“¿Para qué quiere la Coca-Cola un muerto?” / Ricardo Sarco Lira

“Ya no quiero ver esa postal: esa foto me retuerce

las heridas de la memoria.

(…)

Ya no quiero descoser el borde de los ruedos de tus

pasos advertidos en silencio, en pasado simple, en ayeres

malqueridos.

Ya no quiero ser la herida vieja de otra memoria.”

César Segovia, Último tren

Una tela blanca, sucia, se extiende como un sinfín en la escena. La acción transcurre en un apartamento derruido con vista al mar. Un juego de muebles de mimbre, con cojines verdes, se encuentra en el centro: un sofá, una poltrona y una mesa para el café. Del lado opuesto a la poltrona un escritorio alberga varias botellas de ron y vasos de plástico y vidrio, de un lado está cubierto de fotos del Che Guevara. Entre el público y la escena una baranda fabricada con tubos de distintos materiales y medidas. El sonido de las olas rompiendo contra las rocas se oye tenue a la lejos, como un recuerdo, casi.

En El padre de todos nosotros cinco hermanos se reúnen, tras mucho tiempo, para tomar una decisión respecto a la memoria de su difunto padre.

 

La acción ocurre en el derruido apartamento de la familia ubicado en un pueblo costero de España. El ambiente descrito por los personajes es el de las ruinas de un pasado próspero: un paseo tragado por el mar, negocios cerrados, un escondite infantil tornado lugar de trabajo para las prostitutas de la zona, un edificio con terraza al cual el mar le ha ido socavando los cimiento, una costa que ya no existe. Las referencias constantes a una fuerte crisis económica, al franquismo y a un tiempo pasado que se presenta como una edad de oro, como la seña de un paraíso perdido, ayudan a crear un ambiente propicio para la nostalgia y para la idealización de la infancia —las fotografías carcomidas del Che que decoran el bar y la apertura de la pieza con Mirta cantando inspirada Aire del grupo español de los ochenta, Mecano, son sólo otra parte más de este andamiaje nostálgico—. Todo tiempo pasado siempre fue mejor.

El montaje del Centro de Creación Artística TET está dirigido por Guillermo Díaz Yuma y el elenco lo conforman: Iván Dalton (Ramón), Patricia Castillo (Mirta), Sara Azocar (Luz), Silvia Gouverneur (Cristina) y Richard Mercado (Ernesto).

La obra se ha presentado en varios países hispanohablantes y, cómo comenta el director del montaje del TET, su título ha variado dependiendo del país y, posiblemente, de ciertos rasgos ideológicos. La obra, del dramaturgo español David Desola, es del año 2013 y su título es, casi indistintamente “El padre de todos nosotros” o “No se elige ser un héroe”, título por el que se le puede encontrar con mayor facilidad en Internet. Ambas frases se repiten hasta el hartazgo a lo largo de la obra. La primera, un reclamo caprichoso, infantil sobre el sentido de pertenencia de los hijos para con el padre, sin importar el estado de la relación entre ambos: “Es el padre de todos nosotros, Mirta. No lo monopolices.” reclama Luz a su media hermana Mirta en varias ocasiones.

Flyer promocional del montaje de El padre de todos nosotros en el Centro de Creación Artística TET

La segunda frase, un eslogan de una campaña publicitaria. Una mentira. Una verdad a medias, si se quiere. Tras la muerte del padre a sus ochenta años al salvar a una niña de ahogarse en el mar frente a su apartamento, sólo para ser arrastrado por el oleaje contra las rocas de la costa, la Coca-Cola ha expresado interés en utilizar su imagen para una campaña publicitaria. Una sencilla secuencia resumirá la vida del progenitor: las imágenes del momento en que logra salvar a la niña, registradas por un vecino, y un fundido en negro tras lo que aparecerán escritas las palabras “No se elige ser un héroe” y el logo de la marca.

Los hermanos comenzarán así un intenso debate: ¿Merece tal destino la memoria del padre? ¿No sería bueno lograr sacar algo de provecho al viejo que tanto dolor les dio en vida? ¿Fue él, en verdad, un héroe?

El motivo de la reunión será decidir si deberán darle permiso a la empresa para utilizar la imagen del padre, lo que podría hacerlo millonarios al instante, o si vale más la integridad de este y el respeto a sus ideales. Mientras Luz insiste de forma casi agobiante en leer el brochure de la Coca-Cola y ganar a sus hermanos a la causa, Ramón, su gemelo, sacará las garras y los dientes para defender el pasado idealizado de un padre heroico, comunista y revolucionario antifranquista.

