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Almas Envenenadas/ Por Agatha de la Fuente

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[Almas envenedadas II]

Agatha de la Fuente

ALMAS ENVENENADAS

Cuando se necesita dar explicación a tanto desastre y destrucción; a la persistencia de malignidad que excede toda crueldad; al despropósito de vivir que se traduce en retroceso cultural y ausencia de paz social, se buscan respuestas allá donde puedan estar…

El psicólogo Inglés, Charles Spearman, aseguró en 1923, que la inteligencia se compone de un factor general identificado como Factor G; evidenció a través de psicometrías, la probabilidad que individuos que obtenían puntuación alta en ciertas pruebas de inteligencia, podían obtener resultados similares en otros test con misma finalidad.

Bajo este principio de similitud, una posterior investigación realizada por un grupo de psicólogos alemanes y daneses, avanza sobre el análisis del psiquismo humano y la personalidad. Su estudio, aplicado en 2.500 encuestados, condujo a identificar la existencia de un denominador común en el origen de la maldad humana, lo llamaron el Factor D. Éste se encontraría presente en lo que clasifican como los nueve rasgos oscuros de la personalidad: egoísmo, maquiavelismo, desconexión moral, narcisismo, derecho psicológico, psicopatía, sadismo, interés propio, rencor.

Según el estudio, el Factor D es “la tendencia general a maximizar el interés individual sin tomar en cuenta su inutilidad y/o el daño que puede ejercer sobre otra persona o comunidad”. De acuerdo a la investigación, una persona que exhiba uno de estos rasgos en su personalidad tendrá una probabilidad mayor de manifestar actos que relacionen o involucren los otros rasgos.

Ingo Zettler, profesor de psicología en la Universidad de Copenhague y principal responsable de esta investigación, dijo: “Los rasgos oscuros tienen mucho más en común que lo que los diferencia. Y el conocimiento sobre este ‘núcleo oscuro’ puede jugar un papel crucial para los terapeutas que trabajan con personas con estos rasgos específicos”.

El estudio abordó interrogantes que dejarían al descubierto la tendencia del comportamiento y toma de decisiones de los participantes frente a hipotéticas situaciones; así como su egoísmo y probabilidad de vincularse en acciones nada éticas.

Enunciados como: “Difícil avanzar sin hacer alguna trampa”; “Bien vale un poco de mi sufrimiento por ver a otros recibir el castigo que merecen”, o “Sé que soy especial, todos me lo dicen” fueron respondidas mayoritariamente de forma afirmativa. 

Zettler explicó que en una persona el Factor D puede manifestarse como psicopatía, narcisismo, egoísmo o cualquiera de los otros rasgos oscuros, o bien como una combinación de varios; expone: “Nuestra gráfica del denominador común de los diversos rasgos oscuros de la personalidad, permite establecer que determinada persona tiene un Factor D alto. Esto se debe a que el Factor D indica la probabilidad de que una persona participe en el comportamiento asociado con uno o más de estos rasgos oscuros”. 

Inevitable hallar en este revelador conocimiento una utilidad inmediata sin precedente que bien podría aplicarse en ámbitos laborales, en especial, en el  político. La identificación del factor D en los aspirantes a cargos de poder permitiría prever la conducta y/o tendencia de los futuros responsables de dirigir a toda una sociedad. Entonces el criterio de elección se expandiría más allá del carisma, posible capacitación y don de oratoria y persuasión; rasgos elementales no siempre eficaces ni fiables. 

Aún más, ampliando la perspectiva de los beneficios que aportan estos citados estudios, el Factor G y el Factor D bien pudieran quedar entrelazados bajo el punto de vista filosófico de Albert Camus quien sostenía: “el mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia”; para Camus, el hombre no es por naturaleza malo, pero su conocimiento de sí mismo y comprensión de la existencia es limitada; de allí que sus actos más execrables estén guiados por la ignorancia; a su juicio: “no hay verdadera bondad ni verdadero amor sin toda la clarividencia posible”. Y es que la ignorancia es una carcoma; no siente estima, no respeta creación, valores ni estética; es incapaz de evaluarse para liberarse de sí misma. Condición que alumbra una realidad evidente en la actualidad de algunas naciones; un ignorante puede llegar a creerse un líder, pero aun ejerciendo como tal, nunca lo será; quien desconoce su esencia solo puede arrastrar al abismo a aquellos a los que pretende liderar.

