente puesto en ese lugar; lo blande   parsimoniosamente en tanto pinta en su rostro la mueca de ferocidad más horripilante que pueda imaginarse. Los chavales no dejan de mofarse, aunque a prudente distancia, y  siguen su camino.

          Estoy en Madrid; espero la oportunidad para cruzar una calle; sentado en el suelo limosnea un hombre viejo de aspecto venerable; siendo despojado de los  lentes oscuros lo imagino un buen modelo para pintar un san Pedro. También lleva un bastón de contacto; evidentemente, es un ciego sin recursos. En mi noble corazón siento el impulso de dar mi óbolo al invidente. Casi a punto de llevar a cabo mi acto de caridad cristiana pasa una hembra de las que quitan el hipo, una mestiza de razas negra y blanca; soberbio culo, ¡mi Dios! En los debidos lugares de la anatomía, deseables colinas de suave declive; entre ellas ranuras, oquedades.

          No puedo evitar la risa al observar  la cabeza del pretendido invidente girando en dirección a la bella mujer, siguiendo su  ofídico andar con la mirada. ¡Por un pelín  no se quitó los anteojos!

Crónicas de la mendicación picaresca (III)

EL ESTILO ITALIANO

          Como lo hice ver en una crónica precedente, la mendicidad tiene una buena dosis de teatro. Lo pone de manifiesto la siguiente anécdota.

          Los más sofisticados limosneros italianos están muy por encima de los recursos convencionales; no se toman la molestia de aparentar sufrimiento, desvalidez o miseria; descubrieron que los europeos sienten un amor extravagante por los animales, en particular, por los perros, y explotan ese sentimiento en su beneficio.
          Estoy en Palermo; todavía no es el implacable ferragosto, pero ya hace calor. Disfruto de la bebida de rigor para ese estado de clima,  un tinto “de verano”, sentado en una trattoria al lado de una ventana, desde la que logro una visual extensa de la calle.

          (Y me tomo la libertad de una digresión para dar la receta del vino de verano, también llamado “de obrero”. Un vaso grande con hielo, llenarlo hasta la mitad de vino tinto y completar con soda, 7Up o  cualquier refresco de limón semejante;  añadir limón natural al gusto. Se puede potenciar con  un toque de un aguardiente de su agrado. Ideal para los tiempos cálidos, pero ¡cuidado!:  refresca, es sabroso y se deja colar; en consecuencia, tintos van y vienen y sin darse cuenta termina uno borracho.)

          Observo a un hombre joven, bien parecido y vigoroso sentado en el suelo; tiene los brazos  laboriosamente tatuados al descubierto; parece un marinero en desgracia.       Pero de ninguna manera pretende estimular compasión; su apariencia es plácida, como si estuviera ahí por puro gusto, tomando el sol. A su lado yace, relajada, una perra de raza indefinida, entre cuyas patas juguetea un adorable cachorrito.
          El sujeto ha puesto un cartel escrito a mano en  un pedazo de cartón, con la siguiente leyenda: “Tatiana il suo cucciolo et Io abbiamo fame”. (“Tatiana, su cachorro y yo, tenemos hambre”.) Las limosnas se prodigan y el hombre agradece cada dádiva con amable y risueña gentileza. Su conducta en nada se parece a la actitud humilde del mendigo común; más bien, diría yo, es un ademán cortesano.

          Veo que el individuo se levanta y a buen paso viene hacia el establecimiento donde me encuentro. El  hombre que atiende el mostrador y él, se tratan con ruda cordialidad; le sirve un buen vaso de grappa; conversan y bromean mientras el bribón trasiega su aguardiente…

          No he perdido de vista a Tatiana y su perrito. En tanto su dueño está ausente una anciana señora vence las durezas de su lumbago y se inclina para acariciar a los animales, dejando una limosna, naturalmente. Una nena insiste en cargar al perrito. Tatiana no lo impide; más bien mueve la cola con languidez, como dando señal de aprobación. La dama que  acompaña a la niña, conmovida, deposita unas cuantas liras en la gorra dispuesta a tal fin. Un paseante, hombretón gordo, mira con gravedad el cuadro, deja su óbolo y sigue, restañándose una furtiva lágrima.

          Las venidas, embuchamiento de caña y regresos adonde lo aguardan Tatiana y su prole se repiten un par de veces más.

          Decido seguir mi camino. Paso frente al simpático pícaro y mientras me detengo para aportar mi limosna, le digo: “¡Bravo, maestro!” y hago un gesto de aprobación un tanto reverencial.

          El hombre me mira, al principio sorprendido, pero al instante comprende; ríe de buena gana e intercambia conmigo una mueca burlesca de complicidad.

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