Cómo dejar una biblioteca / Jesús Torrivilla

Para Alcira

Antes de irme de Venezuela hice una biblioteca en mi casa. Sigue ahí, es pequeña, no sabría decir cuántos ejemplares tiene, pero me cupo en una sola pared. Puedo decir que hay libros que extraño, poemarios manchados con pintura de labios, rarezas de museo encontradas a precio barato, libros que han viajado conmigo y que alguna vez me propuse marcar con un exlibris por cursilerías de la permanencia.

Hice la biblioteca con el dinero de mi última liquidación, a toda velocidad mientras ya se presagiaban las nubes hiperinflacionarias. Hoy lo que costó probablemente no alcance para un mercado, pero ya le perdí el ritmo a los ceros del bolívar. Las últimas borracheras que tuve que Caracas fueron alrededor de esa biblioteca: la hice con un estante que sobresaliera para poder dejar allí libros abiertos, revisarlos y, por supuesto, presumirlos. Esa vez varios amigos se llevaron libros y yo tenía la secreta esperanza de volver para buscarlos. Soy celoso de mis libros pero no cuando los tienen mis amigos: que se los lleven, que los vuelvan a regalar, que los subrayen, los quemen o no me los devuelvan. Que se inventen una excusa o que nunca más hablemos de ellos. Pero me pasó que algunos amigos, antes de irse, me regresaron libros y, para mi sorpresa, fue un momento triste, como si también le quitaran unos ceros a la posibilidad de volver a vernos. Los libros que no me preocupa devolver ni que me devuelvan son todos de amigos.

Me vine a México no con libros queridos sino con bibliografía. Libros pesados que probablemente no iba a encontrar y que necesitaba para escribir. Los veo todos los días y me pregunto qué hacer con ellos, si los tendré que donar antes de alguna mudanza o si los quiero de vuelta a su país para que no les quiten el trabajo a otros libros. Los libros de arte en Venezuela siempre se han hecho pensando en mesones y en bibliotecas pretenciosas. Pocas colecciones baratas, para leer. De qué me sirve un libro tabloide con páginas de revista de moda, tan molestas para subrayar; o poemarios que se desdoblan en bellas cajas múltiples que no pueden viajar en un bolso sin arruinarse. Cada vez me gustan menos los libros bonitos: no los leo, no los toco ni quiero gastar dinero en ellos, aunque a veces deseo secretamente que me los regalen. Me disgustan los libros hechos para el reposo. O debe ser que no tengo manos delicadas ni he sido jurado de premios.

Me siguen gustando las salas con libros, los cuartos con libros. No puedo decir que no tengo libros, inclusive que no he devuelto. Pero trabajo en una universidad con una buena biblioteca, la mejor que he tenido cerca y esos sí los entrego a tiempo. Como no puedo subrayarlos leo con una libreta al lado y anoto, guardo el número de página, transcribo en la computadora. Tengo archivos desordenadísimos, pero me prometo todos los días corregir eso. Cada vez tengo mas libros digitales, que descargo obsesivamente aunque no lea, como si todavía estuviesen envueltos por el plástico de cuando los compras. Tengo otros subrayados y disfruto verlos en la pantalla con todas sus páginas iluminadas en simultáneo. Confío en las palabras clave para que cuando los recuerde aparezcan en el buscador y no por mi inexistente disciplina para clasificarlos.

Compro menos libros que antes y, aunque lo haga, los dejo en el camino: los presto sin pretender que me los regresen, aunque nunca diga que los regalo, por un orgullo que quizás no sea de lector sino de examante. A veces me preguntan cosas y quisiera tener mi biblioteca, pero la memoria de mis referencias se acostumbró a estar minada de missing links, libros con fecha de caducidad que se cerraron, desaparecieron, o están demasiado lejos. No quiero pensar que voy a necesitarlos.

Pero esta despedida no es fatalista. Es una muerte como la mexicana: que regresa una vez al año siguiendo un camino de flores, para darse un banquete. Una amiga una vez me dijo que para mudarse de país había que concentrar todo el cariño en un solo libro que quisieras llevarte, pero esto también me pareció muy triste. Quizás la biblioteca que persigo es otra parafraseando predeciblemente a Benjamin, un caos de la memoria en que el desorden se haya acostumbrado tanto a sí mismo que ya parezca un orden. Me siguen gustando los libros aunque ya no me desvele guardarlos. Los míos son los estantes precarios de varios países y varios discos duros. Son libros que saben decir adiós y que me han acostumbrado a mí a hacerlo. Debe ser esta la forma de habituarme a ese desorden que insistí en no ver cuando antes de irme de mi casa hice una biblioteca.

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