Ahora bien, si la investigación The dark core of personality, (Factor D) de Moshagen, Hilbig, & Zettler es la más reciente, no es la única que se haya planteado este principio de la maldad humana. En la década de los sesenta el psicólogo Stanley Milgran realizaría un experimento controversial para averiguar la disposición de un grupo de personas a obedecer a la autoridad, incluso cuando creara conflicto con su consciencia y propios valores morales. El experimento simulaba que unos sujetos activos  o ejecutores, ciegos (ignorantes de las condiciones del experimento) causaran daño a través de descargas eléctricas aplicadas a sujetos cómplices, que fingían las previsibles consecuencias de tal acto; los sujetos activos  eran “presionados” por una figura de poder para aumentar la intensidad de las descargas, pese a ser consciente del perjuicio, incluso del riesgo de muerte del receptor. Si bien algunos participantes interrumpieron el ejercicio, el resultado finalizó con un 65% que si culminó el experimento hasta el término de mayor gravedad. Entre las conclusiones recopiladas por Stanley, es interesante destacar las siguientes: a mayor proximidad a la autoridad mayor obediencia; a mayor formación académica, menos intimida la autoridad y menos se obedece; al cumplir órdenes de una autoridad, el sujeto se exime de la responsabilidad de sus actos, pudiendo encubrir en ellos impulsos sádicos. De aquí se desprende que la obediencia a la autoridad si bien es uno de los pilares de la sociedad y garante de su seguridad social, podría resultar un arma de doble filo que podría degenerar en conductas excesivas, lo que explicaría fenómenos político-sociales en algunas naciones donde la obediencia a la autoridad terminaría institucionalizando la violencia.

Para los criminólogos, el experimento Milgran representa uno de los más valiosos de la psicología social, al poner de manifiesto cuán frágil pueden ser los valores humanos frente a la obediencia a la autoridad. 

En consecuencia, una vez más se fortalece la conveniencia de escoger con reflexión y especial cuidado, seleccionando a los más adecuados entre los sujetos destinados a ejercer una posición de poder; esto, si lo que persigue la sociedad es su desarrollo, seguridad y bienestar común.

Con el mismo móvil, el psicólogo norteamericano Philip Zimbardo, ideó el experimento de La cárcel de Stanford. En la recreación imaginaria de un centro penitenciario, un grupo de voluntarios fueron divididos para representar los roles de presos y guardias de control; el experimento se suspendió prematuramente dada la sorpresiva perversidad que se desató entre los participantes que asumían los roles de poder. El experimento causó “conmoción emocional” en muchos de ellos quienes no encontraron explicación a algunas de sus reacciones. 

Realmente, lo realizado por la ciencia es la confirmación de lo que uno siente en la vida cotidiana, deambulando a diario por las calles; ese algo que pulsa en el alma humana y hace que en vez de confiarnos, vayamos con el paso receloso dispuestos a protegernos, a defendernos. 

Lo ha puesto de manifiesto Marina Abramovic, reconocida internacionalmente por su notable dedicación a la performance; lo intuía a partir de esa  fibra sensible que hace a todo artista interpretar la complejidad de la existencia. 

En 1974 decidió testar la naturaleza humana, arriesgándose al presentar Rhythm O, puesta en escena en  la que declaraba por escrito en un cartel junto a ella: “Soy un objeto. Me hago responsable de todo lo que pueda suceder en este espacio de tiempo. Seis horas”; y en una mesa objetos de “placer” y “destrucción” para ser usados por un público enfundado en su anonimato y con una poderosa licencia para actuar liberados de toda responsabilidad. Si bien recibió muestras gratificantes también fue peligrosamente agredida y hasta violentada sexualmente; sintió la perversión y el sadismo de aquellos que parecían tener dificultad en reconocer su condición humana. Ella con la certeza que da el arte, que no la ciencia, declara –y suena a sentencia–: “Este trabajo revela lo que hay de más horrible en la gente. Esto muestra a qué velocidad puede alguien decidirse a herirte cuando está autorizado. Esto muestra hasta qué punto es fácil deshumanizar a alguien que no se defiende. Esto muestra que la mayor parte de la gente ‘normal’ puede volverse muy violenta en público si se les da la posibilidad”.