“RAMÓN: Hay que posicionarse en determinados momentos: yo, por ejemplo, soy de los que piensan que el mundo sería mejor sin Coca-Cola.”

Enredados en una discusión ideología los hermanos debatirán sobre el pasado comunista de su padre y cómo estos ideales marcan a un individuo hasta mucho después de su muerte. El comunismo y el capitalismo, los dos grandes titanes ideológicos del siglo XX, las dos grandes potencias políticas serán el tema de discusión.

La Coca-Cola quiere un héroe, alguien que le ayude a buscar nuevas maneras de vender su “jarabe” dulce que para Ramón, el comunista de los cinco, no sabe a nada que pueda ser identificado en la naturaleza; es sólo un producto más que las grandes industrias han insertado en la vida de los ciudadanos y les han enseñado a amar y a necesitar. La escultura Love (1972) de Marisol Escobar viene a la mente: una boca que recibe una botella de Coca-Cola como un biberón, como un embudo, como si fuera el pecho de una madre de la cual el bebé toma. Un gesto fálico, una felación amorosa para obtener el preciado elixir.

Marisol Escobar. Love. 1972. Imagen cortesía del MoMA.

Pero si el capitalismo precisa de héroes, de figuras lanza para entrar en las mentes de los ciudadanos y jugar con sus emociones, dejándoles mensajes subliminales, ¿no ocurre lo mismo con el comunismo? Las imágenes del Che que cubren el bar del apartamento parecen estampillas religiosas, el padre se convierte a los ojos de Ramón en un campeón, en un valeroso guerrero de sus ideales, sin importar que su vínculo afectivo se haya roto hace mucho. ¿No se convierten ciertas figuras de la política afines a la izquierda, en mártires de la causa? Para el historiador escocés Thomas Carlyle: “El culto al heroísmo existe, ha existido y existirá para siempre en la consciencia de la humanidad.”

El refresco sabor a cola se convierte, así, en uno de los leit-motiv de la obra, en la excusa y objeto detonador del conflicto a través del cual se irá tejiendo la imagen del padre ausente, de la infancia perdida y se irá descubriendo, poco a poco, la verdadera tragedia familiar.

Un secreto lo suficientemente grande como para dividir a una familia amenaza con salir a la luz. Enquistada hace años la verdad irá surgiendo a través de viejas rencillas, fotos familiares, recuerdos borrosos y celos de hermanos. Como el mar que se come los cimientos de la casa familiar, un secreto ha ido carcomiendo las bases de la familia.

“LUZ: Esta terraza se vence… El mar se come el apartamento de papá, Ramón. Se vence cada vez más… Tú no lo notas porque vives aquí, pero yo, que no había vuelto desde la muerte de papá, puedo verlo. Cada vez hay menos playa, el mar se come los cimientos y la terraza se vence… Antes no estaba así. El mar se come nuestra infancia, poco a poco, Ramón, como se comió a nuestro padre.”

La pieza de Desola va escalando o, mejor dicho, va descendiendo progresivamente. En medio de momentos hilarantes y un fino humor negro el espectador se encuentra, sorprendido, con la revelación de la tragedia. “Es una comedia, pero no es una comedia amable”, dice su autor quien denomina a sus obras no como tragicomedias sino como “comitragedias”, debido a que inician como comedia y terminan en tragedia… De manera un tanto análoga a la forma en que se toma la situación actual del país…


A mediados de marzo, en medio de la crisis más brutal de servicios que ha enfrentado Venezuela en su historia republicana, tras muchas horas sin luz, sin agua, teléfono ni internet, recibí una invitación a ver El padre de todos nosotros en el Centro TET. Acepté gustoso.

Un segundo apagón atrasó mis planes. Terminé asistiendo en el penúltimo fin de semana del montaje. Era mi intención que esta nota saliera antes de que terminara la temporada.

Mi única certeza es haber salido de esa sala sacudido hasta los huesos, conmovido después de haber reído con ligereza a lo largo de la obra. Quizá esa sea la manera en que los hispanos entendemos la catarsis, la manera en que asimilamos con mayor facilidad los horrores del mundo. No sé a esta altura si es un acto de reconocimiento o de evasión… Pero un verso de César Segovia retumba en mi cabeza:

“Reímos para no ser el ánima que llora el desvelo de saber[ser].

Reímos frente al umbral para no ser el miedo que descansa en la inminencia del reconocimiento.

(…)”

***

Obras consultadas

El padre de todos nosotros. En: http://www.centrotet.com.ve/elpadredetodosnosotros.html (24/03/2019)

SEGOVIA, César. Próximo tren. Caracas, Venezuela: Cerro Elberto Editores. 2014

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