Desalentador, pero real; más si cabe, observando de qué manera discurre este siglo XXI.

En respaldo de la opinión científica y experiencia artística es imposible eludir una posible conclusión: la extrema destrucción ocurre, cuando la maldad asciende al poder. El que dirige lo hace con el desequilibrio que gesta en su interior, no hay otra explicación. Su tendencia se desquicia y el entorno se transforma en un manicomio sin estructura, normas ni otro propósito, que existir bajo sus más negativos sentimientos humanos. La explicación de la destrucción que viven algunos países, como Venezuela, es el reflejo de la maldad, no hay más. No es por ausencia de criterio filosófico, político, ético…

Sin amor, sin valores ni altruismo, somos la peor especie animal, innecesaria para el planeta; estar dotados de inteligencia nos releva a una mayor y descarnada torpeza. La humanidad se columpia sobre el abismo de su auto aniquilación; es su propia amenaza, su espada de Damocles.

Sobre el mundo, en el presente, se cierne el aullido de las almas envenenadas.

Y el alma que oprime a otra alma está envenenada. Quien ostenta el poder para oprimir es el auténtico doliente. Su huella es del tamaño de su carencia.

Trágica realidad me reveló de qué color son las huellas de las almas envenenadas por el rencor. Son del color de “La Habana y Caracas”; tienen ese hálito de niebla, de ruindad, de paredes manchadas, de rostros ajados, de tiempo sumergido muriendo sin oxígeno; son del color de la carencia y del letargo de identidad; incluso, son del color de la estela que deja, toda esperanza huida.

Atroces esperpentos resultan todas las almas envenenadas, impedidas de bondad; solitarias miedosas, por la purga constante de su cobardía, pues solo saben dominar; cuanto más agresivos se muestran sus actos, más quebradas van por dentro; se saben indignas, su conducta sórdida, detestable como ellas mismas. Las almas envenenadas viven en constante agonía; conscientes de la destrucción que crean se sienten totalmente impotentes, porque aun dejándolo todo en ruinas, no vencen. Sollozan al desconocer cómo se logra una Real Victoria. Lo tienen en silencio, aceptado: asesinando cuerpos, no alcanza a matar los sueños; obsesionadas, se quedan con todo lo físico, mientras no encuentran cómo retener el espíritu.

Ellas son: el estertor de la ignorancia, la insolencia del indolente, la vacuidad del dominado por su dolor, la fanfarronería de quien aparenta resistencia por ocultar vulnerabilidad extrema; son la astricción emocional, el alarido del aterido por falta de altruismo, el lamento de quien se prefiere ciego antes que mirarse dentro. 

La obra caótica, miserable, moribunda, de las almas envenenadas, es el reflejo del laberinto donde se encuentran… aturdidos por su protervia, no conocen salida.

Les nutre la ira de quienes continúan exhaustos proclamando libertad, por eso, a las almas envenenadas no conviene premiarlas con improperios; mucho más útil, exhibirle la indomable certeza que detrás de todo acto de opresión, exceso de control o restricción de libertad, hay un acto de desmedida cobardía. Donde hay imposición no hay triunfo. El más fuerte no es quien domina, lo es aquel que construye siempre donde lidera, extendiéndolo más allá de su ego, ganándose admiración, cooperación y respeto. Por eso en toda dictadura hay un cobarde rodeado de un séquito de cobardes que se atraen y protegen por el miedo mutuo a traicionarse. El legado de las almas envenenadas es una injusta hecatombe labrada por una maldad e ignorancia delirante; una enorme consecuencia aborrecible que primero socava más profundo en ellas, destronando la paz en su esencia. Las almas envenenadas no saben vivir, por eso destruyen, matan. 

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